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Blogs Puentes de Palabras por José Manuel Otero Lastres

El hombre más que lobo es un desconocido para el hombre

José Manuel Otero Lastres el

Como saben ustedes, suele atribuirse a Hobbes la conocida frase de el hombre es un lobo para el hombre. Si embargo, todo parece indicar que tal locución aparece en la obra “Asinaria” de Plauto, el cual escribe que “Lobo es el hombre para el hombre, y no hombre, cuando desconoce quién es el otro”.

Lo que ocurre es que para cada hombre la inmensa mayoría de los demás, por no decir la casi totalidad, son desconocidos, en el sentido de la segunda acepción del Diccionario de la RAE que define la palabra desconocido “como ignorado, no conocido antes”. Todos, incluso los que más conocidos tienen, apenas conocen a un puñado de personas con las que han mantenido alguna comunicación o trato. Si, según los datos actualizados, la población mundial en noviembre de 2017 ascendía a 7.350 millones de personas, que uno conozca a cien, a mil, o incluso a cinco mil, no deja de ser una insignificancia. Por eso, cada uno de nosotros frente al resto de la humanidad vive en un  mundo de desconocidos.

Es verdad que una de las características de nuestro tiempo es la globalización que produce la sensación, como dijo Marshall McLuhan, de vivimos en un aldea global en virtud de la cual hoy sabemos más que nunca de lo que le sucede a otros congéneres que habitan en las partes más ignotas y alejadas del mundo. Pero este es un fenómeno más visual que real: hoy hay visión instantánea de lo lejano, pero no contacto físico con esa realidad alejada. Por tal razón, la globalidad no cambia el número de desconocidos, porque, aunque podamos ver lo que les sucede, no estamos en la cercanía que permite tratarlos, comunicarnos con ellos.

Ahora bien, aunque es verdad que cada hombre vive en un mundo repleto de desconocidos, también lo es que la humanidad en su conjunto ha tejido una especie de telaraña en la que uno se conecta con sus conocidos y cada uno de estos con los suyos hasta conformar una red humana que se extiende prácticamente por doquier. Y no parece que esta red esté interrumpida. Con lo cual, situados en la perspectiva de cada uno, vivimos en un mundo de desconocidos, pero, desde la óptica de la generalidad, cada grupo de conocidos entre sí, las relaciones ininterrumpidas de todos ellos con sus allegados, y así sucesivamente hasta completar la humanidad, crea una especie de cuerpo total en el que todos, aun siendo desconocidos para la casi generalidad, estamos conectados a través del mismo hilo conductor que es el trato personal.

La conclusión de lo que antecede es que, aunque hay una interconexión de tratos personales, el hombre habita en una realidad rodeada de desconocidos. Por eso, tiene sentido que Hobbes simplificara la frase de Plauto: como está rodeado de desconocidos el hombre es generalmente un lobo para el hombre.

Por mi parte, la única matización que me atrevo a hacer tanto a la frase de Plauto como a la de Hobbes es que se utilice la figura del lobo para referirse al enemigo del hombre. Como ya he escrito en este mismo blog (“El hombre es hombre para el hombre”, publicado el 5 de febrero de 2015) considero desacertada esta frase porque encarna en el lobo la máxima crueldad, el mal en grado sumo, cuando bien miradas las cosas no hay nadie que puede ser peor que el propio hombre.

Como escribí entonces, “Si, en vez de los hombres, los que escribieran la historia fueran los lobos nos habrían sacado en muchas ocasiones los colores, dejando simplemente constancia del inmenso dolor que somos capaces de infligir voluntariamente y por puro capricho a los seres vivos -incluidos los propio animales- que nos rodean”.

 

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