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Blogs Puentes de Palabras por José Manuel Otero Lastres

La resonancia de un escritor descomunal

José Manuel Otero Lastres el

Cuando la muerte de un escritor alcanza la resonancia que obtuvo la de Gabriel García Márquez hay que felicitarse. Por lo general, los escritores no son personajes que gocen de una fama universal comparable a la de otros seres humanos especialmente conocidos por la generalidad de los ciudadanos, como por ejemplo, deportistas,  cantantes, actores, líderes espirituales o políticos. Y es que lograr subirse a las alas de la fama dedicándose a una tarea que exige tanto esfuerzo de recepción, como es la lectura de una novela, indica que estamos ante alguien que nos ha dejado una contribución excepcional.

Es verdad que en el mundo globalizado de hoy es más fácil hacerse conocido que en otras épocas. Es verdad también que la muerte suele ser una ocasión ideal para que los que se quedan recuerden lo positivo y olviden lo negativo del que se fue. Pero no lo es menos que cuando la muerte de un escritor adquiere tanto eco y un elevadísimo nivel de coincidencia universal en cuanto a sus dotes creativas es que estamos ante un ser que ha devuelto con creces a la humanidad el préstamo de vida que recibió al ser engendrado.

El escrutinio de su vida deparará, sin duda, aspectos con los que se puede estar más o menos de acuerdo. No se me oculta que han existido creadores cuya envergadura fue exagerada por “merodear” por el territorio de la izquierda política. Con ellos, como sucede con toda exageración, el juez insobornable que es la historia de las creaciones del espíritu acabará por colocar a cada uno en su sitio.

Pero éste no es el caso de Gabriel García Márquez. En mi humilde opinión, este creador debe ser juzgado como lo que siempre ha querido ser: un escritor, actividad a la que por suerte para la humanidad dedicó su vida. Pienso que su figura como novelista es tan descomunal que si la humanidad fuese atacada con una pandemia imaginaria consistente en no poder recodar lo leído, sus novelas bastarían para alimentar la insaciable sed de ficción del ser humano. Por eso, además de envidiarlo sanamente, cada vez que lo leo acabo convencido de que tuvo el don de enamorar a las palabras.

 

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