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Blogs Bukubuku por Emilio de Miguel Calabia

Ya no se escribe este tipo de novelas

Emilio de Miguel Calabia el

Tal vez la novela católica más importante del siglo XX haya sido “Diario de un cura rural” de Georges Bernanos. Es la historia de un párroco rural, que se siente débil, que duda, que cree que es un fracaso como sacerdote, pero que sin embargo no cesa de buscar la gracia de Dios. El propio Bernanos describió la trama de su novela de la siguiente manera: “He decidido hacer el diario de un sacerdote joven a su llegada a una parroquia. Va a complicarse inútilmente, luchar como cuatro, hacer proyectos maravillosos, que naturalmente fracasarán, dejarse más o menos engañar por los imbéciles, los viciosos o los canallas, y entonces, cuando crea que todo está perdido, habrá servido al buen Dios en la misma medida en que creerá haberle servido mal. Su inocencia habrá triunfado sobre todo.”

« Diario de un cura rural » salió en 1938 e inmediatamente se convirtió en un gran éxito. Se vendieron millones de ejemplares y se le otorgó el Gran Premio de la Academia Francesa. La obra ha sido incluida entre las doce mejores novelas francesas de la primera mitad del siglo XX, al lado de “Un amor de Swann” de Proust y de “Los falsificadores de moneda” de Gide. El propio Malraux, que no era demasiado dado a los elogios, dijo del Diario: “Lo que aporta Bernanos es del orden de la sinfonía: alabanza furiosa de Dios, exorcización furiosa de un Mal inagotable (…) Bernanos intenta el poema del sacerdocio, es decir de lo sobrenatural…”

La novela está escrita en un francés muy hermoso. Logra transmitir las dudas, el sufrimiento del joven cura. No me extraña que en páginas católicas la recomienden vivamente. Lo merece. Y sin embargo, cuando la leí, me dejó un cierto sabor a rancio, la sensación de que era una novela que había envejecido mal en nuestra sociedad laica. Un católico que se tome su fe en serio le sacará mucho partido, pero ¿cuántos católicos así quedan en nuestra sociedad?

Lo primero que suena a anticuado en la novela es el medio social que describe, un medio social que ha desaparecido. En “El hijo del acordeonista” Bernardo Atxaga decía que el campo ha cambiado más entre 1960 y nuestros días que entre la época de Cristo y 1960. Creo que tiene razón. La sociedad campesina que aparece en el libro ya no existe, al menos en Europa. El cura ha dejado de ser el punto de referencia que era en la parroquia, al menos para muchos de los parroquianos, y la presencia de la aristocracia rural se ha esfumado.

También en el terreno de las ideas, mucho ha cambiado. Lo que en el siglo XIX, y también en el libro, se llamaba “la cuestión social” está muy presente: ¿por qué hay pobres? ¿cómo restablecer la justicia para que deje de haberlos? Un viejo sacerdote amigo del protagonista comenta: “La famosa encíclica de León XIII, Rerum Novarum (…) en su época, mi pequeño, hemos creído que la tierra temblaba bajo nuestros pies. ¡Qué entusiasmo! (…) Esta idea tan simple de que el trabajo no es una mercancía, sometida a la ley de la oferta y la demanda, que no se puede especular con los salarios, con la vida de las personas, como con el trigo, el azúcar o el café, eso revolucionaba las conciencias…”

La Rerum Novarum, efectivamente, fue un bombazo cuando se publicó en 1891. Por primera vez la Iglesia hablaba sobre los problemas sociales que habían acarreado la primera y la segunda revoluciones industriales. Pero oído hoy, el discurso del viejo cura suena obsoleto. El trabajo ES una mercancía sometida a la ley de la oferta y la demanda con el que se puede especular. La pobreza sigue siendo un problema, pero ahora la abordamos más como una cuestión macroeconómica que como una cuestión ético-moral. Simplemente, un Estado da mala imagen si su tasa de pobreza es demasiado elevada. Hay que hacer algo por reducirla, igual que hay que procurar que no suba la inflación. La macroeconomía no conoce de sentimientos ni moralidades, sólo de números.

Otro de los elementos de la novela que me parece obsoleto es la figura del Doctor Delbende, un personaje muy bien dibujado y que tiene un drama íntimo: ha perdido la fe y la desesperación que eso le causa, le acaba llevando al suicidio. “La verdad es que no encontraba consuelo de no creer ya. Había conservado costumbres extraordinarias, y, por ejemplo, sucedía que se ponía a interpelar a un crucifijo colgado en la pared de su cuarto. A veces sollozaba a sus pies, con la cabeza entre las manos, otras veces llegaba a desafiarlo, a mostrarle el puño.”

En nuestra sociedad ligera y líquida, nadie se hace un problema por no creer en Dios. El ateo decimonónico que después de muchas torturas internas llegaba a la conclusión de que Dios no existía, ha desaparecido. En su lugar tenemos al simpático agnóstico, al que le resulta indiferente que Dios exista o no. No se lo plantea, aunque tiende a pensar que no existe. Pero bueno, su existencia es un asunto menor comparado con la Champions.

También está la conversación dramática entre el cura y la condesa poco antes de que ella muera. “[La condesa dice] Razona usted como un hombre del pueblo. Cada familia tiene sus secretos. Si los expusiésemos en la ventana, ¿estaríamos por ello más adelantados? Tantas veces engañada, habría podido ser una esposa infiel. No hay nada en mi pasado de lo que me pueda sonrojar.- ¡Benditas sean las faltas que nos avergüenzan! ¡Pluguiera a Dios que se despreciase!- Curiosa moral.- No es la moral del mundo, efectivamente. Qué le importan a Dios el prestigio, la dignidad, la ciencia, si todo eso no es más que un sudario de seda sobre un cadáver podrido…” El diálogo es hermoso y profundo, pero suena a cartón piedra. Ciertamente este tipo de diálogos recargados eran habituales en la novela de hace ochenta años, pero hoy que buscamos diálogos más próximos al natural, suenan impostados. Pero no es sólo el estilo de este diálogo lo que me parece anticuado. También el contenido. Creo que nos hemos vuelto demasiado superficiales como para seguir los razonamientos que tienen el cura y la condesa.

Acercándose al final de la novela, el cura tiene un gran debate con un joven militar que añora la Baja Edad Media, cuando la espada y el altar iban juntos defendiendo la Cristiandad y el soldado era un soldado cristiano, un caballero andante. La conversación, que ocupa varias páginas, hoy suena a muy rancia y me pregunto si no sonaría igual hace ochenta años.

“Nuestras razas tenían la caballería en la sangre, la Iglesia no tenía más que bendecirla. Soldados, nada más que soldados, he ahí lo que fueron. El mundo no ha conocido a otros como ellos. Protectores de la Ciudad, no eran sus servidores. Se trataban de igual a igual con ella. (…) Ya no hay, ya no hará nunca cristiandad (…) porque ya no ha soldados. Sin soldados no hay cristiandad (…) Ya no habrá tampoco reinado temporal de Cristo, ha acabado. La esperanza ha muerto con nosotros [los soldados, quiere decir] (…) El último soldado verdadero murió el 30 de mayo de 1431 y sois vosotros los que lo habéis matado ¡vosotros! [se refiere a Santa Juana de Arco, a la que un tribunal eclesiástico condenó por herejía a morir en la hoguera]…”

No me resisto a poner algún fragmento más de la diatriba del militar que, leída en 2019, suena, cuando menos peculiar: “… [los sacerdotes] Nos habéis entregado al Estado. El Estado que nos arma, nos viste y nos alimenta, se hace cargo también de nuestra conciencia. Prohibido juzgar, prohibido incluso comprender. Y vuestros teólogos lo aprueban como justo. Nos conceden, con una mueca, el permiso de matar, de matar donde quiera que sea, como quiera que sea, de matar por órdenes, como el verdugo. Defensores del suelo, reprimimos también los motines y, cuando el motín ha vencido, le servimos a su vez…” Realmente yo diría que esta parte de la novela es la que peor ha envejecido.

Más adelante, va a la consulta del doctor y termina con un debate teológico con el médico morfinómano, que desprecia a los sacerdotes y la oración, pero admira la morfina y sus efectos. Entiendo que Bernanos necesitaba estos debates para expresar sus ideas y confrontarlas con las de sus rivales. Es lo que tienen las novelas de tesis. Lo que pasa es que sus diálogos suelen ser tan forzados, que sobrellevan muy mal el paso del tiempo.

En resumen. Una novela muy hermosa, pero a la vez difícil de leer. En muchos momentos las tesis se comen a lo narrativo y hay partes de ella que han envejecido muy mal. Aun así merece la pena leerla.

 

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