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Pido compasión a los diseñadores

Pido compasión a los diseñadores
Maria C. Orellana el

 

Durante la Semana Santa, buscando un bikini nuevo que fuera bonito y favorecedor, visité nada menos que 14 tiendas sin éxito. Una especie de viacrucis, sin la 15ª estación.

¿Y por qué tanto padecimiento? Porque el bikini de toda la vida es ya una especie en extinción. Lo que ahora cuelga en las perchas de las tiendas son unos taparrabos mínimos, con braguitas imposibles de esas que no suben por delante y tienden a introducirse en el intersticio por detrás, sólo aptas para cuerpazos con depilación brasileña perfecta que van a yacer inermes en la arena (porque si con estas briznas de tela juegas a las palas, nadas, o simplemente estornudas, el espectáculo está asegurado).

Con esta declaración, algunos/as pensarán que soy una mojigata o estoy anticuada. No: Sólo pretendo ir favorecida y cómoda, que no es mucho pedir. Me niego a usar bañadores enteros, con la humedad se me enfría la barriga y al final de la temporada descubres que todo el cuerpo se ha quedado blanco. Toda mi vida he usado bikini, pero tal como evoluciona la prenda, creo que no podré seguir haciéndolo.

Me pregunto qué pasaría si los hombres se vieran obligados a usar “sí o sí” prendas de baño mínimas. O tacones de doce centímetros para ir arreglados a una fiesta. Bonitos vestidos para ir a trabajar, que dejan los brazos al aire en plena temporada de invierno. Sujetadores con aros que se clavan en las carnes y contienen rellenos postizos que te hacen parecer Pamela Anderson en sus mejores días. Faldas tan cortas que es imposible no apoyar directamente el trasero en la silla al sentarte.

No sé si algunos diseñadores  son mala gente, idiotas o es que se burlan de nosotras, que en realidad somos las idiotas por comprar prendas absurdas.

Puedes seguirme en twitter @mariac_orellana

 

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