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La estética de Cifuentes

La estética de Cifuentes
Marisa Gallero el

 

Ni Don Draper en Mad Men podría hacerle una campaña publicitaria a Cristina Cifuentes para regenerar su piel política. La mujer que pudo ser todo en el Partido Popular ha quedado enterrada por dos botes de crema. En unos días será el aniversario del 2 de mayo en el que Cifuentes se hizo un traje a su medida. Cuando proclamó que «el tiempo de los corruptos ha acabado» se puso en el punto de mira de los suyos y de los que la escuchaban entre rejas. Tanto Ignacio González como Francisco Granados estaban en prisión provisional, mientras que por esas fechas Esperanza Aguirre derramaba lágrimas en la Audiencia Nacional de la calle Límite por la caída en Lezo de su mano derecha. Los tres conocían el vídeo del hurto. Cifuentes iba a convertirse en otra de las ranas de la charca madrileña.

Su autoproclamación como adalid contra la corrupción también molestó a Mariano Rajoy que a finales de abril de 2017 esperaba el día que tendría que sentarse como testigo en el caso Gürtel. Cifuentes era un verso suelto. Se atrevió a anunciar primarias. «Un afiliado, un voto» para acabar con el dedazo en el PP de Madrid cuando el propio presidente de su partido fue elegido al escribir Aznar su nombre en un cuaderno azul. No tuvo escrúpulos en denunciar una campaña de «fuego amigo» por ser investigada por los agentes de la UCO de la Guardia Civil en el caso Púnica por una posible adjudicación irregular en sus tiempos de vicepresidenta de la Asamblea. La eterna rival de Aguirre, que cruzó el puente para convertirse en la presidenta popular madrileña, quiso ser el anti-age de la formación de derecha cuando era afiliada desde los tiempos de Alianza Popular.

Ni el abrazo protector de la ministra de Defensa pudo hacer nada contra «una campaña de acoso y derribo». Cospedal se erigió en su defensora cuando la propia Cifuentes se había enredado en actas y firmas falsas de un máster que buscaba maquillar su currículo académico. Cuando Granados la incriminó en un tribunal en la posible financiación ilegal del PP por sus lazos con González, no sólo se iba a cruzar líneas rojas sino que estaba marcada su hoja de ruta. No se sabrá a ciencia cierta quién filtró sus «no presentados», pero no deja de ser casual que la cuñada de Granados fuera profesora de Derecho del Trabajo en la cuestionada Universidad Rey Juan Carlos.

Ya no pudo seguir haciéndose la rubia. Contra la ética del máster perdió por el robo de una estética rejuvenecedora escondida a hurtadillas en un hipermercado del Puente de Vallecas. Con Olay o sin ella, a Cifuentes se la tenían jurada. Y sabe que si la crema no hubiera colmado el vaso, otro asunto del pasado firmaría su descenso a los infiernos. «He sido espiada, investigada y extorsionada… He cometido muchos errores de todo tipo. Me he saltado también semáforos en rojo. Toda mi vida se está poniendo en tela de juicio». Como escribía Kolakowski, «en política, que a uno le engañen no es excusa» ni tampoco todo vale, pero aun menos la mentira ni la caradura.

 

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