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Blogs Los cuatrocientos golpes por Silvia Nieto

Sobre M. M., París y la Navidad

Sobre M. M., París y la Navidad
Silvia Nieto el

Cuando adoctrinas a alguien en tus obsesiones infantiles pueden pasar dos cosas: que te manden a paseo, algo que aún no descarto que ocurra, o que hagan lo que uno de mis sobrinos hizo ayer, esto es, regalarme un dibujo con una «momia» que parece un torero y una pirámide perdida en un desierto que habita en su imaginación. El detalle, la verdad, me recordó que hay ciertos temas irrenunciables para mí, intereses que me han hecho muy feliz y a los que vuelvo con el mismo candor que en mi niñez, aunque pueda resultar, lo que ya no me importa mucho, ridículo. Son los remansos de paz de nuestra cabeza, los sueños que la realidad no ha estropeado; conviven con las imágenes de la vida, que archivamos como recuerdos. En los buenos, me parece, nos apoyamos para seguir adelante.

Sé que este blog va sobre Francia, pero estamos en Navidad, y por eso me voy a conceder el regalo de escribir sobre los recuerdos de Mastroianni, que para mí es uno de esos «remansos de paz» a los que siempre volver. Hoy, en casa, he recuperado sus memorias; no me ha costado encontrarlas, porque mi madre coloca el libro, en la estantería, como si fuera un marco con un retrato familiar. Al principio, para encajarlo en el objetivo de este espacio, había pensado en hablar de su vida en París; fue en esa ciudad, que admiraba por su orden y su discreción frente a la locura de Roma, donde la estrella del cine italiano se apagó en diciembre de 1996. Hace años, buscando información sobre él, encontré el comentario de un tipo que afirmaba haberle visto por la rue de Buci. No sé si mentía, pero lo cierto es que su domicilio parisiense no estaba muy lejos de ese lugar. Excusándome con esta anécdota, voy al grano: a reproducir las imágenes que Marcello, a su 72 años, recogió en el primer capítulo de la obra más arriba citada. Me parece que es un ejercicio que todos deberíamos hacer. Feliz Navidad.

«Como un viejo elefante»

Recuerdo un gran níspero.

Recuerdo mi sorpresa y mi encanto mirando los rascacielos de Nueva York, desde la puesta de sol sobre Park Avenue.

Recuerdo esa sartén de aluminio sin manchas. Mi madre estaba friendo huevos.

Recuerdo la voz de Rabagliati que salía de un tocadiscos y que cantaba: «Y tic y tac – ¿qué es lo que suena?— es el reloj del corazón».

Recuerdo a Clark Gable muy joven, en blanco y negro, de espaldas: después se gira y sonríe. Un granuja irresistiblemente simpático. ¿Qué película era? Quizá New York Miami.

Recuerdo el taller de carpintería de mi abuelo y de mi padre. Mi abuelo reparaba una silla. Recuerdo el olor de la madera, ¡el olor de la madera!

Recuerdo los uniformes de los alemanes. Recuerdo a los refugiados.

Un día, recuerdo, soñé que vivía en un dirigible. O quizá era una astronave.

Me acuerdo de H.G. Wells, de Simenon, de Ray Bradbury.

Recuerdo las ilustraciones en color de Domenica del Corriere. Y también de Flash Gordon.

Recuerdo que Fellini me llamaba Snaporaz.

Recuerdo mi primer camping.

Recuerdo a Chejov: sobre todo al capitán Wassily, que hace «pío, pío, pío» en Las tres hermanas.

Recuerdo la primera vez que vi las montañas, y la nieve, y la emoción que sentí.

Recuerdo la música de Stardust. Era antes de la guerra. Bailaba con una chica que llevaba un vestido de flores.

Recuerdo los caballos en la vieja publicidad de la cerveza Peroni.

Recuerdo perfectamente el gusto y el olor de la sopa de garbanzos con guisantes. Y recuerdo que jugaba a la lotería la noche de Navidad.

Recuerdo el estruendo terrible de los Liberators, los aviones americanos del primer bombardeo sobre Roma.

Recuerdo la ligereza tan elegante de Fred Astaire.

Recuerdo el día que el primer hombre pisó el suelo de la luna a cámara lenta. Pero yo, ¿dónde estaba?

Recuerdo que vi mi primera película en Turín: Ben Hur, con Ramón Navarro. Tenía seis años.

Recuerdo París, cuando mi hija Chiara nació.

Recuerdo los suppli de arroz. Pero no podíamos comprarlos todos los días. Costaban 40 céntimos.

Recuerdo mi primer sombrero de hombre: era del modelo Saratoga.

Recuerdo las películas de Charlot.

Recuerdo a mi hermano Ruggero.

Recuerdo que Cicerón nació en el 106 antes de Cristo, 2.212 años antes que yo; pero a dos pasos de mí, en Arpino. Mi abuelo estaba orgulloso: «Vitam regit fortuna, non sapientia», me decía citando a nuestro conciudadano. Después suspiraba: «Sí, es la fortuna la que rige la vida, no la sabiduría».

Recuerdo una tarde de verano con el olor de la lluvia.

Recuerdo las aventuras de Ulises: «Musa, este hombre con el espíritu multiforme…».

Recuerdo a Cassius Clay en Nueva York, contra Frazier.

Recuerdo la bella cabeza blanca del arquitecto Ridolfi, mi profesor de dibujo arquitectónico.

Recuerdo los primeros dibujos de mi hija Bárbara.

Recuerdo mi proyecto de elevar el Tíber poniendo, por debajo, una carretera.

Recuerdo a Greta Garbo que mira mis zapatos y me dice: «Italian shoes?».

Recuerdo mi primer cigarrillo. Estaba hecho, recuerdo, con barba de maíz.

Recuerdo las manos de mi tío Umberto, manos fuertes como tenazas, manos de escultor.

Recuerdo el silencio que invadió el restaurante Chez Maxim’s cuando Gary Cooper apareció con un smoking blanco.

Recuerdo una pequeña estación, con el ruido de los trenes.

Recuerdo la máquina registradora del bar de la estación. La caja hacía: «¡Dring, dring! ¡Dring, dring! ¡Consumición!».

Recuerdo a Marilyn Monroe.

El primer coche que tuve, recuerdo, era un Topolino break.

No sé por qué me acuerdo de esta canción infantil idiota: «Oh cuántas chicas guapas, señora Doré, oh cuántas chicas guapas».

Recuerdo las luciérnagas. Ya no se ven.

Recuerdo la nieve sobre la Plaza Roja, en Moscú.

Recuerdo un sueño en el que alguien me dice que me lleve los recuerdos de la casa de mis padres.

Recuerdo un viaje en tren, durante la guerra: el tren entra en un túnel; la oscuridad es total. Entonces, en el silencio, una desconocida me besa en la boca.

Recuerdo a los kurdos unidos en un éxodo bíblico: recuerdo que no debo olvidar la violencia de tantas imágenes absurdamente violentas.

Recuerdo también la sensación de silencio y de luz en suspensión sobre la ciudad de Jerusalén, como un vapor místico.

Recuerdo mi primera noche de amor.

Recuerdo, sí, recuerdo…

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