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Blogs Bukubuku por Emilio de Miguel Calabia

Descastados

Emilio de Miguel Calabia el

La poesía china es una poesía de sentimientos. Algunos de sus temas favoritos son: el pesar de dos amigos que se despiden, la añoranza de la amada que está lejos, las penalidades de la vida militar, la visita a un templo en ruinas y la evocación de su pasada gloria. Es una poesía en la que no cabe la tranquilidad burguesa de Jorge Guillén cuando declara desde su sillón que “… el mundo está bien/hecho. El instante lo exalta/ a marea, de tan alta,/ de tan alta sin vaivén.”

Los mejores poetas chinos son los que más sufrieron. No se puede escribir buena poesía china sin haber sufrido. Los chinos los valoran mucho y una cosa que les gusta de estos poetas es que fueron unos descastados. Los chinos son por naturaleza anárquicos. El Tao Te Jing les va más que las Analectas de Confucio. Pero son las Analectas las que se les han impuesto por más de dos mil años de historia, un libro que te dice cuál es tu lugar en la sociedad y cómo te tienes que comportar. Tal vez por eso a los chinos estos poetas sufridores les gusten no sólo por la calidad de su poesía, sino también muy especialmente porque fueron unos descastados que siempre le hicieron una higa a los convencionalismos sociales.

Tomemos a Su Dongpo, del que os transcribí en la carta pasada el que tal vez sea el mejor poema en lengua china. Su Dongpo fue un pequeño funcionario, que nunca quiso tomar partido en las luchas dentro de la Administración que le tocó vivir, porque era capaz de ver lo bueno de cada uno de los partidos. Además tenía la manía de decir lo que pensaba en los momentos más inoportunos. Un verso suyo dice: “Mi corazón sabe que están equivocados, pero mis labios sólo murmuran: Sí, sí”. No es un verso para hacer amigos con tus superiores y Su Dongpo, efectivamente, no los hizo. Este poema se utilizó contra él cuando se le procesó más adelante.

Un par de versos de Su Dongpo que muchos funcionarios suscribirían: “Por mucho tiempo ya vengo odiando que este cuerpo mío no me pertenezca./ ¿Cuándo me dejarán que me olvide del asunto tedioso de la rutina diaria?” (…) Si hubiese un barquito me escaparía de aquí./ Confiaría al mar y al río el resto de mi vida.” Hay algo en estos cuatro versos que me recuerdan a los deprimentes “Poemas de la oficina” de Mario Benedetti.

Liu Yong entendía mucho de cortesanas y muy poco de peloteo. Se presentó en varias ocasiones a los exámenes imperiales y siempre suspendía. Su problema era que dejaba entrever que no respetaba a los magistrados del tribunal examinador. Peor que eso, lo más probable es que los magistrados hubiesen leído sus poemas y supiesen el tipo de sujeto libertino que tenían delante.

A Liu Yong le importaba una higa lo que pensasen de él. En un poema dice que tampoco le importa tanto suspender cuando sigue pudiendo disfrutar de la vida visitando “el humo como flores en callejas humildes y estrechas” y encontrarse con “gente a la que merecía la pena buscar”, una manera amable de decir que se iba de putas. Liu Yong tenía claras sus prioridades. “Con la juventud tan efímera, estoy dispuesto a cambiar la fama perecedera [se refiere a la fama que obtendría si aprobaba los exámenes] por un sorbo de vino y un canto amable.” Y en cuanto a la superioridad que sentía ante los magistrados basta con citar un verso: “un poeta con suficiente talento para componer ci es por las leyes de la naturaleza comparable en rango a los generales y los ministros.”

Liu Yong aprobó finalmente los exámenes tenía casi 50 años, que era una edad tardía para aprobarlos, y los aprobó porque concurrió con un seudónimo. Le asignaron un empleo tan bajo, que al poco renunció. Y siguió con su vida vagabunda y sin dinero.

Li Yu era un poeta talentoso, que tuvo la desgracia de nacer rey, profesión que le dejaba un tanto indiferente. Como rey compuso muchos poemas, que eran formalmente buenos, pero a los que les faltaba algo de pathos. Simplemente no había sufrido lo suficiente, algo necesario para escribir buena poesía china. Esa carencia se la resolvió el emperador Song, que invadió su reino en 975 y se lo llevó prisionero a su capital. Perdió la corona, pero a cambio le quedó mucho tiempo libre para componer poemas, que fueron mucho mejores que los que había compuesto como rey. Os voy a transcribir un fragmento de uno de los mejores:

“He visto las flores de primavera florecer y las hojas de otoño caer. De esta manera he contado los días y así sé que ha pasado un año. ¿Cuándo terminará todo esto?

Los acontecimientos pasados todavía están tan vívidos en mi mente. ¿Cómo se puede alguien sorprender de que recuerde tanto?

En la pequeña recámara en la que vivo, pasé frío otra vez la pasada noche a causa del viento del Este.

Y los recuerdos de mi antiguo reino se hacen insoportables cuando echo la mirada atrás hacia mi vida, mientras estoy en pie con la luna, que brilla a mi alrededor…”

Du Fu provenía de una familia que, si no era realmente rica, al menos era ilustre y pasó una infancia protegida. En su juventud viajó mucho y conoció a muchos literatos. Ésa fue la época feliz de su vida. A partir de ahí vendrían las desgracias y el desclasamiento.

A los 30 se dirigió a la capital. Esperaba que su talento fuese reconocido y que le dieran algún carguito. Eran tiempos revueltos y no le dieron nada. Tu Fu tuvo que andar mendigando favores para poder sobrevivir. Su suerte no paró de empeorar. Sufría de tuberculosis y pasaba hambre y frío. Su hijo menor murió de hambre. Inevitablemente su poesía habla de las miserias de la gente corriente. Tiene un poema muy bonito, que dice:

“El país está roto por la guerra, pero las montañas y los ríos todavía existen. La ciudad rebosa de primavera, permitiendo que la hierba y los árboles crezcan altos. Me afectan tanto los tiempos que cuando miro a las flores, están regadas con mis lágrimas.

(…)

Después de que los fuegos de la guerra han ardido sin cesar por tres meses, cualquier noticia de casa, cualquier carta, vale diez mil sacos de oro.”

Du Fu es de los pocos poetas chinos que conozco con una verdadera preocupación social. Unas líneas de un poema suyo dicen:

“Si sólo pudiera tener miles de grandes mansiones, daría refugio del frío a todo y los haría felices. El viento y la lluvia ya no les estremecerían y estarían tan seguros como las montañas.”

Una cosa casi increíble es que Du Fu trabó una fuerte amistad con Li Bai, que era su opuesto. Li Bai no tuvo, que sepamos, problemas de dinero. Su actitud ante la vida era una de alegre desapego, de tranquila osadía. Él mismo alardea:

“Cuando la vida es feliz, uno debería disfrutarla a tope, no dejar vacías las copas de vino doradas.

Puesto que los dioses me han dado talentos, vendrá algún tiempo en el que podré ser de utilidad [parece decir que si ese tiempo no llega, tampoco pasa nada]. Gastaría diez mil sacos de oro con alegría, ya que siempre volverán.”

Procuremos ser como Li Bai.

 

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