Cuando entras, sabes que todo es un decorado. La tierra del Oeste, la Polinesia, China. Y hasta el pueblo del Mediterráneo. Es un no lugar, como llamaba Marc Augé a esos espacios en los que nos relacionamos sin llegar a alcanzar la categoría de históricos o vitales. Un no lugar es un supermercado, un aeropuerto, un parque de atracciones. Sin embargo, a medida que pasa el día, el decorado adquiere una naturaleza más elevada entre las risas y los ojos de asombro de los niños.
En PortAventura, la Furius Baco, esa máquina “infernal”, sobrevuela cinematográficamente un lago y un paseo marítimo (decorados, no lugares) de luces encendidas. Aquí ya es Navidad. Dentro de un rato vendrá la Gran Parada que cierra el día. En el horizonte sube y baja (se desploma) la inquietante Hurakan Condor y sobresale la última curva de la imponente Shambala (76 metros de altura). Se oyen los gritos (diversión, miedo) de los aficionados al vértigo. Huele a chocolate caliente, a gofres.
PortAventura cumplirá veinticinco años en 2020. Cinco millones de personas lo visitan cada año, un 20 por ciento de ellos franceses. En este tiempo se ha consolidado como el primer parque temático español por la calidad y potencia de sus atracciones y de sus espectáculos. Como ejemplo, el show de Navidad de este año, una impecable mezcla de acrobacia y música, magia con precisión.
Y es que los parques temáticos viven la Navidad como un momento cumbre. Miles de personas vienen a presenciar el espectáculo. Lo hacen con tanta emoción que, por un momento, el cartón parece piedra. Y la espuma (agua y jabón) que precede al desfile se antoja nieve. Santa Claus is coming to town. Ya es noche cerrada. Nadie se acuerda del cansancio, de las colas, del precio de la ilusión. Mañana, de regreso a la ciudad, todo parecerá un sueño.
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