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El amor enclaustrado: “Carta de una desconocida” de Stefan Zweig

José Manuel Otero Lastres el

Los que me hacen el honor de leer lo que escribo habrán advertido que hay dos autores a los que admiro y venero por encima de los demás: Stefan Zweig y Gabriel García Márquez. Eso es lo que explica que el pasado 15 de agosto de este año hubiese publicado en la Opinión de A Coruña un artículo titulado “Dos visiones literarias del amor dificultoso: Zweig y García Márquez”, en el que comentaba la distinta respuesta que se daba a aquel tipo de amor en las novelas “El viaje al pasado” del primero y “El amor en los tiempos del cólera” del segundo.

Hace unos días cayó en mis manos otra obra del escritor austríaco titulada “Carta a una desconocida” cuya lectura no solo me produjo un gran deleite, sino que hizo que me preguntara si, más allá de la ficción, es posible sentir un amor como el de la protagonista: ¿se puede amar tan locamente a alguien con el que jamás se ha hablado? ¿No tiene que ser necesariamente un amor idealmente mitificado?

Hay obras inmortales, debidas a la pluma de muy brillantes escritores, en las que se relatan amores correspondidos de tal intensidad que la fatalidad que el incontrolable azar desencadena sobre alguno de los amantes provoca el suicidio de ambos. Pero el inmenso amor que se relata en tales obras, de la que es un paradigma Romeo y Julieta, es sentido mutuamente por los dos enamorados, es un amor correspondido hasta que la tragedia se cierne sobre su vida.

Nada de esto sucede en el amor narrado en “Carta a una desconocida”.  En esta novela corta, Zweig se mete en la piel de una enamorada que queda prendada, desde la pubertad hasta su muerte, de un escritor que fue su vecino durante algún tiempo y nos ofrece una carta de amor que tiene pasajes maravillosos.

Como revela el título, el destinatario de la carta no conoce a la remitente, pero no solo porque ella oculta su nombre, sino porque, aunque se lo hubiera revelado, no caería en la cuenta de quién era la autora de la misiva: ni su nombre le diría nada.

El de la protagonistas es un amor que me atrevo a calificar como “enclaustrado”, porque permanece encerrado en el ser de su autora, sin salir en momento alguno al exterior. Pero podría llamarse también un amor opaco, porque la locamente enamorada nunca dejó que trasluciera. Tal vez por eso, porque jamás pudo manifestárselo al amado, devino un amor volcánico, encerrado a presión en el alma de la desconocida.

Cuando uno tiene en sus manos una obra de esta descomunal belleza literaria, siente una admiración sin límites por el enorme talento de su autor, y, por que no decirlo, hasta envidia sana. Y es que no solo hay que poder imaginar las escenas por las que transita el sentimiento gozoso del amor, entregado sin límites al amado, pero atormentado por ser totalmente ignorado por él, sino tener tal dominio del idioma que le permita al autor encontrar las palabras justas y bellas para narrarlas.

Si, como dijo W.H. Auden, “algunos libros son inmerecidamente olvidados; ninguno es inmerecidamente recordado”, la “Carta de una desconocida” del maestro Zweig posee méritos más que suficiente para ser perdurablemente recordada”.

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