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Blogs Puentes de Palabras por José Manuel Otero Lastres

Hay pocos “estadistas” y muchos políticos cortoplacistas y de aldea

José Manuel Otero Lastres el

Se atribuye al canciller Otto von Bismark la frase «el político piensa en la próxima elección; el estadista, en la próxima generación». Con la perspectiva de los cuarenta años que llevamos de democracia, se puede sostener que los que organizaron la transición eran verdaderos estadistas; y que desde hace unos años son numerosos los políticos que solo piensan en la próxima elección.

No cabe duda de que estamos pasando momentos difíciles, sobre todo en lo institucional. El fallido “golpe de Estado jurídico” que intentaron los sediciosos catalanes ha sido una prueba dura que ha conmocionado los cimientos de nuestro actual Estado democrático. Prueba de resistencia solo comparable a la del frustrado “golpe de Estado militar” del 21 de febrero de 1981, siendo ambas superadas debido en gran parte el importante papel que jugaron nuestros dos últimos reyes.

Pero, aún siendo muy graves esos dos momentos, no creo que fueran más comprometidos que los de mediados de los años setenta del siglo pasado, cuando se extinguía un régimen autocrático y había que transformar las estructuras políticas de entonces en un sistema democrático. Y lo que era peor: había que hacerlo en medio de una crisis más severa que la actual provocada por la llamada crisis del petróleo con una inflación superior al 26 % y un paro que rondaba el 15 %.

La altura de miras y la generosidad de los dirigentes de entonces los llevó a situar en el centro de la política nacional el interés de las próximas generaciones y escribieron una de las páginas más brillantes de la reciente historia de España. Fue una época de estadistas que hizo que la sociedad civil de entonces tuviera un elevado concepto de la clase política. A los lectores que no vivieron la transición les puede parecer mentira que hubiera una generación de españoles que no fueron a la política a enriquecerse, y que tuvieran la grandeza de aparcar en momentos de urgencia nacional problemas localistas que dividían las fuerzas imprescindibles para impulsar el cambio de régimen.

Por desgracia, desde entonces hasta hoy una parte de la clase política, porque hay honrosas excepciones, ha experimentado con el paso del tiempo un doble cambio negativo: se ha profesionalizado y practica denuedo la aldeanería.

En efecto, la política, al tratarse de una actividad duradera en la que uno puede echar toda su vida laboral, se ha convertido en una profesión. Razón por la cual, el centro de las preocupaciones de los políticos es asegurarse por encima de todo el puesto de trabajo: ganar elecciones, lo cual les hace olvidar paulatinamente los intereses generales y, entre ellos, los de las próximas generaciones. No creo que deba esforzarme demasiado en demostrar que a una buena parte de nuestros actuales políticos les interesa por encima de todo la captura de votos.

Pero, con ser preocupante el fenómeno de la profesionalización, todavía es peor la cortedad de miras, de aldeanería, de la que hacen gala los partidos nacionalistas. La estructura territorial del Estado hizo que florecieran, en unas Autonomías más que en otras, las formaciones políticas nacionalistas que se han dedicado a mirarse cada vez más a su propio ombligo y a servir, no a la generalidad de los ciudadanos para los que gobiernan, sino solamente a los de los convencidos que ya tienen en su redil.

La experiencia vivida durante los últimos años demuestra que hay partidos que no gobiernan para todos: hay formaciones políticas inclusivas y otras excluyentes, y que, en función de cuál de estas dos perspectivas sea la que elijan, les preocuparán los intereses de una mayor o menor parte de la ciudadanía.

Pues bien, cuando un partido optar por declararse nacionalista, está poniendo de manifiesto que, lejos de ser inclusivo, es excluyente. Lo cual significa que va a defender los intereses exclusivos del territorio en cuestión y solo para la parte de ciudadanos que comulgan con sus ideas.

Por eso, se puede afirmar que en las Comunidades Autónomas gobernadas por partidos nacionalistas la clase política padece un doble empequeñecimiento: el de ser políticos cortoplacistas, en lugar de verdaderos estadistas, y el de ser “aldeanos”, esto es, dedicarse a servir prácticamente en exclusiva los intereses particulares de los correligionarios nacionalistas.

Sorprende que, mientras la sociedad civil camina por la senda de la globalización, en un mundo sin fronteras, en plena revolución tecnológica, y en unidades empresariales cada vez de mayor tamaño y transfronterizas, a cierta parte de la clase política le haya dado este agudo ataque de miopía y que solo les interese lo de hoy y lo de su aldea.

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