
Los diarios de Cesare Pavese publicados con el nombre de “El oficio de vivir”, también habrían podido titularse “Literatura, desamor, suicidio e impotencia”, porque de eso es de lo que van.
Empecemos por la literatura.
Desde muy joven Pavese mostró una pasión intensa por la lectura y la escritura. Estudió literatura inglesa en la universidad de Turín y con el tiempo una de sus fuentes de ingresos sería la traducción de autores norteamericanos. Durante muchos años Pavese sería más conocido como traductor que como escritor. Su reconocimiento como escritor le llegaría un poco tarde, tal vez cuando ya no podía ilusionarle.
Hay quienes han afirmado que para él la literatura era una manera de tratar de alejar la idea del suicidio, que siempre estaba presente. Puede, pero también la literatura podía convertirse para él en una fuente de neurosis y de dolor. Así, en el inicio mismo del diario, cuando estaba trabajando en los poemas de “Trabajar cansa”, afirma: “Que alguna de mis últimas poesías sea convincente no le resta importancia al hecho de que las compongo con cada vez mayor indiferencia y repugnancia. Tampoco importa mucho que la alegría inventiva me resulte a veces extremadamente aguda…” “Poetizar es una herida siempre abierta… (29 de diciembre de 1935).
El diario está salpicado de ideas suyas sobre la poesía a la que concibe como algo existencial. De la poesía valora especialmente el descubrimiento, su capacidad para poner de manifiesto una nueva realidad. La poesía no es previsible; muchas veces es el instinto el que guía, el que lleva a elegir una determinada fórmula.
Hay una observación suya del 28 de octubre de 1935 que me ha hecho especial gracia: “Comienza la poesía cuando un majadero dice del mar “parece aceite”. No es en absoluto una descripción muy exacta de la bonanza, sino el placer de haber descubierto la semejanza, el cosquilleo de una misteriosa relación, la necesidad de gritar a los cuatro vientos que se ha notado.”
Pavese se suicidó en 1950, pero el suicidio está presente en sus diarios desde el comienzo. “La mayor culpa del suicida no es matarse, sino pensarlo y no hacerlo (6 de noviembre de 1937) “De tonto en el sentido más trivial e irremediable, de hombre que no sabe vivir, que no ha crecido moralmente, que es vano, que se sostiene con el puntal del suicidio, pero no lo comete (10 de abril de 1936)”. Y la conclusión anonadante de que todo hombre está condicionado por su pasado (una apreciación muy justa) y se merece lo que le sucede. Así debía de sentirse Pavese. Vale, nos merecemos lo que nos sucede, pero también nos merecemos nuestros éxitos y nuestras alegrías.
30 de noviembre de 1937: le asusta tanto la muerte que llega por causas naturales, que se pregunta: “¿por qué no se busca la muerte voluntaria, que sea una afirmación de libre elección, que exprese algo?” El 16 de noviembre de 1938 afirma: “La dificultad de cometer suicidio está en esto: es un acto ambicioso que se puede cometer solamente cuando haya sido superada toda ambición.” Todo el diario es una preparación y una espera de ese suicidio que sabe que llegará en algún momento.
Cesare Pavese deseaba ardientemente el amor de una mujer. No tenerlo, no haber sido capaz de tener una vida de pareja normal, como la de tantos, era su gran infelicidad. “Ciertamente, tener una mujer que te espera en casa, que duerme contigo, da una sensación cálida, como de tener algo que decir; te hace brillar, te acompaña, te ayuda a vivir.”
El 6 de noviembre de 1937, enumeró las razones que hacen de uno un fracasado (usa el término francés “raté”. Me gusta cómo suena, me evoca una borrachera de absenta seguida de un sueño ligero en la cama sucia de una pensión de mala muerte): “No llegar a hacerse una casa, no conservar un amigo, no satisfacer a una mujer: no ganarse la vida como cualquiera. Éste es el raté más triste.” Sólo tenía 29 años cuando escribió esto y ya se veía condenado al fracaso y a una vida anormal.
Le pasó a menudo que las mujeres le dejaran en la zona de amigo. Así le ocurrió con la que denomina “la mujer de la voz ronca” (Battistina Pizzardo, alias Tina). Era una luchadora antifascista. Mandaron a Pavese al exilio interior por haberle encontrado en posesión de unas cartas del comunista Bruno Maffi dirigidas a Tina. A su regreso del exilio, se encontró con que Tina, por cuya culpa le habían mandado al exilio, se había comprometido con otro hombre. Eso sí que es estar en la zona de amigo.
Posiblemente la experiencia con Tina le llevase a escribir el 13 de noviembre de 1937: “Un hombre no se lamenta del amor que le haya traicionado, sino del envilecimiento de no haber merecido su confianza”. O sea, que por culpa de la inconsciente de Tina termina en el exilio y encima ésta le abandona por otro y el culpable es Pavese porque no mereció su confianza. Cornudo y apaleado se dice en otras latitudes.
Que Pavese iba camino de convertirse en un experto en la zona amigo, lo demuestra su entrada del 17 de noviembre de 1937: “Toda mujer desea ávidamente un amigo al que confiarse y con el que colmar el vacío de las horas en que el tercero está lejos; exige que este amigo no le perturbe su amor…” Y otra del 5 de enero de 1938: “Esto es definitivo: de la vida, podrás tenerlo todo menos que una mujer te llame su hombre. Y, hasta ahora, toda tu vida estaba fundada en esta esperanza.”
“Lo único que cuenta en el amor es tener a la mujer en la cama y en casa: todo lo demás son patrañas, sucias patrañas (28 de noviembre de 1937)” Esto sólo lo puede reconocer alguien que haya estado en la zona de amigo.
La conclusión que uno saca de los diarios es que la literatura no salva. Acaso ayude durante una temporada, pero no impide la destrucción final.
Literatura