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Blogs Los cuatrocientos golpes por Silvia Nieto

El viento sopla donde quiere

El viento sopla donde quiere
Silvia Nieto el

La vinculación del viento con la libertad no es infrecuente. El viento parece un elemento incontenible e imposible de encauzar, más etéreo que el agua, el fuego o la tierra, aunque dotado de una fuerza que se puede emplear en beneficio del ser humano. Parece que la Biblia ya lo anuncia, cuando leemos en el Evangelio de San Juan: «El viento sopla donde quiere, y oyes su sonido, pero no sabes de dónde viene ni adónde va» (Jn 3,8). La exégisis de las Escrituras nos dice que esa frase se refiere al libre albedrío, que Dios otorgó a los hombres para que obtuviesen la salvación a través de sus actos. La posibilidad del libre albedrío entraña una responsabilidad que no admite excusas y desafía los corsés de la circunstancia: siempre, por adversa que sea la situación que atravesamos, podemos hacer algo para rebelarnos y seguir adelante. Incluso el fracaso parece un desenlace menos amargo que el abandono de la dignidad o el abrazo del derrotismo.

Confieso que no soy una lectora habitual de la Biblia, pero sí una usuaria más o menos pesada en Filmin, donde hace un tiempo vi «Un condenado a muerte se ha escapado» (Robert Bresson, 1956), una película subtitulada con la frase Evangelio -«Le vent souffle où il veut»- que he mencionado más arriba. Bresson, que era católico jansenista, reflexionaba sobre sus inquietudes religiosas a través de una historia en principio no relacionada con la fe. El director francés nos contaba la aventura del teniente Fontaine, un dirigente de la Resistencia arrestado por la Gestapo y conducido al fuerte de Montluc, en Lyon, donde era torturado y finalmente encerrado en una celda, a la espera de un desenlace trágico ante un pelotón de fusilamiento. El filme estaba inspirado en el relato de André Dévigny, un combatiente contra el nazismo que había logrado evadirse de la cárcel gracias a su maña y a su inteligencia, y que había publicado a mediados de los cincuenta los recuerdos de su fuga. El año siguiente de su estreno, la película, que resultó un éxito, fue galardonada con la Palma de Oro en Cannes. Precisamente, fue en el festival cuando «Cahiers du cinéma», la revista de cine ligada a los grandes directores de la Nouvelle Vague, entrevistó a Bresson para tratar de desentrañar su método de trabajo. Sus preguntas han sido recogidas en «Bresson par Bresson: Entretiens (1943-1983)», publicado por Flammarion en 2013.

Recuerdo [contaba Bresson, sobre el libro de Dévigny] la lectura que hice de este relato: era un relato muy preciso, incluso técnico, de la evasión. Recuerdo esa lectura y me acuerdo que tuvo en mí el efecto de algo muy bello: estaba escrito en un tono extremadamente preciso, muy frío, e incluso la construcción del relato era muy hermosa. Había mucha grandeza. A la vez, había esa frialdad y esa simplicidad que hacen que sintamos que estamos ante la obra de un hombre que escribe con su corazón: es algo muy raro (…) Lo que usted llama misticismo debe de venir de eso que yo siento en una cárcel, es decir, como el subtítulo -el viento sopla donde quiere- señala, esas corrientes extraordinarias, la presencia de algo o de Alguien, llamadlo como queráis, que hace que haya una mano que lo dirija todo. Los prisioneros son muy sensibles a esa atmósfera curiosa que no es en absoluto una atmósfera dramática: se sitúa en un nivel mucho más alto. No hay un drama aparente en una prisión: se escucha fusilar a las personas, pero no se hacen muecas por eso. Es normal, eso forma parte de la vida de la cárcel. Todo el drama es interior.

La respuesta de Bresson sirve para desentrañar el tono en el que discurre la película. El protagonista, interpretado por François Leterrier, tiene un comportamiento poco expresivo, en el que apenas en algunas ocasiones se adivina el dolor que le carcome, que es el de un hombre que corre el riesgo de morir de un momento a otro. Sus fuerzas, desde que llega a la celda, se centran en pergeñar un plan de huida que le permita abandonar Montluc y reunirse de nuevo con la Resistencia. Para eso roba una cuchara, que afila con el suelo, y deshace los alambres del colchón, con el objetivo de abrir la puerta de madera del habitáculo donde ha sido recluido, fabricando además cuerdas con telas y ganchos. Fontaine se niega a postrarse ante el destino que sus carceleros le reservan. Su físico es endeble y sus gestos ágiles y silenciosos. Trepa, se asoma a la ventana de su celda y contempla el cielo. Esconde un lapicero para desafiar a los vigilantes, que amenazan con fusilar a todo el que tenga uno en su poder. Es el valor que adquieren los pequeños objetos en las situaciones extremas. El primer día que logra salir al pasillo, de madrugada, borra el castigo que se ha escrito con tiza en la puerta de uno de sus compañeros de presidio. A través de esos gestos insignificantes frente a un régimen totalitario, el individuo recupera su dignidad y recuerda que es libre. Durante una conversación, cuando un párroco les anima a la oración para ganar el favor divino, él reprocha que Dios solo ayudará si ellos ponen de su parte. De nuevo, en la entrevista en «Cahiers du Cinéma»:

-¿Por qué tenemos de todos los personajes una idea de sus antecedentes, de sus relaciones con el mundo exterior, salvo del personaje central, que no está vinculado con nada?

-No está vinculado a nada porque estamos con él. Lo que nos da esa impresión de estar con él, es quizá que, en el fondo, no sabemos de él más que él mismo.

En efecto, el espectador no sabe nada de Fontaine. Ni su origen, ni si alguien espera fuera. La identificación con el protagonista llega de que la película se centra en su percepción del encierro. Como finalmente no es asesinado, por ejemplo, no vemos un fusilamiento, aunque el director también nos exime de contemplar la tortura que sufre el resistente. Solo escuchamos. Del mismo modo sabemos de los pasos de los vigilantes que pasean por la cárcel. El maltrato, por tanto, no se percibe a través de la mirada. El director transmite el miedo mediante un mecanismo siniestro: sonidos fuera de plano. Así experimentamos el terror con la misma incertidumbre de los presos que esperan ser llamados.

«En la película de Bresson -leemos en la página de la Cineteca de Francia-, el deseo de evasión de Fontaine es ante todo un combate individual contra sí mismo, contra su miedo, sus dudas y su desánimo». El artículo es de Claude Naumann, profesor de la Universidad de Nancy.

Solo la aparición de Jost, un preso que se revela aliado, y la certidumbre de la pena de muerte, consiguen que Fontaine ponga en marcha su plan. Sin la presencia de un amigo, descubrimos luego, la fuga hubiera sido imposible.

La película de Bresson es excelente. «Hay mucha grandeza», sobre todo humana, como hubiera dicho él mismo.

Francia

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