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Blogs Bukubuku por Emilio de Miguel Calabia

Cuando la libra se fue por el desagüe

Emilio de Miguel Calabia el

(El libro de Richard Gardner trae en su portada a los dos protagonistas de Bretton Woods, Harry D. White, el ganador, y J.M. Keynes, el perdedor)

El dólar representaba en 2000 el 70 por ciento de las reservas de divisas. En la actualidad representa el 57%. Sí, ha perdido posiciones, pero yo no apostaría por ninguna otra divisa como reemplazante.

El dólar sigue gozando de una serie de fortalezas. El tamaño de la economía norteamericana y la confianza que despierta. La confianza en la estabilidad y la previsibilidad de sus instituciones, algo que se está cargando Trump. El tamaño y liquidez de sus mercados financieros, que actúan como referencia global. La consideración de los bonos del Tesoro norteamericano como uno de los activos más seguros del mundo. La dificultad de cambiar la moneda en la que se realiza una parte muy importante del comercio internacional.

Ray Dalio en “The changing world order” dice que cuando una gran potencia está en decadencia, la última etapa es cuando su divisa deja de contar internacionalmente. EEUU, aunque está en un declive relativo, todavía no ha llegado a esa etapa. Para irnos preparando resultará instructivo ver cómo la libra perdió su papel de divisa de referencia.

El Imperio británico salió de la I Guerra Mundial tocado. De haber sido uno de los principales prestamistas del mundo, pasó a tener una deuda con EEUU de 4.427 millones de dólares en 1922 (el equivalente a 87.000 millones de dólares en 2026. Este endeudamiento afectó su papel como centro financiero global, al tiempo que Nueva York comenzaba a adquirir importancia.

Un problema importante era que la industria británica había empezado a quedar rezagada con respecto a la norteamericana. Ya antes de la I Guerra Mundial había comenzado a quedar atrás. EEUU y Alemania la estaban superando en los sectores más modernos: la industria química, el sector eléctrico, la maquinaria avanzada… Durante todo el período de Entreguerras la industria británica no consiguió recuperar su antigua preeminencia.

Otro problema es que, irónicamente, en el momento de su mayor extensión el Imperio dejó de ser rentable. Mantener el orden y asegurar las rutas comerciales requería un gasto en defensa desmesurado. El orden imperial empezó a resquebrajarse. La India estaba en ebullición. En 1924 introdujo aranceles para proteger sus nacientes industrias. Los aranceles, aunque eventualmente se suavizaron para el Reino Unido, provocaron la sustitución de importaciones y no impidieron que bienes más baratos de EEUU y de Japón invadieran el mercado. Finalmente, el Estatuto de Westminster de 1931 otorgó una amplia autonomía a los Dominios. Esto significó que la Armada británica debía seguir protegiéndolos, pero que Londres no podía intervenir en sus políticas económicas, ni forzarles a que participaran en la defensa del Imperio.

En 1925 Gran Bretaña volvió al patrón-oro y fijó el valor de la libra con respecto al oro en el mismo nivel que tenía antes de la Guerra. El objetivo era recuperar la confianza en Londres como centro financiero mundial, para lo cual resultaba clave una libra fuerte. El experimento fue un error. La libra quedó sobrevalorada, perjudicando a las exportaciones británicas.

La Gran Depresión hizo inviable el mantenimiento del patrón-oro. En 1931 el Reino Unido lo abandonó, lo que tuvo un efecto positivo sobre sus exportaciones. Al mismo tiempo sus Dominios y otros países vinculados comercialmente al Reino Unido vincularon sus monedas a la libra, creándose así un área de la libra. En resumen, el Reino Unido entró en la II Guerra Mundial con un sector manufacturero en declive y una moneda cuya relevancia internacional había empezado a erosionarse.

Desde un punto de vista financiero y manufacturero, la II Guerra Mundial fue una I Guerra Mundial con esteroides. EEUU se convirtió en la base industrial de los Aliados y en su prestamista. El Reino Unido terminó a guerra exhausto, tan exhausto que su deuda nacional equivalía al 200% de su PIB.

Fue en esas condiciones tan desfavorables que desde 1944 EEUU y el Reino Unido negociaron en Bretton Woods cómo sería el sistema monetario de posguerra. Richard N. Gardner, que fue Embajador norteamericano en Madrid detalló las negociaciones en “La diplomacia del dólar y libra esterlina”. Por mucho que el Reino Unido quisiera verlas como una negociación entre iguales y que mandara a una de sus mentes más preclaras, John Maynard Keynes, la disparidad de poder entre los negociadores era abrumadora.

Los dos grandes objetivos de Keynes en las negociaciones fueron: 1) Impedir la preeminencia del dólar. Para ello propuso la creación de una divisa internacional neutral, el Bancor; 2) Mantener la preferencia imperial comercial. Keynes no logró ninguno de sus objetivos. Se impusieron las ideas de Harry Dexter White, un economista del Departamento del Tesoro. A efectos de esta entrada lo que más nos interesa es que se estableció el patrón oro-dólar en 35 dólares por onza de oro, obligando al resto de monedas a fijar su valor respecto al dólar. Éste fue el momento en el que la libra pasó los trastos del predominio mundial al dólar e inició su suave declive.

En 1946, para sostener la economía británica, EEUU concedió al Reino Unido un préstamo de 3.750 millones de dólares (58.000 millones de dólares actuales), pero le impuso dos condiciones muy onerosas. En primer lugar, el fin de las preferencias imperiales, lo que implicaba que abriese sus mercados y se alinease con las políticas comerciales de EEUU. En segundo lugar la convertibilidad de la libra en dólares. Esto último implicaba que los países que tenían saldos en libras, podían convertirlos en dólares para comprar bienes norteamericanos. El acuerdo supeditó la economía británica a la norteamericana y puso a la libra en la puerta de salida.

La convertibilidad fracasó y fue suspendida. En 1949 la libra se depreció un 30% frente al dólar. Los inversores habían dejado de apostar por la libra. Dados el alto nivel de deuda del Reino Unido y sus bajas reservas, era la única decisión racional. En aquellos momentos la libra se utilizaba en el 25% de los intercambios comerciales y representaba el 50% de las reservas de divisas. La devaluación no le vino mal al Reino Unido. Impulsó sus exportaciones y estabilizó la economía. Sin embargo, a efectos de imagen fue muy mala. La devaluación, seguida de la crisis de Suez de 1956, en la que el Reino Unido hubo de admitir que ya no podía jugar a la gran potencia imperialista sin la aquiescencia norteamericana, terminaron de demostrar al mundo que el Reino Unido había dejado de ser un Imperio y se había convertido en un país como los demás.

El papel internacional de la libra se mantuvo un poco más. El temor a que colapsase y afectase a los acuerdos de Bretton Woods era grande e hizo que hubiera esfuerzos para sostenerla y que no perdiera su papel de fuente de liquidez internacional. En 1960 aún representaba el 35% de las reservas de divisas y se usaba en entre el 20 y el 30% de los intercambios y esto gracias a la existencia de un área de la libra esterlina. Con todo, estaba condenada: el Reino Unido estaba demasiado endeudado y era demasiado poco competitivo.

En 1967 la libra sufrió otra devaluación, pasando de 2,80 dólares por libra a 2,40. Ya hasta los países del área de la libra perdieron toda su confianza en la moneda y se negaron a mantener sus reservas en dicha moneda a menos que el Reino Unido les garantizase su valor en dólares. Esto lo consiguieron merced al Acuerdo de la Esterlina de 1968, que les garantizó el 90% de su valor en dólares.

Para finales de la década de los 60, la libra había sido desplazada por el marco alemán que se había convertido en la segunda divisa mundial. Así terminan los imperios.

 

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