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Blogs Los cuatrocientos golpes por Silvia Nieto

Victor o la moral

Victor o la moral
Silvia Nieto el

Escribo rápido esta entrada, con el deseo de que quede registrada una impresión. Hace semanas vi «El pequeño salvaje», una película de François Truffaut estrenada en 1970. El filme, inspirado por un suceso real ocurrido a finales del siglo XVIII, cuenta la historia de Victor, un niño abandonado que ha crecido salvaje en un bosque, y al que un instructor, Jean Itard, interpretado por el propio director, intenta educar en su casa. Itard existió y recogió las impresiones de su convivencia con el chico en una memoria, un informe donde se pueden leer fragmentos tan hermosos como el que sigue, en el que describe la reacción de Victor ante una nevada:

   Una mañana que caía nieve en abundancia y estaba todavía acostado, emitió un grito de alegría despertándose, deja la cama, corre a la ventana, después a la puerta, va, viene con impaciencia de la una a la otra, se escapa medio vestido, y alcanza el jardín. Allí, haciendo explotar su alegría con los gritos más agudos, corre, da vueltas en la nieve, y, recogiéndola a puñados, se alimenta con una avidez increíble.

Creo que debo recordar que la preocupación de Truffaut por los niños que sufren se puede rastrear en muchas de sus películas, siendo un tema que tiene sus raíces en su infancia, marcada por la frialdad de su madre, el desapego y el abandono. Antoine de Baecque y Serge Toubiana lo cuentan muy bien en su biografía conjunta sobre el director, donde concluyen que su sensibilidad extrema y su desequilibrio son fruto de esas primeras vivencias. Dicho esto, lo que me ha empujado a escribir sobre la película es el deseo de comentar una de sus escenas más bonitas. Para Itard, la enseñanza no solo consiste en que Victor aprenda a leer o escribir, sino en que también adquiera otras cualidades de orden ético; por ejemplo, que es el motor moral, y no la mera necesidad, el que debe poner en marcha las acciones humanas. Con ese deseo, Itard hace un experimento y castiga a Victor después de que su pupilo realice bien una tarea. Su objetivo es descubrir si el chico es capaz de rebelarse contra una injusticia, aunque esa insumisión comprometa su bienestar. Los hechos ocurrieron de verdad, y se pueden leer así en la memoria del instructor:

Con indignación desmesurada, enrojecido por la cólera, se debatía en mis brazos con una violencia que hizo durante algunos minutos infructuosos mis esfuerzos; pero al final, sintiéndose dispuesto a doblegarse bajo la ley del más fuerte, recurrió al último medio posible; se lanzó sobre mi mano, y dejó la huella profunda de sus dientes. Cómo me habría resultado dulce, en ese momento, poder hacerme escuchar por mi alumno, y decirle hasta qué punto el dolor de su mordisco llenaba mi alma de satisfacción y compensaba todas mis penas. ¿Podía alegrarme débilmente? Era un acto de venganza legítima; era una prueba incontestable de que el sentimiento de lo justo y lo injusto, esta base eterna del orden social, ya no era rara en el corazón de mi alumno. Y dándole este sentimiento, o más bien provocando su desarrollo, acababa de elevar al hombre salvaje a toda la altura del hombre moral, por la más profunda de sus características y la más noble de sus atribuciones.

Es un fragmento maravilloso. Simplemente quería compartirlo, sin añadir nada más, y deseando un feliz martes a quienes hayan llegado hasta aquí.

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