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Blogs Los cuatrocientos golpes por Silvia Nieto

Sartre, el estudiante que hacía novatadas (según Raymond Aron)

Sartre, el estudiante que hacía novatadas (según Raymond Aron)
Silvia Nieto el

Leer las «Memorias» (Alianza Editorial, 1983) de Raymond Aron es una de las cosas más interesantes que estoy haciendo este año. No puedo ocultar mi simpatía hacia el filósofo, un aprecio que nace de las aristas de su carácter y de su biografía: en un texto anterior hablé sobre su contención, posible fruto de la educación recibida en la infancia. Ese rasgo, a mi juicio, permite intuir una sensibilidad honda; su carácter, al que se ha reprochado una supuesta frialdad, era en realidad mordaz, desencantado y amable, y, en ocasiones, colérico o depresivo. Aron conoció ese dolor mental, un sufrimiento impreso en su genes pero desencadenado por la muerte de Emmanuelle, su hija de seis años, por culpa de la leucemia. Para clarear esa «noche», trabajó incansable en «El opio de los intelectuales» (1955). En ese libro, su crítica al marxismo, tanto por su concepción de la Historia como por su encarnación política, le valió, durante décadas, cierta marginación. Eran los tiempos en los que Jean-Paul Sartre, su antiguo amigo y compañero de estudios, era el pope, el dictador de la moral, de la intelectuaildad francesa de la posguerra.  Como resumen, cabe recordar la frase atribuida al periodista Jean Daniel, aunque esté muy manida: «Es mejor estar equivocado con Sartre que tener razón con Raymond Aron».

Cuatro décadas después de su muerte, la prensa francesa sigue reflexionando sobre el enfrentamiento de los dos pensadores. El diario «Le Monde», recordando que Sartre practicaba el boxeo y Aron el tenis, resumió, con una observación astuta, su pelea: «El arte del cuerpo a cuerpo violento contra el de la estrategia de líneas» (1). Versión, en jerga deportiva, de lo que Aron consideró su esfuerzo por «someter la poesía ideológica a la prosa de la realidad», según afirmó en sus «Memorias». «El partido del siglo», como llamaba, en el titular de un artículo, «Le Figaro» a sus discordias (2). En el que me dispongo a escribir ahora buceo en las anécdotas de la juventud de ambos hombres, cuando, como estudiantes, frecuentaron la Escuela Normal Superior de París.

Brindis con smoking

Con sede en la rue d’Ulm, la Escuela Normal Superior es una de las instituciones educativas francesas de mayor lustre. Fundada durante la Revolución, en 1794, de sus aulas han salido varios Premios Nobel, como el propio Sartre, que lo ganó, aunque se negó a aceptarlo, en 1964. Allí fue donde Raymond Aron y él se conocieron en 1924. Los dos chicos tenían entonces 19 años, y, a pesar de las diferencias de su carácter, a las que luego se sumaron las ideológicas, lograron congeniar bien; una amistad que, en sus «Memorias», Aron recuerda con la mezcla de reproche, de enfado y de tristeza que deja caulquier vínculo querido, pero roto. Así, en el libro, su joven «coleguita» es descrito como un tipo de carácter fuerte, que mira por encima del hombro a sus compañeros, a los que hace novatadas «con rudeza», y convencido de que llegará lejos. Aunque Aron nunca duda ni del talento ni de la inteligencia del autor de «La náusea», sí se burla, quizá por el daño causado a sus inseguridades, de su soberbia. Durante una charla en el bulevar Saint-Germain, en el corazón del Barrio Latino, nos cuenta que Sartre «confesaba, sin vanidad, sin hipocresía, su idea de sí mismo, su genio…»:

Yo envidiaba su confianza en sí mismo (…) ¿Elevarse al nivel Hegel? Seguramente el ascenso no sería mi muy arduo ni muy prolongado. Más allá tal vez habría que trabajar duramente. Mi ambición —me decía— se expresa en dos imágenes: una es un joven de pantalón de franela blanca, con el cuello de la camisa abierto, que se desliza, felino, de grupo en grupo en una playa rodeado de muchachas en flor. La otra imagen es un escritor que levanta su copa respondiendo a un brindis de hombres de smoking en pie alrededor de una mesa.  

Su engreimiento, claro, podía tomarse a broma:

En Las Palabras, [Sartre] se presenta a sí mismo carente de padre (uno de mis amigos de la escuela añadió sonriendo: sin padre, nacido de una Virgen, y él mismo Logos).

Por lo demás, las conversaciones entre Sartre y Aron, que versaban sobre filosofía o sobre el psicoanálisis, también adquirían a veces un tono más prosaico, quizá la mejor prueba de la intimidad entre dos amigos:

¿Cómo habituarse a la propia fealdad? Sartre hablaba con frecuencia de su fealdad (y yo de la mía), pero en la práctica su fealdad desaparecía en cuanto hablaba (…) Por lo demás, pequeño, robusto, vigoroso, trepaba la cuerda, las piernas en escuadra, con una rapidez y una facilidad que despertaban el estupor de todos.

Aron aprobó el examen de agrégation, una prueba para acceder al profesorado en Francia, en 1928. Quedó el primero de su promoción. Sartre suspendió. Un fracaso que «no le afectó de ningún modo»; al año siguiente concurrió de nuevo, obteniendo una nota mejor que la de su amigo. A partir de entonces, sus caminos se empezaron a separar. Tras muchas dudas, Aron pasó una temporada en Alemania, que por entonces vivía los últimos días de la República de Weimar; allí conoció la obra del sociólogo Max Weber, clave para sus futuros trabajos, y leyó El Capital. También asistió al auge del nazismo. En una de las anécdotas más interesante de su «Memorias», describe cómo presenció la quema de libros censurados por el Tercer Reich junto a la Universidad Humboldt de Berlín. Lo hizo con Golo Mann, el historiador hijo del novelista Thomas Mann. Luego, la derrota de Francia frente a Hitler, en junio de 1940, le hizo exiliarse a Londres. Allí escribió en «La Francia Libre», una revista ligada a la Resistencia. Acabada la Segunda Guerra Mundial, y aunque crítico con los gaullistas, no pudo apoyar poses que consideraba estúpidas. Así se produjo el principio de su ruptura con Sartre:

Durante el gobierno de Ramadier, Sartre había obtenido un programa radiofónico; en él se dedicaba a charlar libremente con alguno de sus amigos. En una de sus primeras emisiones habló del general De Gaulle. Uno de sus interlocutores comparó detalladamente al general De Gaulle con Hitler («los párpados pesados», etc.). La comparación causó escándalo, desde luego. A la noche, se me invitó a encontrarme en el programa con J. P. Sartre y con sus opositores. Me hallé así en medio de gaullistas acalorados, Henri Torrès, el general de Bénouville, que bombardeaban a Sartre con violentos reproches más o menos insultantes. Permanecí silencioso, sin poder darle la razón a Sartre y menos aún unirme a sus «apostrofadores». Unas semanas más tarde, me enteré de que Sartre no me perdonaba mi «silencio» mientras él se encontraba solo en medio de sus enemigos. 

Y aunque Aron intentó arreglarlo, el lazo entre ambos se perdió definitivamente:

Cuando me enteré de que habíamos «roto», subí un día a verle con Marnès Sperber y traté de justificar mi actitud y sobre todo de restarle importancia al episodio. Aceptó no de demasiada buena gana mis explicaciones. «De acuerdo, comeremos juntos un día de estos», fue la conclusión ritual de la conversación. No hubo comida. 

En «Pasado imperfecto» (Taurus, 2007), el fallecido historiador Tony Judt detalla las posturas que los intelectuales franceses adoptaron frente al estalinismo terminada la guerra. Entre ellas destaca la minoritaria, la del simple rechazo, que fue la enarbolada por Aron «y muy pocos más»: «Entrañaba la negativa de que hubiera ninguna credibilidad en las afirmaciones del comunismo, ya fuera como encarnación y garante de los intereses de la clase obrera, ya fuera como vehículo del progreso y de la perfección humana en la historia». Por su parte, Sartre, en esa época, consideraba «un grave error pronunciarse en contra de las injusticias cometidas por un Estado comunista, pues sería lo mismo que proporcionar munición a quien deseara usarla en contra de la causa del proletariado».  Los dos amigos tomaron, pues, caminos irreconciliables. Durante las revueltas estudiantiles de Mayo del 68, por ejemplo, Sartre se puso del lado del alumnado levantisco; Aron fue incapaz de empatizar con ellos, calificando el movimiento de «psicodrama» a la francesa. Solo el filósofo André Glucksmann, en un encuentro memorable, logró reunirlos: fue en junio de 1979, cuando ambos accedieron a pedir al entonces presidente de la República, Giscard d’Estaing, solidaridad hacia las oleadas de seres humanos que huían de Vietnam.

 

Notas:

(1) Marion Van Renterghem, «Raymond Aron, l’émotion continue», Le Monde, 12 de marzo de 2005.

(2) Paul-François Paoli, «Jean-Paul Sartre/Raymond Aron: Le match du siècle», Le Figaro, 4 de agosto de 2017.

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