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Los jesuitas y el diálogo intercultural con China en el siglo XVII

Martín de Rada
Emilio de Miguel Calabia el

(Diego de Pantoja)

En 1575 salió de Manila la primera embajada formal que España envió a China, la del dominico Martín de Rada. La embajada tenía tres objetivos: 1) Establecer relaciones diplomáticas con la China Ming; 2) La apertura de China al comercio español; 3) La autorización para la predicación del cristianismo. De Rada no consiguió ninguno de estos tres objetivos, pero, a cambio, lo que consiguió fue más impresionante. La primera relación sobre China desde la de Marco Polo. Y yo añadiría que la relación de De Rada es mucho más completa y rica que la del veneciano.

La relación de De Rada trasluce un sentimiento de admiración, algo que no encontramos en los relatos de otras tierras y pueblos con los que los españoles habían entrado en contacto desde 1492. A De Rada le sorprenden el tamaño de las ciudades y la densidad de población. También le sorprenden los mercados con su abundancia y variedad de productos y el uso generalizado del dinero. La valoración que hace De Rada sobre la organización política de China también es positiva. Considera que se trata de un imperio muy bien gobernado y civilizado. A esto hay que añadir sus avances tecnológicos: el uso extendido del papel moneda (irónicamente en la actualidad China es pionera en la desaparición del papel moneda), la extensión de la imprenta, que ponía a precios módicos a los ciudadanos en contacto con el pensamiento y la literatura Ming y las grandes obras hidráulicas que aumentaban el rendimiento agrícola.

Frente a esta valoración positiva, también aparecen en la obra algunas observaciones negativas: 1) China es un país muy cerrado a los extranjeros, producto seguramente de haber vivido rodeados de de pueblos con una cultura material inferior. Esta actitud continuaría hasta el primer tercio del siglo XIX, cuando China no pudo sino observar que Occidente la había adelantado tecnológicamente; 2) El gran control estatal, conseguido en buena medida a través del mandarinato. Ni tan siquiera la España de los Austrias, el imperio más burocratizado de Europa, pudo conseguir nada parecido; 3) La dificultad de predicar el Evangelio, motivada por la convicción china de la superioridad de su nación y de sus creencias.

A comienzos del siglo XVII los jesuitas idearían una manera de acercarse a China para poder predicar el Evangelio. Aprenderían las costumbres chinas y se sinizarían para estar en condiciones de transmitir las enseñanzas cristianas. En el contexto de la época esto denotaba un inmenso respeto por la cultura china. A diferencia de lo que se había hecho en otras tierras, no se buscaría la aculturación de los nuevos fieles, sino que eran los jesuitas los que se adaptarían a su cultura.

De los jesuitas que fueron a China, el que ha alcanzado mayor reconocimiento histórico es Mateo Ricci. Yo quiero aquí hablar de uno de sus compañeros, el español Diego de Pantoja, que llegó a Pekin en 1601 y permanecería en China hasta 1617.

Pantoja fue el primer occidental en visitar la Ciudad Prohibida. También fue uno de los primeros en asumir un nombre chino, Pang Diwo. Siguiendo en la estela de Martín de Rada, Pantoja dejó una larga carta donde habló de la geografía y la cosmogonía chinas, así como sobre su civilización. Pantoja terminó de confirmar lo que ya Martín de Rada había dicho: que la Cathay de Marco Polo era China, que no se trataba de dos países diferentes. Pantoja trabajó especialmente en el diálogo intercultural en el terreno de la música. Antes de llegar a Pekín, había estudiado el manejo del clave, que pudo después enseñar a algunos discípulos chinos. Pantoja introdujo en la Corte china el conocimiento sobre la música occidental. Pero no fue un movimiento unidireccional. También Pantoja se interesó por la música china.

Pantoja y sus compañeros jesuitas comenzaron desde el primer momento un diálogo inusitado con el confucianismo, que era el sistema de pensamiento del imperio chino. Algo similar no se había llevado a cabo ni con el judaísmo, ni con el Islam. Inevitablemente, este acercamiento entre dos civilizaciones tan diversas llevó a algunos equívocos. Así, los jesuitas buscaron concomitancias entre el cristianismo y el confucianismo y, como quien busca encuentra, efectivamente las encontraron e incluso creyeron que había pasajes de los clásicos que traslucían una creencia en el monoteísmo. Pantoja escribió un libro sobre los siete pecados capitales y las siete virtudes, el Qike, que iba acompañado de fábulas explicatorias. Fue un libro que tuvo cierto impacto en los círculos de los mandarines, que por estos años estaban muy interesados por la filosofía moral.

Lo más interesante es que hubo un buen entendimiento entre los letrados confucianos y los jesuitas. Éstos ya se habían ganado el reconocimiento por el respeto que mostraban hacia los rituales confucianos. Por otra parte los letrados confucianos no veían en los jesuitas a unos rivales, toda vez que no podían acceder al mandarinato.

A este respecto es famosa la relación de amistad y de colaboración intelectual que mantuvieron Mateo Ricci y el erudito y funcionario imperial Xu Guangqi. Ambos tradujeron al chino los primeros libros de los Elementos de Euclides y trabajaron juntos en cuestiones de astronomía y calendario, así como en el uso de conceptos confucianos para explicar el cristianismo. Hace unos meses fui a la ciudad de Foshan para asistir a la semana de Europa que estaban celebrando. Para mi sorpresa, se representó al aire libre una obra de teatro musical sobre la amistad entre Mateo Ricci y Xu Guangqi. Me sorprendió que esta historia siguiera estando tan viva.

De Pantoja también mostró su diplomacia en el trato con los letrados confucianos. Con la ayuda de amigos como Sun Yuanhua y Li Zhizao, Pantoja logró que el mismo emperador les cediese a los jesuitas un terreno para enterrar a sus difuntos y para edificar una pequeña iglesia.

Desgraciadamente, el diálogo y la apertura interculturales no son una vía de un solo sentido, el del progreso. Puede haber retrocesos y en este caso los hubo. Los jesuitas habían permitido que los convertidos chinos siguiesen prácticas tradicionales como la honra a los antepasados y el culto ritual a Confucio. La argumentación era que se trataba de ritos culturales y sociales, no religiosos. Esta apertura de espíritu fue atacada en Roma por otras órdenes, celosas de los éxitos de los jesuitas, que dijeron que se trataba de una idolatría incompatible con el cristianismo. El Papa Clemente XI zanjó la disputa en 1704, prohibiendo que los conversos chinos practicasen esos rituales. El trabajo realizado por los jesuitas a lo largo de un siglo quedó prácticamente desmantelado.

Los jesuitas y los españoles perderían en el siglo XVIII el papel pionero que habían tenido en los estudios sinológicos. Ahora el principal trabajo sinológico se haría en Francia, aunque sería un trabajo que se basaría en buena medida en el trabajo previo de los jesuitas, aunque no siempre reconocería esta deuda.

Los jesuitas habían estudiado China movidos por su afán misionero, pero también por la curiosidad intelectual. A los pensadores de la Ilustración les interesaría sobre todo China como modelo alternativo de civilización. Y este modelo en algunos puntos podría mostrarse como superior al cristianismo en tanto que confucianismo no era una religión revelada, sino el fundamento laico de una moral racional que permeaba toda la cultura.

A finales del siglo XVIII, sobre todo a partir de Montesquieu, la visión positiva sobre China cambió y comenzó a vérsela como una civilización estancada y retrógrada… Pero esto ya es otra historia.

 

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