TodavÃa no ha comenzado oficialmente la campaña para el 26-J y ya estamos a vueltas. A vueltas de entrevistas donde los candidatos se muestran cercanos, de debates decisivos cuando los polÃticos no están a la altura de pactar ni formar Gobierno, y de caras a caras en los que no escuchamos nada que no sepamos. Todo con un sabor más rancio.
Sólo ocho meses de diferencia, han dejado atrás el ambiente cálido del bar del TÃo Cuco, donde vimos a Pablo Iglesias y Albert Rivera más afines que distantes, con el gélido y cortante reencuentro en un aséptico edificio de oficinas.
En medio, cuatro meses de negociaciones fallidas, de pactos del abrazo, de besos mediáticos, de erigirse vicepresidente con todo un gabinete en la sombra, de exigir renuncias, de absoluta impostura,
«No hay una segunda parte buena», afirmaba Jodi Évole, y la audiencia lo ratifico. Cerca de dos millones de espectadores optaron por no asistir a esta segunda vuelta, con más crispación por lo que intuyen que ganan o pierden.
Iglesias y Rivera se quitaron la máscara de la «nueva polÃtica», que acabarÃa con todos los errores y desfases del bipartidismo. Reproches, mucha Venezuela, el consabido veto a Mariano Rajoy o la eterna mano tendida a Pedro Sánchez, excepto cuando le hacÃa falta para la investidura. Cruces de palabras en tono agrio que nos revela que lo nuevo es igual de viejo y se nutre de la misma inquina.
Ya lo dice el CIS del mes de mayo, la mayorÃa de los españoles considera que la situación polÃtica está por los suelos, que los polÃticos no se preocupan de lo que piensa la gente y ningún dirigente obtiene el aprobado.
Estamos a vueltas de todo.
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