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Burocracia y café

Burocracia y café
Santiago Isla el

 

Amanecí en un sitio extraño, sin saber cómo minutos antes había salido de la cama.

 

Llegué yo con mi cara de pato, la legaña entretejía, los trastos descansando en la mochila y Google Maps de lazarillo. Tenía un asunto burocrático, mítica espina que te clava la Administración para que el tiempo se ralentice. En el camino de ida, un metro todavía perezoso, con su silencio ensordecido y el neón. Juego de manos en la barra. Al subir a superficie, el sol me ilumina la plaza, el cielo azul y fresco de Madrid hace fuerza en los tejados, las casas pobres e históricas del centro enladrilladas y anegadas de naranja. Detrás, un Palacio Real que me saluda.

 

Tengo el coraje de detenerme en la Plaza de la Villa, el símbolo inequívoco de que Madrid ha sido siempre un pueblo, con sus aires de casona castellana, de ayuntamiento local. Ahí, tras el escueto verde y la estatucha del centro, siento un rugido de estómago y un fervor de manzanilla: de esto ya hemos hablado, Madrid es un marco vacío y su folklore un camelito.

 

No puedo detenerme más porque pierdo mi hueco.

 

En la Administración, un sentimiento un poco vago de aplastamiento e inferioridad, los trámites como lenta supremacía del Estado, encarnados en esa señora escueta que huele tanto a tabaco. Al final, sello, firma y palmadita en el hombro. Vuelvo a la plaza enamorado, satisfecho. Dispongo de unos minutos gratis.

 

Mientras Madrid se despereza, me bebo un cafelito en un bar viejo de la zona, sentado al aire libre. La gente va tomando la calle, late el impulso del trabajo, juego con un azucarillo grande que endulza el desayuno. Un niño pequeño se hurga la nariz con fruición, y con la otra mano se deja guiar por una madre muy guapa.

 

Disfruto de este madrugón extraño.

 

Apurando mi café, pienso en dos chicas italianas que he conocido recientemente: una un poco excesiva, hortera, sonriente como un rayo; otra, quizás más gélida, con la fisonomía de las mujeres blancas que pintaba Botticelli. Como todas las italianas, son atractivas y simpáticas.

 

El futuro se desliza y pronto yo también me contagio del pesar de la rutina.

 

¡Ay, la vida! ¡Qué complicaciones! Menos mal que me estoy tomando un cafelito.

Vida
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