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Blogs Bukubuku por Emilio de Miguel Calabia

Rohingyas. La minoría más perseguida del mundo (1)

Emilio de Miguel Calabia el

(Bandera rohingya)

El origen de los rohingyas y su situación en tiempos del Raj británico

Existe cierto debate sobre el origen de los rohingyas. La tesis más extendida, que seguiré aquí, es que ya en tiempos del reino de Arakan (1430-1785)1 existía una minoría musulmana en la región que estaba emparentada con los bengalíes de Cox’s Bazar étnica y lingüísticamente. Cuando los británicos absorbieron Arakan en 1826, tras la primera guerra anglo-birmana (1824-1826), fomentaron la inmigración de campesinos bengalíes de Cox’s Bazar para poner en marcha cultivos industriales. Por afinidad cultural y lingüística, estos campesinos se amalgamaron con los musulmanes que ya había en Arakán.

El Raj británico, a efectos administrativos, estableció a finales del siglo XIX y con criterios acientíficos un listado de las etnias existentes en Birmania. Ni esos listados, ni los censos de 1911 y 1921 reconocieron la existencia de una etnia rohingya. La Administración colonial los consideraba como personas de origen bengalí.

En todo caso, en aquellos momentos, no se había establecido entre los rohingyas la idea de ser una etnia diferenciada. Ellos se veían simplemente como musulmanes residentes en Arakan. Para la emergencia de una identidad específicamente rohingya harían falta la emergencia de un nacionalismo rabioso birmano, basado en un budismo exclusivista, y las tensiones y masacres comunitarias que se produjeron en Arakan entre 1942 y 1945. Mientras que la mayoría birmana y los rajáin, etnia de origen tibeto-birmano y religión budista, mayoritaria en Arakan, apoyaron a los japoneses en la II Guerra Mundial, los rohingyas se mantuvieron pro-británicos y recibieron vagas promesas, que nunca se realizaron, de la constitución de un Área Nacional Musulmana al norte de Arakan tras la guerra.

La situación de los rohingyas desde la independencia hasta el final de la dictadura militar (1948-2010)

La Constitución de 1948 y la Ley de Ciudadanía del mismo año consagraron la idea, que procedía del Raj británico, de que existían 135 etnias originarias, cuyo acceso a la ciudadanía estaba garantizado. Los rohingyas, que no se contaban entre dichas etnias, podían acceder a la ciudadanía por nacimiento de padres con derecho a la ciudadanía birmana, una fórmula un tanto confusa, pero que al menos no ponía en cuestión la ciudadanía individual de los rohingyas. De hecho, durante a vigencia de la Constitución de 1948 los rohingyas tuvieron documentos de identidad birmanos, pudieron votar e incluso hubo algunos parlamentarios de origen rohingya.

La dictadura militar comenzó una política de exclusión progresiva de los rohingyas del cuerpo de la ciudadanía. Se fomentó la idea de que eran inmigrantes bengalíes recientes. Se elaboró una narrativa sobre la historia de Arakan que borraba su presencia anterior a la llegada de los ingleses. A nivel administrativo gradualmente se les fue privando de los Carnés de Registro Nacional (National Registration Cards) de las que disponían al igual que el resto de los ciudadanos: se les dejaron de emitir y no se renovaban cuando caducaban. La Ley de Emergencia sobre Inmigración de 1974 proveyó a los rohingyas de Carnés de Registro de Extranjeros (Foreign Registration Cards), que les negaban el estatus de ciudadanos, les vedaban el acceso a muchos servicios públicos y a menudo no eran aceptados por los empleadores.

Habiendo creado el contexto de que los rohingyas eran ciudadanos extranjeros, en 1978 el Ejército birmano lanzó la operación Naga Min, la primera operación contra los rohingyas que tuvo el carácter de una limpieza étnica. El pretexto para su lanzamiento fue que se trataba de una operación para verificar la ciudadanía, registrar a la población y expulsar eventualmente a los inmigrantes ilegales. 200.000 rohingyas buscaron refugio en Bangladesh (19.457, según las cínicas cifras del régimen). La gran mayoría regresó a Birmania tras el acuerdo de repatriación que firmaron Birmania y Bangladesh y como consecuencia, sobre todo, de que Bangladesh les negó la provisión de alimentos para forzarles al retorno. Fuentes de ACNUR dicen que murieron más de 12.000 rohingyas de hambre.

La Ley de Ciudadanía de 1982 legalizó las prácticas que venían dándose de facto desde 1962 y culminó la expulsión de los rohingyas de la vida de Birmania. La Ley estableció que para ser birmano debía pertenecerse a un grupo étnico que se hubiese establecido en Birmania antes de 1823. Esto vetaba a los rohingyas por partida doble: se negaba que fueran un grupo étnico y se afirmaba que habían llegado después de 1823 con el colonialismo británico. Al año siguiente se realizó un censo que no contó a los rohingyas.

En 1991 la junta militar lanzó la operación Pyi Thaya (“País Limpio y Hermoso”). Su nombre era toda una declaración de intenciones. La justificación oficial fue que se buscaba controlar la inmigración ilegal y combatir supuestos rebeldes; el objetivo real era realizar una limpieza étnica. La operación fue aún más violenta que la de 1978: hubo arrestos arbitrarios, torturas y asesinatos, se violó a las mujeres rohingyas, se confiscaron sus tierras y se destruyeron sus aldeas. Entre 250.000 y 300.000 rohingyas huyeron a Bangladesh, que no los reconoció como refugiados permanentes y los alojó en campamentos precarios. Entre 1992 y 1994, la mayor parte fueron regresando, coaccionados por Bangladesh y Myanmar. Regresaron sin garantías de seguridad y sin que se les hubieran devuelto su ciudadanía, ni sus derechos.

La comunidad internacional apenas prestó atención a la situación de los rohingyas en estos años. Myanmar era un país muy cerrado y la atención estaba puesta en la lucha por la democracia y en los conflictos entre las insurgencias étnicas y el Ejército.

La democracia tampoco ayuda a los rohingyas: los sucesos de 2012 y 2016

A partir de finales de 2010 Myanmar comenzó un lento proceso hacia la democracia. De manera decepcionante, la democratización no comportó mejoras en la situación de los rohingyas. Desde su emergencia en los años 30 del siglo XX, el nacionalismo bamar ha sido exclusivista y ha considerado que la etnia bamar, que representa el 68% de la población, tiene el derecho inalienable de dirigir el país.

La democracia trajo la libertad de prensa, que sirvió para atizar el discurso del odio antirohingya. El Burma Democratic Concern, basado en el Reino Unido, afirmó en su página web que había que desplegar tropas en el norte de Arakan para “proteger las vidas de la minoría arakanesa, budista birmana, que está viviendo en medio de los bárbaros que se autodefinen como musulmanes bengalíes rohingyas”. La prensa birmana tachaba regularmente a los rohingyas de terroristas, bengalíes e invasores extranjeros. Incluso birmanos que se habían opuesto a los militares y habían pasado años en sus cárceles, como el líder estudiantil Ko Ko Gyi, declararon que los rohingyas eran bengalíes que estaban atacando a los rajáin budistas y que deberían ser expulsados.

Posiblemente quien más responsabilidad tuviese en el discurso del odio y en crear el ambiente que condujo al pogrom anti-rohingya de 2012, fuese la organización budista ultrarradical Ma Ba Tha (su nombre es el acrónimo en birmano de “Protección de la raza y la religión”), cuya figura más visible era el monje U Wirathu. Una de sus ideas fuerza era que el Islam era un peligro para Myanmar y ponían como ejemplo países como Indonesia o Asia Central que en su día habían sido budistas y ahora eran musulmanes. El Ejército los miraba con simpatía e incluso les proporcionó financiación.

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