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Blogs Música para la NASA. por Álvaro Alonso

Por favor, no hables de mí cuando me haya ido

Por favor, no hables de mí cuando me haya ido
Álvaro Alonso el

Todas las canciones perfectas se parecen, y las mediocres, lo son cada una a su manera. “Hallelujah” de Leonard Cohen es una canción perfecta. Decía Leonard Cohen que “la diferencia entre Dylan y yo es que mientras que Dylan es capaz de hacer una canción buena todos los días del año, yo soy capaz de hacer solamente una”. Es cierto, el legado de Dylan se nos escapa de las manos. No así el de Cohen, tal vez por ello más memorable e incluso más popular.

A la popularidad de Cohen, por si no fueran suficientes sus méritos, hay que añadir algunas interpretaciones de sus temas en manos de otros muchos otros artistas.  Entre ellos destaca Jeff Buckley, un joven criado por su madre en el sur de California con una insignificante trayectoria musical previa, pero que parecía llevar incorporado como por encanto -o incorporado en el mismo gen- un talento descomunal. Su padre, Tim Buckley, a quien Jeff solo pudo ver en una ocasión, había inspirado con sus discos a toda una generación de cantantes a finales de los sesenta.

Se habla a menudo de la belleza como el encuentro con lo inefable, con lo que no se puede explicar con palabras. Otra aproximación a la belleza es la sensación de que la emoción que la obra de arte produce puede ser compartida por los muchos y no solamente por los pocos. Esto es lo que diferenciaría la belleza de la pedantería, la afectación o el intelectualismo vacío.

La interpretación que Jeff Buckley realiza del “Hallelujah” de Cohen es una obra de arte. Pero lo que más asombra de Jeff desde que en 1994 apareciera Grace, su único LP grabado en estudio, es la sensación de estar delante de alguien tan cercano como pueda serlo un amigo, una mezcla de naturalidad e intimidad que se traslada a todas sus grabaciones, ya sean en vivo o en estudio, haciendo que el oyente entre dentro de la piel de Jeff mientras canta, como si uno fuera absorbido por una fuerza capaz de arrancarle por unos minutos de su posición en el espacio y el tiempo.

Como toda obra de arte, la escucha del “Hallelujah” de Jeff Buckley no permite hacer nada más, puesto que uno accede durante seis minutos a otra dimensión. Con Jeff Buckley sucede esto.

Murió demasiado pronto o quizá, como ocurriera con Nick Drake, este mundo no era su lugar natural, no era más que un lugar que explorar durante un corto periodo de tiempo. Desde entonces vaga por algún lugar del firmamento. Su alma se la tragaron las aguas del río Wolf, en Memphis. A veces me lo imagino cantando junto a Billie Holiday, con quien compartía esa capacidad única para expresar con la voz la totalidad de las emociones, desde las más amargas hasta las más alegres. Aunque Jeff había heredado de su padre una sonrisa preciosa.

 

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