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Blogs French 75 por Salvador Sostres

Una vida regalada

Salvador Sostres el

He visto en HBO “Una vida regalada”, no toda la serie, ni siquiera la primera temporada completa, y dudo que acabe de verla porque cuando ya les he extraído el artículo, las cosas tienden a perder para mí cualquier interés que hubieran podido tener. Algunos dicen que esto me ocurre también con las personas, pero yo creo que sólo con algunas personas. En el fondo es de lo que trata el artículo y la serie no la menciono como recomendación sino porque me ha llevado a pensar en ello.

Va sobre una familia que vive gracias a que el padre se dedica a trabajar para un mafioso. Los niños lo tienen todo pero ven las costuras del fraude. La esposa lo sabe todo pero sólo le interesan sus saunas, su ropa y sus joyas. El padre a veces duda del sentido de su vida pero al final siempre se hace cargo de su familia aunque sea en el delito. Hace tiempo que empezó a hacer lo que hace y está cansado y se siente frustrado y no sé qué pensó cuando eligió vivir así. Tampoco sé qué pensó su mujer cuando se casó con él, ni qué esperaba, ni creo que ellos lo recuerden. A veces cuando veo porno pienso que aquella chica alguna vez estuvo en brazos de su padre, que tuvo para ella una ternura, y unas expectativas. Yo recuerdo perfectamente lo que quería y en gran medida lo he conseguido. De un modo extraño y hasta sorprendente en algunos detalles, pero me reconozco en mi vida, y reconozco al niño que ya muy pequeño la quería e hizo todo lo posible por conseguirla.

Esta noche me he puesto a mirar unos álbumes de fotografías de mi mujer. En uno viaja a México con sus amigas de la universidad, en 1997. En otro hay retratos familiares de todas sus edades. Se la ve muy hermosa, muy fina, como siempre ha sido, mucho más perfecta en su cuerpo y en su compostura que cualquiera de sus amigas. Me pregunto qué pensaba entonces, qué esperaba de la vida. Me pregunto cuáles eran sus planes, qué sensación tenía de lo que los años habían de depararle. Luego intento pensar en los años que hemos vivido juntos, en nuestra hija, en lo que hemos compartido, en lo que hemos aprendido el uno del otro, en el daño que nos hemos hecho, en lo que nos hemos reído. En el revoltillo de corazones y huesos en que tantas veces hemos sido uno, y yo diría que en cierto modo lo continuamos siendo, aunque a nuestra peculiar manera.

Me pregunto si alguna vez piensa en ello, en lo que esperaba y lo que ha tenido, y si lo piensa de un modo sincero, profundo, más allá de los chichones del tráfico diario. Me pregunto si todavía habla con la estudiante de la fotografía y qué se dicen. Yo siempre he tenido claro qué lugar ocupa en mi vida, qué lugar principalísimo e insustituíble, pero así como nunca me ha costado que mi hija supiera lo importante que es para su padre, no sé cómo se ve mi mujer conmigo, ni si le encuentra sentido, ni siquiera si todavía le importa que tenga alguno.

Un día en Disney, cuando aún no estábamos casados, era el verano de 2007, yo estaba muy contento de ver a Guillem, mi ahijado, que entonces tenía 12 años. Hacía un mes que no nos veíamos y tenía ganas de estar con él, de hablar con él, de abrazarlo, y de atracción en atracción íbamos un poco por delante del resto de la familia. Cuando bajamos a cenar a París, ya los dos solos, estuvo un buen rato casi sin hablarme y tuve que preguntárselo mucho para que al final me dijera que se había molestado porque mientras estaba con Guillem no me giraba para ver si ella venía. Y aunque yo siempre la he incluído y la incluyo en todo lo mío, creo que no sólo en Dinsey se ha sentido como que no me giraba para saber si venía.

Y es verdad que nunca me giro, pero no porque no me interese, ni porque lo de por hecho, ni porque la considere mi perrito, sino porque estoy seguro de que viene. Es mi modo de confiar en ella, y de confiar en mí porque está ella. De hecho, lo que más me dolió de la separación fue que me decepcionó. Realmente me hundió no poder seguir confiando ciegamente en ella, y tener que reprogramarme, y resituarla en un lugar aceptable de mi relato para poderla devolver al pedestal de donde le habría agradecido muchísimo que no se hubiera bajado, y por motivos tan frívolos y, sobre todo, tan arriesgados. Tal vez algunos lectores piensen que esta separación es la respuesta a las preguntas que sobre sus expectativas me hacía algunas líneas más arriba. Yo no lo creo. Por eso he escrito que me preguntaba si alguna vez había reflexionado más allá de los chichones del tráfico diario. Chichones. No recuento de cadáveres.

Vuelvo a mirar el álbum de sus fotografías. Con su cuerpo y con su mirada tan sexy, con su compostura y su finura podría haberse ido con quien hubiera querido y me quiso a mí. No sé si se arrepiente, no sé si en lo más hondo de su corazón piensa que ha sido un tiempo perdido y que le habría ido mejor de cualquier otro modo. Sé que hemos tenido una vida regalada, haciendo equilibrios pero sin robársela a nadie. Sé que todo lo que nos podía haber salido mal nos ha salido bien y yo diría que muy bien. Sé que lo que podía habernos salido bien nos ha salido mucho mejor. Sé que somos los padres de Maria y que aún nos reímos.

Pero ahora que estoy otra vez adelgazando, con mis pescaditos, mi Coca-Cola zero y mis yogures, y ese aire un poco patético que tenemos los hombres cuando reprimimos al cerdo que nos habita, y aún se nos nota más que somos unos cochinos morales, íntimos; me pregunto si no será legítimo que piense que se quedó a medio camino, con uno que en lugar de hacer malabares en un circo los hace con las palabras y vive de este modo tan, no sé cómo decirlo, mío, y que a mi hija le encanta, porque está tan cerca de mí que podría ser yo; pero que a una empresaria bellísima e inteligente, perfeccionista y con fortaleza suficiente para sobrevivir a cualquier tormenta, tal vez le parezcan deprimentes, lamentables las mejores flores que este pobre patán ha sabido regalarle.

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