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Blogs Puentes de Palabras por José Manuel Otero Lastres

La concesión de un honor y su posterior retirada

José Manuel Otero Lastres el

En toda concesión de un honor (otorgamiento de un premio, concesión de una distinción, designación de una calle con el nombre del agasajado) se valoran los méritos del galardonado desde la óptica de quien concede la prerrogativa y cuanto más indiscutibles sean aquellos y más objetiva la actuación de éste, mayor será el acierto al otorgarlo. Y es que para atinar a la hora de atribuir una distinción es imprescindible que el destinatario tenga méritos indiscutibles. Cuanto más relevantes y menos incuestionables sean sus merecimientos, más fácil será no equivocarse al concederle el premio. Y lo contrario, si son escasas sus virtudes, no solo no acertarán quienes conceden el galardón, sino que acabarán desprestigiándolo.

Y lo mismo cabe decir del que toma la iniciativa de conceder el honor al homenajeado. Debe ponderar bien los méritos en que fundamente su propuesta, porque los demás, como escribió Ortega y Gasset, “tenemos el ánimo hecho a las admiraciones integrales y, exentos de hábitos críticos, toda continencia en el loor nos parece una censura general”.

Los problemas surgen cuando pesan menos los méritos objetivos del galardonado que las motivaciones subjetivas e interesadas de quienes le atribuyen la prerrogativa. Lo cual sucede frecuentemente cuando el premiado tiene poder, por lo general político o financiero. En tal caso, aunque no se diga abiertamente, el puesto que ocupa el candidato se convierte en el argumento principal para otorgarle la distinción: los demás méritos importan menos porque lo que se busca son sus favores. Y es que dada la debilísima resistencia que opone el ser humano al halago y la lisonja, la concesión de un honor está entre las principales armas para mover la voluntad de los poderosos a favor de los aduladores.

Es verdad que hay algunas distinciones que ya desde el principio son sumamente discutibles. Así sucede cuando había otros candidatos con muchos más méritos objetivos y, además, los del elegido son escasos. Las cosas se complican cuando surgen acontecimientos posteriores, que afectan al premiado y ponen en duda el merecimiento del galardón. En estos casos, los ojos acusadores del pueblo se vuelven siempre con severidad hacia el premiado. Si éste ya ha abandonado el cargo, los más fervorosos partidarios de la concesión se vuelven ahora los más encendidos vociferantes para que devuelva el premio. Seguramente pensarán que si es a ellos a los que más se ve al exigir la restitución, los demás podrían llegar a dudar de si ciertamente eran ellos los que más aplaudían en el momento de la entrega. A esto se refiere el proverbio español que dice «el que hoy te compra con su adulación mañana te venderá con su traición».

Podríamos preguntarnos si merece algún reproche el político o financiero al que han premiado reiteradamente por razón de su cargo. Si es lo suficientemente autocrítico como para saber a qué responden muchos de sus premios, solo podría reprochársele haber tenido la venial debilidad de aceptarlos. Pero ¿qué decir de los que alborozada y servilmente le otorgaron el galardón para congraciarse con él porque era poderoso? ¿No habría que hacerlos responsables por haber utilizado la distinción con oscuras finalidades, a veces particulares, en lugar de emplearla como un modo limpio y objetivo de recompensar a los mejores? No sé qué pensaran ustedes, pero para mí es peor la traición de los aduladores otorgantes del premio que la vanidad del político o financiero que lo acepta incluso sospechando que puede ser inmerecido.

Y ¿qué decir de los que pasado el tiempo retiran un honor concedido? Desde luego, retirar a alguien una distinción implica una “revisión” a posterioride los merecimientos que tuvo en su día el premiado para recibir el galardón. Pero raras veces tal revisión supone una nueva valoración objetiva de los merecimientos del galardonado. Lo que mueve a los “revisores” no es tanto el deseo de hacer justicia cuanto de venganza. Y, generalmente, las motivaciones son más ideológicas que de otro tipo. Por eso, si la volubilidad del pueblo hace que no debe extrañarnos que las “cañas se vuelvan lanzas”, en mi entender tampoco merecen aplauso los “vengadores” que actúan movidos por el rencor ideológico.

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