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Blogs Los cuatrocientos golpes por Silvia Nieto

Ser niño en los 90

Ser niño en los 90
Silvia Nieto el

Sé que la primera canción que escuché con la conciencia de que disfrutaba de la música fue el «Wannabe» de las Spice Girls, que los «Power Rangers» salían en televisión y yo soñaba con ellos y que Brad Pitt era el novio de Jennifer Aniston, además del chico más guapo del mundo para mis hermanas, que se habían tragado «Leyendas de Pasión» unas cuantas veces. A ellas también las recuerdo en casa, en el salón, después de ver «Titanic» en el cine por segunda vez y llorando a lágrima viva. Secretamente, resolví que yo nunca vería esa película tan triste, promesa que he mantenido por cabezonería hasta el día de hoy.

La infancia de las personas que rozamos los 30 transcurrió con Ramón García presentando el «Grand Prix» y «Qué Apostamos» y con Bertín Osborne al frente de «Lluvia de Estrellas». Emilio Aragón hacía de médico y los amoríos de Kimi y Valle se vivían como un drama nacional de desenlace incierto, con adolescentes imitando sus andanzas y estilo. Los niños veíamos «Los Simpsons» sin entender nada. Jesús Gil era el presidente del Atlético de Madrid y sus jugadores llevaban la palabra Marbella en la camiseta. Espartaco vivía en Puerto Banús. Jesulín de Ubrique tenía un tigre y las mujeres le arrojaban sujetadores en las corridas de toros. Todo parecía envuelto en una alegría absurda, quizá por la despreocupación que concedía el desahogo económico. Una fiesta que solo interrumpía la noticia de un atentado de ETA.

Los recuerdos de los 90 están saturados como los colores de las cámaras de fotografía de entonces, que los modernos editores de imagen intentan imitar mediante filtros. Ese barniz recorre la memoria de mi antigua casa del pueblo. Las paredes estaban cubiertas por papel pintado, que a veces se despegaba y quedaba suspendido, igual que un regalo mal envuelto, y los baúles y los aperos de labranza seguían guardados en la cámara, donde daba miedo subir por la noche. El olor a yeso y humedad se respiraba en el recibidor y las baldosas, quebradas con grietas en forma de rayo, helaban los pies. En el salón, una luz dorada, tenue por el obstáculo de las cortinas del balcón, daba a la estancia una apariencia de sueño, grabada en mi memoria con afecto incalculable. Era allí donde jugaba o rogaba que me dejaran engrasar el reloj de cuerda, que siempre iba desacompasado con las campanas del Ayuntamiento. La butaca de mi abuela, la mesa que se compró para una boda fallida y un espejo acompañaban a un juego de sofás, acogedores como un nido. Una lámpara extrañísima, con figuras de caballos, completaba el mobiliario. Desde el sofá la esquina, sentada con las manos apoyadas en los reposabrazos y las piernas colgando, mi gato Calcetines se acercaba para recibir su ración de mimos y quedarse dormido en mis rodillas. Calcetines tenía las cuatro patas blancas, y por eso se llamaba así.

En los 90, las videoconsolas se convirtieron en las compañeras de los niños. Hasta que la adolescencia cambiara sus intereses y me pasara el testigo a mí, mi hermana jugaba a la Game Boy mientras yo miraba cómo lo hacía. El primer juego que me compraron fue Pokémon Pikachu. Los tazos se conviertieron en la moneda en curso en los colegios. Yo sufría en silencio porque me gustaba más «Digimon».  Otros dibujos y series eran «Rugrats», «Doraemon», «La banda del patio», «Pepper Ann», «Yo y el Mundo», «Cosas de Casa» o «El Príncipe de Bel Air».

Algunas de las canciones que todos nos sabemos son fruto de esa década. Por alguna razón que no alcanzo a comprender, recuerdo con nitidez la primera vez que escuché «19 días y 500 noches», de Joaquín Sabina. Fue durante una visita al nacimiento del Río Cuervo. El locutor anunció el tema desde la radio del coche. Mi mente infantil se preguntaría por un tiempo por qué el protagonista de la tonada tardaba más noches que días en olvidar a la chica que le gustaba, si por las noches se duerme y no hay tiempo para pensar. «El puente de San Blas», de Maná, no me resultaba menos perturbadora, con su historia de locura y abandono. Los Back Street Boys no me llamaban mucho la atención. En casa, preferíamos Los Rodríguez.

Observo últimamente que la nostalgia por los 90 se siente en las series, la moda o las redes sociales. Por ejemplo, en Instagram se abren cuentas con fotografías del famoseo de la época. Otras reproducen momentos llamativos de la televisión, como las ocurrencias de Lola Flores. «Paquita Salas» muestra en un episodio esos años, con los que media un abismo tecnológico. Supongo que a cada década le llega su turno para ser recordada. Para los que fuimos felices entonces, es una fortuna.

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