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Podemos a fuego lento

Podemos a fuego lento
Marisa Gallero el

 

Cartas, vídeos, tuits, el falso beso de Judas, hasta la arenga de la abuela de Podemos queriendo poner orden, a estas Navidades no les hizo falta el pavo, se han trinchado entre ellos antes de que llegue la Asamblea de Vistalegre. Pablo Iglesias dejó el hacha de «Juego de Tronos», después de lanzar en Nochebuena el ataque de #IñigoAsíNo, grabando en pijama de cuadros un mensaje de unidad a fuego lento, agarrado a un tronco al que daban ganas de darle otro uso. Más que simular la misteriosa serie noventera de «Twin Peaks», producía vergüenza ajena.

No hizo falta domesticar nada. Podemos ha encontrado la horma de su zapato en su interior. No ha soportado ni dos meses de juego parlamentario. Sin elecciones a la vista, los adversarios son ellos mismos, en una guerra abierta ante los ojos atónitos de sus bases, que mueven la cabeza pensando que no se movilizaron para eso. El debate se centra exclusivamente en el liderazgo, más que en un proyecto. Si en un futuro pueden convertirse en alternativa de Gobierno o sólo revientan las calles.

«Si cae Pablo Iglesias, cae Podemos», advertía Juan Carlos Monedero. Más explícito fue Manuel Monereo, histórico dirigente de la fagocitada Izquierda Unida: «Los poderes económicos, financieros, quieren dividir a Podemos para acabar con Pablo, como lo hicieron con Pedro». Apuntando que son los medios quiénes están interviniendo, apostando a dividir, y señalando a Iñigo Errejón como el candidato de la oligarquía, del régimen, el culpable de todos los males.

La realidad es que Podemos no se rompe porque los medios radien minuto y resultado cada una de sus pataletas, ni porque muchos tomen partido por Errejón por parecer más moderado, «el ala izquierda de la restauración monárquica». Su división es estructural desde sus inicios, organizado gracias al tejido territorial de los anticapitalistas. Sin ellos, no se podía montar un partido de la nada, por mucho tirón mediático que tuviera Iglesias. Ese peaje hay que pagarlo y asumirlo. Lo que nació como un proyecto asambleario, donde se iban a dialogar todas las ideas con pluralidad, ahora le sobran todos los debates. Las voz y el ego del secretario general ha cerrado todos los círculos hasta convertirse en un sólo círculo concéntrico.

«El papel de Pablo no está en discusión», dice Errejón. Pero sí su liderazgo. Y da la clave sabiendo que su cabeza puede rodar, fiel a sus ideas políticas, señalando de paso a su ejecutor: «La maduración de Podemos como fuerza política está en que nadie sea imprescindible, y cuando digo nadie digo nadie».

 

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