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Blogs Puentes de Palabras por José Manuel Otero Lastres

Los azotacalles catalanes siguen a quien los libera de pensar

José Manuel Otero Lastres el

Me van a permitir que reproduzca al comienzo de esta reflexión las siguientes palabras de Stefan Zweig en “Castellio contra Calvino”.

El Gran Inquisidor de Dostoievski demuestra –dice Zweig- con cruel dialéctica que, en el fondo, la mayoría de los hombres teme la propia libertad y que, de hecho, ante la agotadora variedad de los problemas, ante la complejidad y responsabilidad de la vida, la gran masa ansía la mecanización del mundo a través de un orden terminante, definitivo y válido para todos, que les libre de tener que pensar. Esa nostalgia mesiánica por una existencia libre de problemas constituye el verdadero fermento que allana el camino a todos los profetas sociales y religiosos”.

Añade este genial escritor que cualquier redentor que brinde a la masa una nueva ilusión de “unidad y pureza” logra que sus seguidores muestren su disposición al sacrificio y al entusiasmo. Prosigue indicando que “cuanto más exija de ellos el heraldo de la promesa de turno, tanto más se entregarán a él”. Advierte de que “..fatalmente, estos idealistas y utopistas, justo después de su victoria, se revelan casi siempre como los peores traidores al espíritu, pues el poder desemboca en la omnipotencia, y la victoria, en el abuso de la misma”.

Y concluye: “Y, en lugar de conformarse con haber convencido de su delirio personal a tantos hombres, hasta el punto de estar alegremente dispuestos a vivir e incluso morir por él, todos estos conquistadores caen en la tentación de transformar la mayoría en totalidad y de querer obligar incluso a aquellos que no forman parte de ningún partido a compartir su dogma. No tienen suficiente con sus adeptos, con sus secuaces, con sus esclavos del alma, con los eternos colaboradores de colaboradores de cualquier movimiento. No. También quieren que los que son libres, los pocos independientes, les glorifiquen y sean sus vasallos…”.

No me siento incapaz de añadir nada. Estoy convencido de que son palabras que tienen que ser recibidas en silencio y que merecen una reflexión serena y pausada.

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