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Blogs Los cuatrocientos golpes por Silvia Nieto

Soportar la guerra usando el humor: «Le Canard Enchaîné»

Soportar la guerra usando el humor: «Le Canard Enchaîné»
Silvia Nieto el

Que poder y ridículo son conceptos que conviven mal es evidente. En «Proletario de todos los países… ¡Perdonadnos!» (Clave Intelectual, 2016), el historiador Tomás Várnagy, al que entrevisté hace unos meses, probaba que los chistes, los «anekdoty» rusos, habían jugado cierto papel en la caída de la Unión Soviética; a base de bromas, los ciudadanos habían desacreditado a sus instituciones, burlándose de su ineficacia o de su brutalidad; algunos líderes, como Nikita Kruschev, habían sucumbido a esas caricaturas, quedando, para siempre, desautorizados. Si escribo ahora es por el recuerdo de ese libro, que disfruté mucho, y con el que confirmé que la risa, con la que nos reímos hasta de la muerte, no solo es un arma estupenda frente al despotismo, sino ante cualquier situación que, en la vida, nos pueda causar inquietud. También porque estos días, hojeando la prensa, recordé que Francia conmemoró el sábado el 99 aniversario del armisticio de la Primera Guerra Mundial, firmado el 11 de noviembre de 1918. Las reflexiones sobre la risa y la efeméride me decidieron a rescatar la historia de «Le Canard Enchaîné».

En 1915, el periodista Maurice Maréchal y del dibujante Henri-Paul Gassier optaron por blandir la risa contra el infierno de sangre y barro, de trincheras, que la guerra había abierto en Europa. Por eso fundaron «Le Canard Enchaîné», una revista satírica que comenzó a publicarse, periódicamente, en julio de 1916. Para entonces, el fervor patriótico con el que se había inaugurado la contienda se había trocado en desesperación: ese año, unos 300.000 seres humanos iban a morir en la batalla de Verdún, al norte de Francia. La prensa de la época, asfixiada por la censura, alababa el esfuerzo bélico obviando cualquier crítica; la violencia era estilizada u omitida, pero no descrita en su suciedad; el enemigo, alemán o austro-húngaro, era deshumanizado. Para comprender ese horror, Louis-Ferdinand Céline, escritor de biografía, por ahorrar detalles, turbia, nos dejó su «Viaje al final de la noche»; la novela, publicada en 1932, es un valioso testimonio, crudo y de humor perturbante, de las experiencias de un joven en la Primera Guerra Mundial.

Algunos soldados capaces, por lo que yo había oído contar, experimentaban, al mezclarse en los combates, como embriaguez e incluso viva voluptuosidad. Por mi parte, en cuanto intentaba imaginar una voluptuosidad de ese orden tan especial, me ponía enfermo durante ocho días al menos. Me sentía tan incapaz de matar a alguien que, desde luego, más valía renunciar y acabar de una vez. No es que hubiera carecido de experiencia, habían hecho todo lo posible incluso para hacerme cogerle el gusto, pero no tenía ese don. Tal vez habría necesitado una iniciación más lenta.

El nacimiento de «Le Canard Enchaîné» llegó como un soplo de aire fresco en medio de ese clima de terror y desinformación. Maréchal y Gassier pretendían denunciar con su nueva revista el «lavado de cerebro» o la cobertura tergiversada sobre la guerra a la que se estaba sometiendo a la sociedad francesa. Emplear el humor contra los censores fue la estrategia por la que apostaron desde el primer número, donde explicaron, con ironía, su propósito (1):

Le Canard Enchaîné ha decidido romper deliberadamente con todas las tradiciones periodísticas establecidas hasta hoy. Por esa razón, este periódico quiere librar, en primer lugar, a sus lectores de una presentación.

En segundo lugar, Le Canard Enchaîné da la palabra de honor de no ceder, en ningún caso, a la deplorable manía de nuestro tiempo.

Basta decir que se compromete a no publicar, bajo ningún pretexto, un artículo estratégico, diplomático o económico, sea cual sea.

Su pequeño formato le prohíbe, además, formalmente, ese tipo de broma.

Por último, Le Canard Enchaîné se tomará la gran libertad de incluir, tras una minuciosa verificación, noticias rigurosamente inexactas.

Todo el mundo sabe, en efecto, que la prensa francesa, sin excepción, solo comunica a sus lectores, desde el principio de la guerra, noticias implacablemente ciertas.

Bien, ¡el público ya tiene bastantes!

El público quiere noticias falsas… para cambiar.

Las tendrá. 

Un referéndum

Barrès corona a Hervé, elegido Gran Jefe de la Tribu de los Lavadores de Cerebros, en una viñeta publicada en «Le Canard Enchaîné»

Tras salir al quiosco, en 1915, en cinco ocasiones, «Le Canard Enchaîné» detuvo su tirada hasta el verano de 1916. A finales de ese año, la revista retomó su afán por la tomadura de pelo, convocando un referéndum para elegir al «Gran Jefe de la Tribu de los Lavadores de Cerebros» o, lo que es lo mismo, al periodista más entusiasmado con la masacre causada por la guerra: «La cuestión es muy sencilla: ¿Cuál, en su opinión, entre los periodistas que acaparan atención cada día, merece, sin duda, el título de Gran Jefe?» (2). El resultado se conoció en 1917, cuando se anunció que Gustave Hervé, un militante de extrema izquierda seducido por la extrema derecha, antiguo jefe de Maréchal en el diario «La guerre sociale», había sido galardonado con esa distinción gracias a 5.653 votos. Sin embargo, la revista tuvo que enviar un mensaje de tranquilidad: «A aquellos de nuestros lectores que se sorprendan por no ver al señor Maurice Barrès llegar al primer puesto (…) les revelamos que una gran parte de los partidarios del señor Gustave Hervé parecían estar agradecidos al eminente Presidente de la Liga de los Patriotas por no haber esperado a la guerra para lavar el cerebro de sus amigos» (3). Barrès, escritor y agitador ultranacionalista, antisemita durante décadas, había sido apodado como «el ruiseñor de las carnicerías», debido a su amor por la violencia y la revancha, por el escritor pacifista Romain Rolland.

El final de la Primera Guerra Mundial no supuso la clausura de «Le Canard Enchaîné», que solo cesó su actividad durante la Ocupación nazi de Francia. Tras la Liberación, la revista se convirtió en una institución de la prensa francesa, vigilando con lupa cualquier atisbo de corrupción política. Entre los casos que desveló, quizá el más destacado fue el de los «diamantes», en 1979: Jean-Bédel Bokassa, un dictador acusado de canibalismo que se había autoproclamado emperador de África Central a base de parafernalia napoleónica, había regalado a Valéry Giscard d’Estaing, presidente de Francia desde 1974, unas cuantas de esas piedras preciosas en 1973. La repercusión que tuvo este escándalo es una de las causas que se suelen citar para explicar la victoria del socialista François Mitterrand en las elecciones presidenciales de abril-mayo de 1981. «A pesar del consejo de muchos de sus consejeros y cercanos», explica el historiador Mathias Bernard en su obra «Les ambitions déçues» (Armand Colin, 2014), «Giscard rechazó responder a los ataques, estimando que ese combate no era digno de él y que el tiempo haría justicia». En una entrevista concedida en el Palacio del Elíseo en noviembre de 1979, cuando fue preguntado por la polémica, recordó que era el primer Presidente de la República que no había «perseguido a ningún periódico» y afirmó que había que «dejar a las bajezas morir por su propio veneno». Esa actitud no solo fue considerada arrogante, sino también esquiva y culpable.

La revista satírica volvió a sacudir Francia solo dos años más tarde, tocando, en esa ocasión, uno de los aspectos más polémicos de su Historia. En mayo de 1981, «Le Canard Enchaîné» publicó unos documentos que demostraban que Maurice Papon, titular de cargos de tanta responsabilidad como el de prefecto de la Policía de París entre 1958 y 1967 y ministro de Presupuesto de Valéry Giscard d’Estaing, había participado en las deportaciones de judíos durante el periodo de la Ocupación nazi. Entre 1942 y 1944, Papon firmó documentos que autorizaban el traslado de 1.560 de ellos de Burdeos a Drancy, un campo de concentración a la afueras de París que casi siempre suponía la parada previa a Auschwitz. Años más tarde, fue juzgado por complicidad en crímenes contra la humanidad. En febrero del año pasado, «Le Canard Enchaîné» volvió a hacer de las suyas, dinamitando la candidatura de François Fillon a la Presidencia de Francia. La polémica causada por el «empleo ficticio» de su mujer, que recibió 900.000 euros por trabajar, en teoría, como asistente de su marido, se agravó luego con nuevas revelaciones, según las cuales los hijos del matrimonio ganaron sueldos propios de expertos abogados sin haber terminado Derecho.

 

Notas:

(1) Sin firma, «Coin! Coin! Coin!», Le Canard Enchaîné, 10 de septiembre de 1915.

(2) Henry de la Ville-D’Avray, «Les bourreurs de crâne auront un Chef!», Le Canard Enchaîné, 19 de noviembre de 1916.

(3) Sin firma, «Gustave Hervé est élu Grand Chef de la Tribu des Bourreurs de Crâne», Le Canard Enchaìné, 20 de junio de 1917.

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