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Blogs Un poco de silencio, por favor... por Israel Viana

Negro e Isasa: la alargada sombra (punk) de John Fahey

Madrid, sala Costello, una de la madrugada. Fernando Junquera y Conrado Isasa acaban de finalizar el octavo concierto de su gira conjunta para presentar sus respectivos últimos discos, «Insilio» y «Clase media», cuando empezamos a hablar de sus carreras en solitario, que han transcurrido paralelas, pero parecidas.

Negro e Isasa: la alargada sombra (punk) de John Fahey
Fernando Junquera aka Negro (izquierda) y Conrado Isasa, en una imagen de la gira de abril de 2019
Israel Viana el

«Estoy como un flan ahora mismo. Quién me mandará a mí meterme en esto». La primera vez que contacté con Conrado Isasa (Madrid, 1977) hace dos años para una entrevista estaba nervioso. Al día siguiente volaba a Gran bretaña para comenzar su primera gira en solitario por el extranjero. Iba a presentar su segundo disco en Glasgow, Liverpool, Clun, Bristol y Londres, doblando cita en algunos sitios. La misma reacción tuvo Fernando Junquera (Zaragoza, 1981) en 2001, minutos antes de dar en Valencia su primer concierto en solitario como Negro teloneando a Shanty Rd., una banda de Bcore: «“¡Quién coño me habrá mandado a mí meterme en esto!”, repetía. No me apetecía nada tocar… me daba pánico».

Muchos años después aquí están los dos, tan amigos, presentando su tercer («Insilio») y cuarto disco en solitario («Clase media»), respectivamente, en una gira conjunta que les ha llevado en siete días a Lisboa, Braganza, Pontevedra, Orense, Gijón, Oviedo y Santander, hasta llegar a Madrid, donde tiene lugar esta charla a tres el 25 de abril. Es la 1 de madrugada y acaban de terminar su actuación en la Sala Costello. Ya han vendido sus correspondientes vinilos y atendido a los amigos que han venido a verles, cuando nos sentamos en el escenario, con los estuches de las guitarras aún abiertos y la gente en la planta de arriba pidiendo sus copas. A la mañana siguiente vuelven a coger la furgoneta para terminar su periplo en Azcoitia y, finalmente, en Berga, el pueblo barcelonés al que acuden para tocar y participar en la fiesta organizada por Za! para celebrar los diez primeros años de vida de su sello: Gandula.

–Conrado (C): Voy a por una cerveza, ¿queréis algo?

–Fernando (F): Yo quiero un güisqui solo.

–Sé que es muy tarde, así que, cuando os canséis, me lo decís y paro.

–F: No te preocupes, no tenemos otra cosa que hacer.

–Bueno, dormir algo y conducir otros 500 kilómetros para tocar mañana de nuevo.

–F: Sí, pero a estas horas ya nos da igual dormir media hora más o menos.

–C: Bueno, yo no sé si tenemos edad ya para esto…

–Pero si tú ya has hecho giras parecidas desde que tocas como Isasa…

–C: Es cierto, hace dos años me fui siete días por Inglaterra cuando saqué «Los días», pero algo ha tenido que pasar, tío… te lo juro. Me fui yo solo cargando con las dos guitarras, la maleta, corriendo a coger trenes y me encontraba bien. Pero ahora estoy destrozado… no sé.

–F: Igual es la barrera psicológica de los 40. A veces encaras las giras con un espíritu y ahora, lo mismo, estás con otro «flow»…. O lo mejor soy yo, porque siempre viajas solo [risas].

La conexión y confianza entre los dos guitarristas –más allá de lo musical con referentes como John Fahey, Glenn Jones, David Grubb, Jim O’Rourke, Geoff Farina o Mississippi John Hurt, además del punk y el hardcore que les trajo hasta aquí– queda pronto de manifiesto durante la entrevista. También sobre el escenario minutos antes. «Este año no está siendo muy bueno a nivel personal, pero viajar con Conrado me ha venido muy bien, porque he encontrado en él a una especie de hermano mayor con el que compartir mis movidas», reconocía Negro durante su actuación a los cerca de setenta seguidores presentes. A lo que Isasa responde con el mismo aprecio cuando le llega el turno de tocar: «Estoy muy contento de girar con Negro. Es un músico al que admiro mucho y que fue muy importante para que yo decidiera tocar la guitarra solo».

En aquella gira por Gran Bretaña, el ex-guitarrista de A Room With A View –grupo madrileño que inspiró a muchos músicos como Fernando Junquera, dentro de esa escena cercana al punk y al hardcore estatal, a montar bandas– perdió solo 100 euros. En esta ocasión, junto a Negro, las cosas van un poco mejor. «Hemos recuperado el dinero invertido y sacaremos algo de beneficio. ¡Cómo 50 euros cada uno!», asegurara Isasa. «Ten en cuenta que en los sitios que tocamos nosotros el margen de beneficios es mínimo. No hacemos festivales ni cosas así», subraya su compañero, una de los músicos clave del underground valenciano desde que, a finales de los 90, empezó a tocar en bandas como Balano o Estrategia lo Capto!, fundar fanzines como «Chilena Comando», organizar conciertos, alojar en casa de sus padres a grupos afines que pasaban por la ciudad (Aina, Za!), participar en proyectos de música experimental (La Orquesta del Caballo Ganador) y colaborar en discos de otros artistas como «Voces del extremo», de El Niño de Elche.

[Aina: «Cuanta más mierda comíamos, más felices éramos»]

Pero Conrado y Fernando no se han conocido ahora, sino hace veinte años. Desde entonces han llevado carreras paralelas, aunque parecidas: ambos partieron de bandas con un espíritu punk difícil de encasillar, proyectos de influencias muy dispersas e imprevisibles, y acabaron desprendiéndose de todo para grabar en solitario música instrumental basada únicamente en sus guitarras.

El primer encuentro se produjo cuando Fernando estaba aún en el instituto y tocaba con su primera banda, Balano. Su hermano, Marcos Junquera (Balano, La Orquesta del Caballo Ganador, Estrategia lo Capto!, Betunizer, Dorian Wood), compró un recopilatorio en un concierto de Aina en el que salían tres canciones de A Room With A View. «Recuerdo que había un tema de 14 minutos en el que Conra tocaba la trompeta: “Once Again”. Fue tal el flipe que cogimos un tren hasta Alicante para verlos en directo, conocerlos y preguntarles si querían tocar con nosotros en Valencia. Al final estuvimos de fiesta con ellos hasta las 6 de la mañana y, cuando se fueron a dormir, nosotros nos marchamos a la estación a esperar al primer autobús de vuelta a las 9.30», cuenta Negro, que este viernes 31 de mayo telonea a June of 44 en Madrid (Sala El Sol, 21.30, dentro del Sound Isidro).

[June of 44: «El propósito no era hacer del grupo un trabajo, pero lo acabó siendo»]

–¿Recuerdas que te produjo a ti, Conrado, la música de Negro la primera vez que la escuchaste?

–C: Pusieron en la radio uno de los temas de «Formación del Espíritu Nacional» (La Castanya, 2013). Yo había vuelto de Holanda de estudiar jazz y trompeta y llevaba bastante tiempo sin tocar la guitarra. Ya había nacido mi primer hijo. Y fue como: «¡Hostias! Se puede hacer esto solo con una guitarra… ¡uf!». Yo ya había escuchado a John Fahey y a otros guitarristas, pero como a él le conocía personalmente, me marcó mucho más y me dio que pensar: «Alguien cercano a mí puede hacer esa música, que es la hostia, sin tener un grupo». Fue poco antes de empezar a tocar la guitarra acústica yo solo.

–¿Cómo has llegado tú, Fernando, a esa forma tan peculiar de tocar la guitarra, como golpeando las cuerdas?

–F: Seguro que lo inventó alguien antes que yo. Hay un vídeo de YouTube de Bukka White, un bluesman de los años 30 que me flipa y que hace un gesto parecido al mío, pero no lo continúa como yo. Un par de golpes y sigue tocando normal. Hubo un tiempo en el que pensé que me venía inconscientemente de él, pero no lo sé exactamente. Yo lo utilizo básicamente para llevar el ritmo y hacer armónicos a la vez mediante los golpes en las cuerdas.

–Parece algo complicado y técnico. ¿Diste clases de guitarra?

–F: Solo un año cuando tenía 15. Tocábamos versiones de ZZ Top, Nacha Pop y el «Yesterday» de Paul McCartney, así que lo dejé. Llegué a John Fahey poco después de publicar uno de sus últimos discos, «Hitomi» (LivHouse, 2000), porque había influido a músicos que me gustaban, como David Grubb y Jim O’Rourke. La banda de estos dos, Gastr del Sol, tenía una versión de uno de sus temas [se refiere a «Dry Bones in the Valley», del álbum «Upgrade & Afterlife»]. Después empecé a tocar solo en los ratos que me dejaba Balano, a los que nos costaba ensayar, y pronto me di cuenta de que afinando la guitarra de otra manera podía hacer música y parecer bueno. Probé más afinaciones y, al final, me inventé una con la que estaba a gusto.

–La música que tú haces, Conrado, tampoco parece sencilla. ¿O tú no lo ves así?

–C: Pues no sé, la verdad… A mí eso me ha dado muchos quebraderos de cabeza. Cuando esta noche ha aparecido en el concierto Sergio Vinadé (El Niño Gusano, Tachenko), al que yo no conocía de nada, y se ha acercado a decirme que yo toco bien y él mal, ni me lo creo. ¡Es una pasada! A mí sus guitarras me marcaron en una época, además, en la que yo no escuchaba nada de música en español. Y cuando le oí a él con El Niño Gusano, pensé: «Joder, de dónde salen estos que a mí se me han escapado». Lo que pasa es que lo que yo hago, supongo que solo lo puedo hacer yo porque soy yo el que toco, no porque sea mejor que nadie.

–¿Cómo fue tu primer concierto como Negro, Fernando?

–F: Teloneando a Shanty Rd., en 2001. Les pregunté a ellos si podía tocar y me dijeron que «claro». Estaba tan asustado minutos antes que no quería ni tocar, pero al final hice un tema de 20 minutos yo solo. Al acabar me sentí muy guay, pero recuerdo que se me acercaron dos italianos y me dijeron: «Hostias, cuando entramos en el bolo y te vimos tocar, pensábamos que eras el tipo que les afinaba las guitarras a la banda». No era habitual en aquella época ver a un tío tocando la guitarra solo, y menos una canción de 20 minutos.

–¿A qué te referías antes cuando han dicho que has encontrado en Conrado a una especie de «hermano mayor» durante esta gira?

–F: Pues que este año ha empezado fatal para mí, la verdad. En la furgoneta hemos hablado de cosas personales y Conrado es una persona que escucha atentamente y te da buenos consejos cuando eres su colega. Tenemos una buena relación y le quiero como persona, pero también nos respetamos como músicos. Él siempre habla guay de mí. Imagínate lo que eso significa para mí… ¡yo flipaba con A Room With A View y con Conrado! Es algo que también me ha pasado con Titi, el guitarrista de Aina. Es para decirles: «¡Qué decís, tíos, si es que yo estoy aquí por vosotros!». Al final me he dado cuenta de que a mí la música me lo ha dado todo, desde los amigos hasta una forma de ver el mundo… ¡es la hostia!

–La admiración mutua que os profesáis es evidente…

–F: Es que yo empecé a tocar las guitarras con reverb por él y por José [María de Miguel, guitarra de A Room With A View, Ensaladilla Rusa, Campamento Ñec Ñec!, Atomizador, Extinción de los Insectos]

–C: ¿Ah, sí? ¿En serio? [risas].

–F: Sí, Sí… recuerdo que cuando os vi aquella primera vez, pensé: «Yo quiero sonar así». Mi primera influencia musical fue, sin duda, A Room With A View. Conrado y José son dos de mis guitarristas favoritos de toda la vida. Me influenció mucho cómo se entrelazaban las dos guitarras y el sonido tan particular que sacaban de ellas. Creo que es algo que no he visto en ninguna banda de España. Pero es que, además, el batería favorito de mi hermano era el Pelos [David Unison, de A Room With A View, The Cabriolets y productor de discos como el de Gata Cattana], que ha influido a mogollón de baterías de España.

–C: Para mí el Pelos es una de esas personas que ha nacido con un talento especial… ¡no es normal! Cuando estuve en Holanda estudiando trompeta y jazz, no vi ningún batería como él. Ese sonido que tenía de caja era único [gesticula con las manos como si tuviera unas baquetas entre las manos]. Y lo estoy comparando con baterías de jazz que llevaban 15 años estudiando, cuidado. ¡El Pelos es flipante!

–¿Te has acostumbrado ya a la gente que viene y te da las gracias por aquel grupo, Conrado?

–C: [Sonríe] No, no… a ver, yo he sido un músico que me he torturado mucho a mí mismo. Ahora estoy contento con el nivel que tengo en relación con lo que produzco. No me creo que tenga nada especial, pero estoy en un momento en el hago música lo más parecida a lo que me gustaría hacer. Pero hasta hace poco yo siempre he pensado que era un paquete… de verdad. Cuando escucho esas cosas de A Room, pienso «¡oh, que guay!», pero enseguida lo dejo pasar porque me da un poco de vértigo. El hecho de que un guitarrista como Fer haya podido sentirse influenciado por mí es muy fuerte. No me acostumbro cuando alguien viene en un concierto a decirme que me vio con A Room en aquella época en la que, además, no había internet ni redes sociales. ¡Claro que no!

–¿Os sorprende que con propuestas tan, digamos, austeras y minimalistas como las vuestras hayáis acabado teloneando a bandas como A Silver Mt. Zion, en el caso de Isasa, o June of 44, como ocurrirá con Negro ahora?

–F: No sé qué decir… Creo la gente de June of 44 o A Silver Mt. Zion son lo mismo que nosotros pero en Estados Unidos. Y esto es algo que yo he hablado con estos grupos y otros parecidos. Ellos se acojonan lo mismo que nosotros y tienen la percepción de que nuestras bandas son igual de importantes aquí que las suyas allí, pero al final nos une que compartimos una forma de ver la música y la vida.

–C: Estoy de acuerdo. Geoff Farina (ex-Karate) gira por Estados Unidos y van diez personas a verle como a nosotros en Oviedo. Y eso que ahora ha cambiado un poco con sitios como La Faena o el Liceo Mutante, que están más abiertos a que vaya un músico solo o con una banda.

–¿Habéis echado muchas horas vosotros solos para llegar hasta este punto?

–C: ¡Ha costado! Yo ahora tengo cierta seguridad de que los conciertos van a salir bien, que no van a ser un desastre. Voy más confiado con mi técnica, algo que noto, por ejemplo, cuando hago pocas notas o dejo un silencio, que antes me daba mucho miedo. Pero también pienso que lo que yo hago podría hacerlo cualquier persona que hubiera echado las tropecientasmil horas que le dedicado yo en casa. No es una cuestión de talento.

–¿Alguna pensáis en las expectativas de éxito en lo que respecta al público que podéis alcanzar con vuestra música? Hablo de pensamientos como: «Mi música no es precisamente comercial ni lleva una banda detrás, así que solo podré llegar a un público pequeño». ¿Os ha frustrado alguna vez ese tipo de planteamientos después de veinte años grabando discos?

–F: A mí me molaría que viniese más peña, pero me doy cuenta del público real que tengo. Hay días que estoy más satisfecho que otros, pero tengo la suerte de haber hecho siempre lo que quería y tocado en los sitios donde me apetecía, lo que me ha hecho muy feliz. Me conformo con que la gente que venga sea mi público real y escuche. Me da igual si son cinco, diez, veinte o… ¡700 personas! Lo que más ilusión me hace es que les mole la música que hago y que venga a mis conciertos cuando crean que tienen que venir.

Una de las trabajadoras de la sala Costello nos interrumpe. Le pedimos que nos deje un rato más, aprovechando que esta planta de la sala está cerrada, mientras en la de arriba la gente baila y consume tranquilamente. Las guitarras y el resto de instrumentos continúan a medio recoger…

–C: Yo quiero contar algo con respecto a las expectativas.

–Sí, claro.

–C: Antes de empezar a componer este último disco, «Insilio», tuve una especie de crisis. Con «Los días» había girado por Inglaterra y Estados Unidos y me habían llamado para tocar en el American Primitive Guitar Festival de Takoma (Washington D.C.). Pensaba: «Qué pinto yo con toda esta peña que para mí son la hostia». Recuerdo ver en primera fila a músicos que habían tocado con John Fahey aplaudiéndome y acercándose después a decirme que les había aparecido «increíble». Ahí me puse una especie de techo. «Ya no puedo hacer nada mejor. Todo lo que quería hacer ya lo he cumplido», empecé a pensar. O el hecho de que hablaran bien de mí en la revista «The Wire». Después de esas cosas, cualquier expectativa está cumplida y no puedo pedir más.

–¿Qué guitarristas vieron tu concierto en el American Primitive Guitar Festival?

–C: Aparte de Glenn Jones, estaba Max Ochs, que en los 60 sacó un disco compartido con John Fahey y fue muy amigo de Mississippi John Hurt. También estaba Richard Osborn, que fue alumno de Robbie Basho.

–¿Cómo te sentiste al acabar?

–C: No podía ni hablar con la gente de la emoción, así que me fui a dar una vuelta yo solo y me puse a llorar. ¡Claro, tío! ¡Imagínate! Estás en Takoma, el pueblo de John Fahey, en un festival de guitarristas y está todo el mundo flipando con lo que has hecho… ¡uf!

–¿Y después?

–C: Al cabo de un rato volví y vino gente a hablar conmigo y a pedirme autógrafos. Recuerdo al crítico musical Byron Coley, el mismo que ha escrito para mil publicaciones [«Forced Exposure», «The Wire», «Spin»] y las notas de muchos discos de Sonic Youth, Dinosaur Jr., Yo La Tengo y el mismo John Fahey. De hecho, yo le había escrito y enviado el segundo disco sin encontrar respuesta. Y después del concierto fue él quien se acercó a mí y me pidió un autógrafo. Y, claro, ese mismo tío sale en un DVD que a mí me marcó mucho en el que aparece entrevistando a Jack Rose y Glenn Jones. Era algo como surrealista. De hecho recuerdo que le dije: «No, no… ahora me firmas tú a mí, que yo soy muy fan tuyo».

–Albert Guardia (A.G.): Yo creo que… ¿puedo intervenir?

–Adelante…

Hace rato que Albert Guardia, batería de Nueva Vulcano y fundador del sello La Castanya, escucha en un segundo plano esta conversación en Costello. Él fue precisamente quien decidió apostar por los proyectos en solitario de Fernando Junquera, desde su segundo disco como Negro en 2013 («Formación del espíritu nacional»), e Isasa desde su debut («Las cosas») en 2015. También decidió reeditar en vinilo toda la discografía de A Room With A View con todo lo que había grabado desde 1997 hasta 2003, incluyendo las grabaciones en directo de las últimas composiciones que nunca registraron en disco.

–A.G.: En este tipo de música minoritaria que ellos hacen hay unas expectativas que se pueden cumplir porque no son precisamente llenar estadios, sino mucho más reales. Por ejemplo, conocer a gente que está haciendo cosas cercanas a las tuyas, como Glenn Jones, Chris Brokaw, Jawbox o June of 44. Cuando conoces al bajista de estos últimos, Fred Erskine, te habla de su trabajo como carpintero y de su música de una manera muy normal, nada elevada e inalcanzable, porque son gente que para conseguir sus metas artísticas han sacrificado muchas cosas, solo que ellos lo han hecho con gusto. Siempre lo resumo así: las bandas que admiro son aquellas a las que he podido acceder fácilmente. Nunca he pretendido ser fan de U2, porque… ¿Qué es U2? Un producto. Yo soy fan de Lungfish y Daniel Higgs, un tipo normal y corriente, y no Bono o Bruce Springsteen.

–C: Fernando lo explica muy bien cuando dice que él admira a gente que sigue bajando a comprar el pan.

–F: Exacto, los músicos que admiro son aquellos con los que me puedo tomar una birra al acabar el concierto.

–C: Esto liga con lo de mi crisis en las expectativas, después de tocar donde toqué y para gente que admiro. Enseguida pensé. ¿Y ahora qué? ¿Qué puedo buscar ahora?

–F: ¡Pues tocar con Negro! [risas].

–A.G.: Sacar más discos… perdón, es que me he quedado con ganas de decir algo más.

–F: ¡A partir de ahora es la entrevista de Albert!

Todos se ríen, porque tienen algo que decir en un tema que les toca tan de cerca desde que decidieron dedicar casi toda su vida a la música, más allá del dinero que ganaran… o que perdieran con ella. Conrado Isasa se sacó unas oposiciones de bibliotecario en la Universidad Autónoma de Madrid, un trabajo que precisamente le permitía costearse la grabación de sus discos y salir de gira varias veces al año sin miedo a perder su trabajo. Fernando Junquera es profesor de Filosofía en un instituto de Valencia, lo que le facilita seguir dedicando todo el tiempo que le resta a la música, ya sea como Negro o en los diferentes proyectos de los que ha formado parte en los últimos años. Mientras que Albert Guardia decidió apostar por completo por este mundo, viviendo de lo que sacaba con Nueva Vulcano y del trabajo que realiza, desde 2008, junto a su hermano Joan en La Castanya, ya sea como sello o como promotor de conciertos.

–A.G.: Cuando has alcanzado todas tus metas y actuado en tus sitios favoritos como dice Conrado, ¿qué puedes hacer? Pues seguir tocando lo que te emociona, para emocionar a la gente y transmitíserlo. Creo que eso es lo más importante. Y lo digo para animar… porque además el público es el que es y vosotros no vais a ser masivos, que es lo que en teoría buscan muchas discográficas. A mí lo que me interesa de Negro e Isasa no es que llegue a un público de masas, es otra cosa. Lo que te toca en el corazón y lo que trasmiten con su música, en la que han evolucionado, además, desde la humildad, que es muy importante para la gente que venimos del punk. ¡Es qué vais sobrados de humildad! [lo dice medio en broma, para arrancar unas risas, aunque esté convencido del mensaje]

–C: Una de las cosas con las que me quedo en esta gira, hablando de las expectativas, es que si vienen diez personas para escucharte de verdad, tú tocas con las mismas ganas. Hoy había sesenta personas y yo estaba igual de concentrado y emocionado. Y esto es algo que aprendí del punk y del hardcore. Una cosa que me marcó cuando empecé con A Room With A View fue un concierto de Chokebore que fui a ver solo a Siroco [grupo estadounidense que llegó a girar por Europa con bandas como Today is the Day, Girls Against Boys, Samiam y Nirvana] y solo fueron cinco personas. Pero los tíos dieron un bolazo. ¡Cómo si hubiera 100 o 200 personas! Yo tenía unos 20 años y te juro que no lo entendía. Me impresionó. Fue una actitud que luego aprendí de Aina también. Y de todos los grupos de esa escena. Claro, es que el pensamiento no debe ser que, como ya has ido a Estados Unidos, ahora tienes que ir a sitios mejores… no, no, no. La cuestión es volver a conectar con esa gente, aunque solo haya una persona. Y eso es lo más alucinante que te puede pasar.

–F: Recuerdo que en el año 2001 toque en el FNAC con Balano y vino una mujer que me dijo que había llorado en el concierto. Algo que no me ha ocurrido hasta justo hoy, donde hasta tres personas me han confesado lo mismo tras el concierto.

–¿Te lo han contado ellas?

–F: Sí. Una ha venido de Extremadura y me ha dicho que se ha puesto a llorar en el último tema. Me lo ha dicho también una amiga y dos amigas de esta que estaban pasando por un mal momento y se han ido con la lágrima.

–C: ¿En serio?

–F: Sí, y eso para mí es flipante. Se me encoge el alma.

–C: Parece algo contradictorio con respecto a la intención con la que se supone que alguien viene a un concierto…

–A.G.: Es que no toda la música tiene que ser siempre una fiesta, expresar alegría, ni ser de una asistencia masiva. Y hablando de esto, os voy a contar que hoy justo también ha venido una muy buena amiga que está muy ligada a la música y que ve muchos conciertos porque trabaja en esto, que al final me ha dicho: «Esto es justo lo que necesitaba hoy».

–F: Hacer que la vida de una persona, aunque sea por un instante, cobre sentido a través de tu música para mí es la cumbre.

–Es muy tarde, debéis estar matados. Por mi parte ya está… [Como si no me hubieran escuchado, y con la grabadora aún encendida, continúan hablando entre ellos mientras van recogiendo sus guitarras, el weissenborn, el shruti box y los demás bártulos].

–C: Pues lo que mola de estas giras es que siempre aparece alguien que te vio en la época de Aina o A Room With A View. Y eso es increíble, porque fue hace ya veinte años. Es que A Room nos separamos en 2003.

–F: Lo flipante en que venga peña a vernos, ¡porque nosotros estamos muy fuera! Yo soy profesor y trabajo con chavales de 12 a 18 años y es que no oyen música. No oyen elepés. Escuchan sonidos de internet y algunas canciones. Y, de repente, en nuestro concierto de Gijón del otro día vino un alumno al que yo había dado clases hace cuatro años y que está estudiando para ingeniero aeroespacial. Se pilló un bus con su novia, aparecieron allí y hasta me compraron un vinilo. Ese es el germen que aún continua del mundo viejo. Eso para mí es la anécdota de esta gira….

–A.G.: No es tan viejo, Fer. Es más moderno de lo que piensas, lo que pasa es que es minoritario.

–C: Cuidado, que el otro día fui a dar un pequeño concierto a la clase de mi hijo Gabriel. Toqué «Tricotosa» tras explicarles que era una canción que había compuesto para su madre y, al terminar, una niña de 7 años se emocionó ¡y se puso a llorar, tío!

–F: ¡Porque es una niña vieja, olvídate! [risas]. Tu mundo está muerto. En mi instituto hay cinco chavales con camisetas de Pink Floyd en todo el instituto. La forma de ver la música y la industria está acabada. Betunizer se han disuelto y es el final de una era…

Los tres se enfrascan en una discusión sobre la poca música que escuchan los chicos de 20 años, sobre si la industria está muerta o no, sobre el trap y Yung Beef, sobre que si «cuando yo iba al instituto iba con un parche de Minor Threat y tampoco nadie los conocía», que si las guitarras morirán alguna vez… mientras la música se cuela desde la planta de arriba. Siguen discutiendo antes de subir a tomarse la última. Son más de las 2 y se tienen que levantar a las 10 de la mañana para conducir hasta Azcoitia.

*Un día antes de publicar esta entrevista me entero de que la misma noche en que tuvo lugar, el amigo que les acompañaba para echarles una mano a la hora de conducir les avisó, a las 4 de la mañana, de que no continuaba por la mañana. «Petó. No pilló rollo con el modo gira».

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Otras entrevistas:

– Novedades Carminha: «Es el libre mercado, a los músicos nos pagan lo que podemos generar».

– Mark Cunningham: «Sonic Youth sabía que no podía cambiar mucho si quería seguir en lo más alto».

– Hot Snakes: «No pensamos mucho en si hemos sido una banda influyente».

– Za!: «Hay que tomarse el cachondeo muy en serio».

Chris Leo: «The Van Pelt rechazamos ofertas de multinacionales que buscaban otro Nirvana».

– Animal Collective: «Con “Sung Tongs” pudimos empezar a pagar las facturas».

– Avishai Cohen: «Supe que tenía talento para el jazz a los diez años».

– Esmerine: música de cámara del siglo XXI.

– Lidia Damunt: «Siempre he querido dejar la música».

– Ainara LeGardon: «Para redefinir la SGAE, primero tiene que desaparecer».

– Bonnie ‘Prince’ Billy: «Nunca leo las críticas de mis discos».

– Sr. Chinarro: «Yo ya no salgo a tocar si no voy a traerme dinero a casa».

– Residente: «Calle 13 se había convertido en algo irritante».

Pedro Iturralde: «En los 50 nadie conocía a Miles Davis en España».

– Pablo Und Destruktion: «Estoy petado de líneas rojas».

– Matt Elliott: «En las giras vivo altibajos emocionales».

– Refree: «¿Miedo al flamenco? Los guitarristas de Pepe Marchena eran unos punkis».

– Forastero: «Es triste que Spotify te dé toda la música del mundo por el precio de una copa».

– Isasa: «A Room With A View fue un grupo muy intenso para mí».

– Santi García: «La primera vez que escuché a Fugazi, pense: ¿pero qué mierda es esto?».

– Steve Gunn: «Hasta el año pasado no me consideré músico profesional».

– Geoff Farina: la delgada línea entre Minutemen y «Mississipi» John Hurt.

– Rick Froberg (Drive Like Jehu): «Vendí mis vinilos para comer».

– Ian Williams (Battles): «Vivir en Malawi coloreó mi visión de la música».

– Alan Sparhawk (Low): «Todos los ingresos de Low son de tocar en directo».

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