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Propósitos absurdos para el nuevo año

Propósitos absurdos para el nuevo año
Maria C. Orellana el

Mucha gente hace propósitos cuando empieza un nuevo año: aprender inglés, ponerse en forma, trabajarse a su jefe-a, conciliar mejor la vida familiar y profesional, ahorrar… Aunque yo no soy muy de propósitos, este año yo también he hecho uno, siguiendo mis propias convicciones sobre dar pasos adelante: para empujar mi carrera profesional he decidido endurecerme, hacerme “más hombre”. Me he propuesto parecerme a ellos.

Y como parte de las medidas a tomar para conseguir el objetivo, a principios de enero cambié mi clase de pilates de la noche de los viernes por kick boxing, un deporte de combate japonés (del que nunca antes había oído hablar) que mezcla boxeo con técnicas de artes marciales.

El primer día acudí al gimnasio ataviada como mejor se me ocurrió, con un chándal algo poligonero, camiseta de tirantes y el pelo recogido en una coleta despeinada. Mi primera reacción al entrar por primera vez en esa sala con un olor que iba más allá del sudor, como a cadáver, fue buscar de nuevo la puerta para salir corriendo. Organizados por parejas, unos auténticos mazas provistos de guantes de boxeo, cascos acolchados, bucales y protectores de tibias, se repartían cera sin parar. Sebas, el amable monitor de unos cien kilos de puro músculo, me invitó con tanta insistencia a dar la clase, que no tuve escapatoria. Efectivamente, me aseguró que el kick boxing iba a endurecerme y además me ayudaría a liberar el estrés acumulado durante la semana.

Los primeros quince minutos me tranquilizaron. Salté con soltura a la comba (algo que no había hecho desde los doubles de mi infancia en el patio del colegio), ensayé golpes a lo Rocky Balboa frente al espejo cubierto de vaho y lancé patadas al aire con determinación.

La pesadilla comenzó cuando me colocaron un par de guantes de boxeo para practicar durante una hora de reloj los diferentes golpes con manos y piernas. A veces me permitieron sostener una almohadilla para cubrirme el estómago o los muslos, pero la mayor parte del tiempo aguanté sin más protección que mi escasa musculatura. “Pega más duro, aquí, a la altura de la nariz”, me gritaba Sebas, cuando veía que yo sólo quería marcar el golpe. “No dejes de cubrirte la cara, a la altura de las sienes”, “no cierres los ojos, no te hagas bicho bola”, cuando me encogía a la espera de recibir el siguiente golpe.

Llegué a casa hecha un despojo. Nunca pensé que tantas partes del cuerpo pudieran doler a la vez, el cuello, los tobillos, las ingles, el estómago, incluso las falanges de mis dedos. Tras la ducha y la aplicación de hielo sobre mis castigados muslos, sólo pude arrebujarme en el sillón con un vaso de leche caliente y una revista de moda.

Abandono la absurda idea. Ya no quiero parecerme a los hombres.

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