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Blogs Tareas pendientes por Maria C. Orellana

La bella Fathma

Maria C. Orellana el

En estos días convulsos en los que el terrorismo islamista ha golpeado de nuevo a occidente, me pregunto cómo los países musulmanes han dejado crecer este monstruo en sus entrañas, este alien que les devora por dentro y que de repente sale al exterior para invadir a otros lugares, sediento de sangre.

Conmocionada por las noticias que se suceden sin cesar sobre los atentados de París, apago el televisor para hojear un curioso libro que encontré hace años en una de las escasas librerías de Argel. El libro, Costumes d’Algérie (Leyla Belkaïd, Ed. Rais 2003) repasa la vestimenta tradicional de las mujeres argelinas desde finales del siglo XIX.

Más de un centenar de fotos muestran en blanco y negro a jóvenes del campo sonrientes en sus modestos atavíos, elegantes chicas a la moda de Orán o Argel, mujeres descalzas recostadas en lujosos canapés bordados, o solemnes novias adornadas con suntuosas joyas. Aparecen también algunas mujeres con el cuerpo totalmente cubierto, envuelto en gasas blancas, como fantasmas a los que se concede la gracia de descubrir un único ojo.

Reparo especialmente en una chica esbelta con rostro sereno, que posa desenfadada en varias fotografías vestida con ricos trajes de ciudad: corpiños ceñidos, enormes bombachos, medias de seda con zapatos de medio tacón, delicados velos, larguísimos collares y una característica diadema de piedras que penden sobre su frente. Estudio con interés cada detalle de las fotografías y en una de ellas descubro una pequeña inscripción grabada al pie que reza junto al nombre del fotógrafo: LA BELLE FATHMA.

Tecleo en google para encontrar más información sobre esta argelina que destaca entre todas las jóvenes del libro por su belleza y su mirada dulce. Me alegra encontrar más imágenes de Fathma, fotos tomadas entre 1890 y 1905 que la muestran apoyada en el alféizar de la ventana de su casa, sentada entre suntuosos cojines y alfombras, o posando erguida como en el libro, siempre elegante con su característica diadema. Pero no puedo averiguar nada sobre ella: si era una dama de sociedad, una bailarina, o simplemente una modelo de postales.

  

 

Desmoralizada, abandono la investigación para volver a la realidad, pensando qué sería hoy de Fathma si supiera de los millones de mujeres obligadas a vestir polvorientos burkas o tupidos velos negros, de estos jóvenes musulmanes inmolándose en París en nombre del Estado Islámico, de tantos países condenados a morir y a matar por sus creencias distorsionadas.

Y puedo adivinar las lágrimas deslizándose por su bello rostro.

 

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