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Cataluña y Estonia. El “procés” deja una fuerza

Cataluña y Estonia. El “procés” deja una fuerza
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Ayer escuché un debate entre periodistas en el que una de las partes consideraba un “fracaso del independentismo” las movilizaciones de protesta por la sentencia del Supremo. El argumento era que habían bajado en unos miles los participantes. Incluso si fuera así, ¿es un fracaso movilizar a medio millón de personas, o 300.000 o 200.000 para que peregrinen durante días? ¿Quién puede hacer algo así?
No sé si nuestro entendimiento de los CDR es el adecuado. Me lo pregunto a mí mismo (esto, fundamentalmente, es hablar solo) porque me sorprende la actitud general hacia este tema. No sé si deliberadamente o por puro descuido se pierde de vista lo que trae esta nueva fase del independentismo, o del “procesismo”.
Pese a sus divisiones internas, el movimiento independentista ha conseguido organizar una fuerza de gran convocatoria que tiene una importancia política. Por ejemplo ayer, Pedro Sánchez fracasó en su visita a Barcelona. Tenía que ir pero dio la imagen de un presidente agobiado, asediado, obligado a salir con protección de los sitios. Esto es un fracaso suyo pero es un fracaso institucional aún mayor. Que un presidente español no pueda moverse libremente por Barcelona es un logro de los CDR o como se quiera llamar a esa red organizada de movilización del independentismo.
En cierto modo, el “procés” también ha sido la creación, formación y articulación de esa masa. En los primero años, los independentistas se reunían, “quedaban”, se hacían conscientes de su fuerza; se apoderaban (simbólicamente, como todo) de la calle. Luego esa multitud se fue articulando, como un órgano que adquiere capacidades, que aprende a moverse: la cadena humana, hacer figuras visibles desde el cielo… Ahora se descompone inteligentemente. Esos dos millones que primero se reunieron, se hicieron presencia física, se “tocaron”, se dieron la mano en la cadena, que ocuparon el “territori”, ahora se convierten en una fuerza latente que puede aparecer en cualquier momento con un solo tuit o un mensaje en telegram.
En este sentido, el Procés fue también el realizarse físico de esa fuerza política. De política pasó a fuerza. En el 1-O se sustancia eso, coge cuerpo, sale a la calle, se hace presencia física. El independentismo pasa a otro estadio. De fuerza política pasa a una especie de gran somatén ciudadano de “resistencia activa” y presión.
El procés ha servido para hacer del nacionalismo una fuerza de intervención (y acoso) mediante la llamada “no violencia”.
Surge en España por tanto un problema adicional. El nacionalismo tiene una fuerza activa de cientos de miles de personas que puede ocupar una plaza, una calle, un edificio o… un aeropuerto.
Esto del aeropuerto de hace unos días era dar el paso que no dio el Procés en 2017: las estructuras.
El apogeo del procés fue el “sitio” de sedes gubernamentales, comisarías, cuarteles, el apoderarse de los colegios desoyendo la autoridad judicial y el corte de infraestructuras. Fue el reunirse la masa, articularse, hacerse el catalanismo un uno físico y luego, en el 1-O y días antes, saltar a la calle mediante la estrategia (y justificación) de la no-violencia.
Todo eso aparece en 2019 con otro aire amenazante y acompañado además de violencia, de algo de otro signo.
En la prensa, los CDR se clasifican en violentos y no violentos, pero estos “no violentos” son no violentos en el sentido de la “no violencia”, es decir, son ya una fuerza física, real, de toma de la calle o instalaciones.
¿Cómo afecta esto al Gobierno a la hora de tomar decisiones? ¿Cuánto presiona esa fuerza? ¿En qué medida afecta a su capacidad de actuación? Realmente, ¿tiene ya margen de maniobra el Estado ante eso? Y sobre todo, ¿a qué coste?
La no violencia gana cuando vencerla exige violencia. ¿Se pagaría el precio de esa violencia?
Ni siquiera esa pregunta absolutamente indeseable, espantosa, es estrictamente española. Esa pregunta España no la puede contestar o decidir sola. Es una respuesta europea, y realmente ya la conocemos.
Y ni siquiera haría falta llegar a un escenario de violencia. El estadio previo, y ya suficientemente problemático, es la Excepción, la limitación de derechos. La declaración del estado de excepción revela la soberanía. ¿Es plenamente soberano España o sería también una decisión europea? (Perdone el lector esta serie de preguntas desbocadas).
El Procés deja eso en Cataluña. No es exactamente una presión como la terrorista, pero puede ahogar al Estado, limitarlo, asediarlo, y hacer de cada visita institucional un imposible y de cada medida un riesgo de violencia. Si se mantuviera… ¿a qué esfuerzos obligaría? La “resistencia activa” en la calle es útil al independentismo también porque escenifica una “ocupación”. Puede ser útil también si “desactivarla”, desmovilizarla, si “superar” ese problema se convierte en una razón fundamental para que haya cambios en Madrid en eso que Carmen Calvo llamó “la solución” o “lo que viene”. Un factor de negociación más.

Hace uno años vi unas imágenes de una muchedumbre tomando un parlamento. Era un proceso de independencia, pero no recordaba cuál (no sé mucho de procesos de independencia). Lo sucedido en Cataluña me recordaba eso: el riesgo de una multitud desbordando lo institucional.
Estos días me puse a buscarlo y lo encontré. Era Estonia. Se habla a veces de la vía eslovena de Torra, pero Estonia se parece en algo a la Cataluña actual o, más bien, se parece a lo que aspiran.
Estonia hizo la “Revolución Cantada”. Se “liberó” pacíficamente de la URSS. Primero planteó una resistencia con símbolos (los símbolos van a ser recurrentes). Cantaban una canción prohibida. Sonaba la orquesta soviética pero ellos eran muchos, miles, y sonaba mas fuerte. También hicieron la gran Cadena Báltica, una cadena humana que recorrió Letonia, Lituania y Estonia y que Cataluña imitó (lo que no se ha imitado aún es la cadena de “repúblicas ibéricas”). Letonia luchaba contra una Unión Soviética en plena implosión que no se podía permitir, penetrada también por las influencias liberales, una respuesta militar. Cuando lo hizo, cuando fuerzas o simpatizantes soviéticos intentaron entrar en las instituciones eslovenas (que ya desobedecían) sucedió lo que recoge esa foto, lo que yo recordaba y a veces pudo evocar Cataluña.
Cuando los soviéticos quisieron ocupar las televisiones estonias y el edificio del Gobierno (o del Parlamento, no lo recuerdo) en Toompea, las autoridades convocaron a la población. Los soviéticos estaban ya entrando, tomando el gobierno y aparecieron miles de estonios rodeándolos. Una organización paramilitar o simplemente ciudadana que fue suficiente. Su presencia fue disuasoria y los rusos fueron rechazados sin que llegara a estallar la violencia. La independencia no tardaría en llegar.
Son situaciones muy diferentes (aunque supongo que caben algunas analogías) pero la de Estonia fue una revolución “no violenta”, con defensa de instalaciones y el aprovechamiento, eso sí, de la debilidad extrema de un imperio que se derrumbaba.
Cataluña parece lejos de eso, y de hacer caso a la sentencia del Supremo, lejísimos, tanto como un sueño, tanto como dista de la realidad un delirio quijotesco. Pero, a pesar de esta cosa entre calderoniana y jurísperita de la Sentencia, resulta difícil negar que el independentismo tiene una fuerza nueva en la calle que antes no tenía. Y que al Estado ya no solo se le desobedece, sino que se le cerca.

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