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La insoportable levedad de ser Infanta

La insoportable levedad de ser Infanta
Marisa Gallero el

 

Unas horas más tarde que los Reyes, paseo por las salas que albergan las «Obras Maestras de Budapest» en el Museo Thyssen, imaginando a Felipe VI cuando se conocía la sentencia del caso Nóos delante de la «Magdalena penitente» de El Greco, símbolo de una pecadora afligida, pensando quizá en la obstinación de su hermana Cristina de Borbón, que no quiso renunciar a sus derechos dinásticos ni divorciarse del «demoniete» de Urdangarin. Con su recién estrenada absolución ya no tiene porqué arrepentirse.

Por mucho que la relegara en su investidura o le retirará el título de Duques de Palma, pesa aun más ser Infanta de España, provocando como el efecto del aleteo de una mariposa la abdicación de su padre y que la Monarquía estuviera entonces en el peor momento de popularidad desde la Transición. Para salvar definitivamente a la Corona, Iñaki Urdangarin debería entrar en prisión, más pronto que tarde.

A Cristina Federica no le valió solo con ser infanta. Su marido le tuvo que comprar un palacete en Pedralbes, el mejor barrio de Barcelona, por 7,5 millones de euros. Pura ostentación real. Con una hipoteca de más de 20.000 euros mensuales, que dejo las cuentas del matrimonio en números tan rojos, que si fuera cualquier otro ciudadano, el banco les hubiera puesto de patitas en la calle, sino comprueben el montante.

A pesar de la absolución, muy acorde a las palabras de Juan Carlos en su penúltimo discurso navideño de «la Justicia es igual para todos», la Infanta Cristina está condenada a título lucrativo, y sienta jurisprudencia para otras mujeres que también confiaron «plenamente» en sus maridos y estaban convencidas «de su inocencia». Cuando se firma enamorada, no cuenta.

Isabel Pantoja ya no se libra, pero como apunta el juez Castro decepcionado: «La ignorancia ha merecido crédito, como se puede dar a lo que dijeran Rosalía Iglesias y Ana Mato». Es lo que tiene la insoportable levedad de ser Infanta.

 

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