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Blogs Puentes de Palabras por José Manuel Otero Lastres

La edad de las miradas

José Manuel Otero Lastres el

“… desde que sentí esa tierna y suave mirada, quedé a tu merced. Después comprendí que esa mirada que atrae, que te envuelven te desnuda a la vez, esa mirada de seductor, era tu modo de mirar a todas las mujeres…” (Stefan Zweig “Carta de una desconocida”)

La vida humana se divide convencionalmente en cuatro períodos o edades: la infancia, la juventud, la adultez, y la senectud. Situados en la óptica del tiempo durante el que transcurre nuestra existencia, estas cuatro etapas son sucesivas y entre ellas no hay solución de continuidad, porque el abandono de una de ellas coincide exactamente con el ingreso en la siguiente. Además, son etapas que tienen carácter de permanencia, de estabilidad o inmutabilidad. Con esto se quiere decir que, desde que el ser humano comenzó a existir y a cumplir años, siempre ha habido personas, aunque distintas cada vez, comprendidas en esas franjas de edad.

Sin embargo, más que la bien conocida dimensión temporal de la edad, lo que ahora me interesa es averiguar cómo cabría caracterizar estas etapas en función de los rasgos principales que se dan en cada una de ellas y, sobre todo, de cómo van jugando en cada una de ellas las miradas amorosas hacia las personas del sexo opuesto, esas miradas a las que se refiere Stefan Zweig.

Con el riesgo de toda generalización -y más aún de la versión sintética inherente al artículo periodístico-, puede afirmarse que la infancia es la edad de la “inconsciencia”. Es una etapa vital en la que se actúa, por lo general, de manera irreflexiva, sin analizar detenidamente lo que decimos o hacemos. Es una época de plena irresponsabilidad, porque ni nos damos cuenta exacta del alcance de nuestras acciones, ni los demás tampoco nos la exigen. Tal vez por eso es por lo que suele considerarse que es la etapa más feliz de nuestra vida.

Aunque no se puede generalizar, lo cierto es que en los últimos momentos de esta etapa, cuando se está a punto de abandonar la niñez y se vislumbra la juventud, surgen las miradas de lo que Gabriel García Márquez llamó el “susto” del amor: empieza el intercambio de miradas que, aunque intentan ser disimuladas, emiten los primeros destellos de la atracción amorosa.

La juventud, que empieza en la pubertad y se extiende hasta los comienzos de la edad adulta, es la época de la “suficiencia”. Estamos tan llenos de fuerza, de energía, y de poderío físico, que derrochamos vitalidad. Por eso, es la etapa de los excesos, del desbordamiento de los sentimientos, que caminan en zigzag desde la inmensa alegría a la inconsolable tristeza, y vuelta a empezar. A pesar de ser un período de bastante inestabilidad, es la edad a la que desean volver la mayor parte de los que la han dejado atrás.

Esta etapa es la edad de oro de las miradas cargadas de pasión. Los sentimientos se destapan, abandonan el cofre cerrado de la vergüenza, y el descaro entra en un intenso desafío con todos aquellos que pululan a nuestro alrededor y nos atraen sexualmente. Es el momento en que se lanzan las miradas, se aguantan las que nos dirigen, se vencen las iniciales resistencias, y se entra de lleno en los flirteos.

La adultez, a la que se llega cuando el cuerpo alcanza su completo desarrollo, es la edad de la “expansión”. Es la época en la que maduran las cualidades que hemos ido cultivando y fructifican los esfuerzos desplegados hasta entonces. La plenitud que se alcanza en esta etapa permite soportar mejor que nunca los pesos que cada uno ha ido colgando sobre sus espaldas. En esta edad nos convertimos en una especie de árbol lleno de ramas que da cobijo a los que dependen de nosotros.

Y las miradas se serenan. Ya se ha elegido la pareja y lo mejor de nuestro yo se intercambia constantemente con el de ella. Y, aunque habrá unas parejas más duraderas que otras, las miradas hacia los otros, de haberlas, se vuelven furtivas, se lanzan a escondidas y con pocas esperanzas de ser algo más que un simple coqueteo.

El último período de nuestra vida, la senectud, es la edad de las “lamentaciones”. En ella, uno empieza a quejarse de todo: de los achaques, de la insensatez de la juventud, de las ocasiones perdidas, del tiempo que pasó, que, por supuesto, era mejor que el que se está viviendo. Es la época también en la que parece que nos alimentamos de intransigencia.

Es también la etapa de nuestra vida en la que han desaparecido por completo las miradas. Me refiero a las que miradas que ya solo son de ida y no tienen vuelta: ya no se está ni en el susto ni en el juego del amor apasionado, sino en la fase del amor sereno, en el que las miradas se intercambian con el ser con el que compartes los atardeceres de la vida.

En esta etapa, a la que cada vez llegan más personas, parece haber, sin embargo, una pequeña dosis de hipocresía, porque, a pesar de que todo parece estar tan mal, pocos son los que están dispuestos voluntariamente a pasar a la etapa siguiente.

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