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Blogs Bukubuku por Emilio de Miguel Calabia

Ateos petardos

Emilio de Miguel Calabia el

(Christopher Hitchens, pontificando)

Existe un género de ateo,- el petardo-, al que parece que le ofende profundamente que otras personas crean. Desde su autoatribuida superioridad intelectual trata a esos creyentes de niños que no quieren ver la verdad de que la religión es el opio del pueblo y Dios no existe. Me parecen muy bien sus ideas, pero que dejen de dar la matraca y de ladrar a todos los que no piensan como ellos.

Hay cuatro autores rabiosamente ateos que han sido conocidos como “los cuatro jinetes”. Invita a completar el mote con “del Apocalipsis”. Hay que tener cuidado con los motes que se escogen, porque pueden invitar al chiste fácil.

Richard Dawkins tal vez sea el que más se ha dado a conocer. Ya en su día llamó la atención con su libro “El gen egoísta”. En él básicamente decía que los seres humanos no somos más que aparatos reproductores con patas cuyo objetivo en la existencia es asegurar que sus genes se perpetúen y pasen a la siguiente generación. Es una tesis que ha sido muy criticada. La idea de que unos pequeños segmentos de ADN puedan manipular a los seres que los albergan para maximizar su reproducción, no suena muy verosímil.

Hay demasiadas cosas que no explica la teoría. ¿Por qué existe la homosexualidad, que impide la propagación del ADN? ¿Por qué alguien decidiría ser célibe? ¿Por qué alguien se sacrificaría por la nación?

Dawkins tiene otro libro, “El espejismo de Dios”, en el que afirma que la creencia en Dios es una ilusión y que no hay evidencia científica que la respalde. Indudablemente se está refiriendo al Dios de las religiones monoteístas. Pero, ¿qué ocurre con el Brahman del advaíta vedanta o del universo en tanto que ente en desarrollo con conciencia? No sé, creo que antes de firmar el certificado de defunción de lo divino, nos lo tenemos que pensar dos veces.

Dawkins es muy crítico con la religión. Cree que la fe surge por procesos psicológicos y culturales, no porque haya algo sobrenatural que nos la inculque. La religión es dañina. Fomenta el fanatismo y los conflictos, justifica comportamientos dañinos y limita el pensamiento crítico. La religión ha sido causa de muchos males, de acuerdo, pero también nos ha dado las catedrales, al Padre Pío, la caridad, los derviches danzantes, la Cábala… La ciencia nos dio la bomba atómica y el Zyklon B (el gas más utilizado en el Holocausto). Lo dejamos en empate.

Sam Harris es un Dawkins domesticado. Defiende muchos postulados parecidos, pero sin la misma acritud. Piensa que la fe en sí es peligrosa, porque abre la puerta a justificar casi cualquier cosa, como los terroristas del ISIS nos demuestran todos los días. No le sirve la distinción entre religiones moderadas y extremistas. Las primeras pueden derivar al extremismo, como muestra el caso del Islam en los últimos 40 años.

Harris trata de crear una moral objetiva y medible científicamente fundamentada en el bienestar. El bien sería aquello que maximiza el bienestar de los seres conscientes y el mal, lo que lo disminuye. Me recuerda demasiado al utilitarismo decimonónico como para que me resulte convincente. Como en aquel queda un amplio margen para la subjetividad. ¿Qué es el bienestar? ¿Quién determina que una determinada acción maximiza el bienestar? Pienso que no es posible fundamentar una moral desde la sola ciencia.

Harris también ataca la idea del “yo”. Lo que denominamos yo es una mera construcción mental, que realmente no controla nada. Si nos fijamos en nuestra propia mente no encontramos un yo superior por ninguna parte; el “yo” es un pensamiento más. Algunos ejemplos: los pensamientos que emergen espontáneamente y por los que me dejo arrastrar; las emociones que surgen automáticamente y que el yo no consigue controlar. Esta postura difiere de la de gente como Pim Van Lommel, que investigó sobre las experiencias cercanas a la muerte y concluyó sí que existe una conciencia extracorpórea. Harris practica la meditación vipassana y su visión de la mente y el yo le debe mucho al budismo theravada.

Christoper Hitchens es de todos ellos el que ataca con mayor virulencia la religión. Cree que lo envenena todo y que cualquier acto de bondad hecho por un creyente puede ser igualado por un no creyente, pero que la religión incita a actos de maldad que de otro modo no ocurrirían. Al escribir eso Hitchens se olvidó de cuatro ateos célebres, Hitler, Stalin, Mao y Polpot.

En 2007 publicó “Dios no es grande: como la religión lo envenena todo”, cuyo tono es aún más acerbo que el de Dawkins. Allí le pega bien a la religión. La acusa de distorsionar la realidad científica sobre el cosmos y la evolución humana. Dice que somete a los creyentes a una servidumbre hacia una deidad totalitaria que controla incluso el pensamiento. Asimismo critica la represión sexual que imponen las religiones; él era un follador nato, así que esto le tenía que molestar especialmente. Su resumen es que la fe es el producto del miedo y la ignorancia primitivas, alimentadas por el deseo de consuelo. Una frase suya que me ha encantado: “Lo que se afirma sin pruebas, se puede descartar también sin pruebas.”

El cuarto de los jinetes, Derek Parfit, no se centró en la religión, sino en la conciencia. Sus ideas al respecto tienen un tonillo que recuerda mucho al budismo theravada, algo que también ocurría con Sam Harris. La conciencia es el proceso que surge de la interconexión de hechos físicos y mentales. Aquí me recuerda a Rick Hanson que en “Budda’s Brain: The practical Neurosience of Happiness, Love and Wisdom” defiende una teoría de la conciencia puramente materialista. La conciencia no sería más que un producto de la actividad cerebral. Parfit va por ahí, pero su pensamiento es más rico.

Para Parfit la conciencia es un flujo de eventos mentales que simplemente ocurren. Detrás de ellos no hay un Yo superior, ni un espectador interno. El yo es una ilusión creada por el cerebro. La identidad personal es una narración en constante cambio. La memoria crea un hilo conductor, una sensación de identidad, una sensación de continuidad en nuestra vida.

Parfit predicó en el desierto. Alguien,- no recuerdo quién-, comentó que cuanto más hablaba Parfit, más se convencía la gente de que tenía un yo superior.

 

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