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Gernika

Gernika
Marisa Gallero el

 

Guernica es más que un símbolo. Abordar en una película lo que sucedió la tarde del lunes 26 de abril de 1937 es un reto, al ser una historia con múltiples matices. Koldo Serra ha preferido centrarse en la crónica de un amor en tiempos de guerra. El bombardeo es una excusa.

El conflicto podría ser en la guerra civil española, en los Balcanes, en la ciudad de Alepo o en el norte de Siria, donde se ha producido un ataque el día anterior a la entrada en vigor del alto al fuego firmado entre EE.UU. y Rusia.

Refleja las vicisitudes de un reputado corresponsal de guerra en sus horas más bajas. Su interés ya no es la verdad, sino salir cuanto antes de esa madriguera, huir a París para cubrir el último trabajo de Pablo Picasso. Ese Picasso que volverá sus ojos al horror perpetrado en la pequeña villa de Guernica.

Era día de mercado cuando se convirtió en objetivo. La Legión Cóndor de la Luftwaffe, aliada de las tropas franquistas, lanzó unas 31 toneladas de bombas explosivas e incendiarias, dejando la localidad arrasada y en llamas.

Un programa impulsado sin piedad contra la población civil. Porque ni el puente de Errenteria ni las fábricas de armamento fueron blanco estratégico de la aviación. Eran las personas. Era la destrucción por la destrucción. La aniquilación más completa posible del enemigo, con todas sus propiedades, con su historia.

España inauguró antes del inicio de la Segunda Guerra Mundial una nueva forma de ofensiva bélica. Desde el aire. El primer bombardeo en el que las víctimas fueron civiles y no objetivos militares fue la aldea de Otxandio el 22 de julio de 1936. Después vendría Durango. Veintiséis días más tarde, Guernica.

Bien podría haber ambientado el director la visita de los periodistas extranjeros a un hospital de sangre en una de esas localidades. Hubiera sido más real y tendría el efecto que busca la película. Transmitir la atmósfera asfixiante que contagia la oficina de Control de la Información. Cómo la guerra también se juega en las trincheras de la prensa, entre la censura y la propaganda.

Un buen ejemplo de cómo se manipuló la información se encuentra en el Museo de la Paz de Gernika. Con titulares de prensa retorciendo los argumentos para negar la destrucción del pueblo y echarle la culpa a los rojos separatistas en su retirada hacía Bilbao.

 

 

 

 

 

Y como incluso Franco fue capaz de nombrarse hijo adoptivo de la villa en una sesión plenaria en febrero de 1943. Lo que se entiende menos es que el museo prioriza en sus instalaciones un recorrido subjetivo del conflicto vasco y no tanto la barbarie que simboliza Guernica.

Koldo Serra ha contado con un presupuesto de seis millones de euros para describir un episodio que nunca había abordado el cine español. Y aún así todavía es una asignatura pendiente afrontar desde distintas perspectivas nuestra guerra civil .

 


 

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