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Salinas contra el malestar

Salinas contra el malestar
Santiago Isla el

 

En mi vida hay unos pocos hechos, unas obras, unas palabras, unas píldoras contra el malestar a las que puedo recurrir siempre para reconfortarme de alguna forma. Con la mayoría guardo una relación íntima, antigua, muchas veces forjada en la adolescencia: es curioso como el paso del tiempo configura una mitología que, cuando se vuelve a ella, se derrumba por su propio peso. Sin embargo, hay un número reducido de cosas que aguantan, y acaso se agigantan.

 

Me pasa con La voz a ti debida, de Salinas. Es el mejor poemario que he leído en mi vida. Lo digo de verdad. Lo conozco tanto que es como si lo hubiera escrito yo. Ojalá. Lo descubrí en un libro de Lengua, en bachillerato. Luego me enteré de que, cuando mi abuelo se quedaba sin inspiración, metía versos del libro en las cartas que le mandaba a mi abuela.

 

Cuántas veces habré recitado, pretendiendo ser distinto, aquello de “lo que eres me distrae de lo que dices, lanzas palabras al vuelo…”. Ninguna chica lo entendió jamás. Nunca lo probé con estudiantes de literatura: ellas me habrían respondido con otro poema, y como musa soy muy torpe.

 

Lo he regalado, lo he regalado con intenciones amorosas… Pretendiendo que Salinas hablase por mí, como cuando mandaba canciones de los Beatles a diestro y siniestro en la ESO. Al final, por mucho que Salinas fuera el mensajero, el mensaje seguía siendo yo.

 

En medio de alguna de esas crisis periódicas –hijas de mis problemas del primer mundo–, nada como leer a Salinas, que me recuerde la inocencia del amor, la ilusión, todo aquello que no existe cuando uno ni duerme ni deja de dormir, cuando se está en esa vigilia desconcertante que representa el futuro a mi edad. La transición entre la pura potencia y la madurez, el paso imposible. Por eso recurro a la cara caliente y sonrojada de los dieciséis, vía Salinas, y le voy podando las ramitas al destino.

 

Abro el libro. Tras esta melancolía con red, se va suavizando la vida. Poco a poco pierdo el gesto serio de niño perdido. Quién sabe, quizás, después de la lectura, hasta se me ablande un poco la patata. Puede que acabe sentado en el sofá con la respiración agitada, pensando en alguien. Y repitiendo, como él, eso de

 

Qué alegría vivir,

sintiéndose vivido…

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