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Blogs Bukubuku por Emilio de Miguel Calabia

Pensamiento político budista en Myanmar

Emilio de Miguel Calabia el

Lo siento. No se me ha ocurrido ningún título más sexy para esta entrada. Asumo que con ese título conseguiré como mucho tres lectores y uno será mi madre¸ que siempre entra para asegurarse de que no escribo nada soez o inconveniente.

El budismo pasa por ser una religión tan centrada en la meditación, el análisis de la mente y el estudio del vacío, que se da por supuesto que carece de pensamiento social o político. En parte esa idea tiene su razón de ser. A diferencia de Jesucristo o de Mahoma, Buda no se interesó por los asuntos políticos, ni aspiró a que sus enseñanzas cambiasen la sociedad. Pero esto no significa que quienes le sucedieron no hayan reflexionado sobre la política y la sociedad.

Matthew J. Walton en “Buddhism, Politics and Political Thought in Myanmar” expone un tema muy poco estudiado en Occidente: el pensamiento político budista en Myanmar. Es un libro breve (200 páginas), pero con muchísimo contenido.

El libro comienza explicando unos cuantos conceptos clave para entender lo que viene a continuación. El punto de partida es que la existencia es insatisfactoria (dukkha), impermanente (anicca) y carente de un yo (anatta). Aquí Walton prefiere definir “anatta” de una forma inhabitual, que yo nunca había visto: está fuera de nuestro control. No obstante, vivimos en un universo moral, donde la intención con la que hacemos las cosas tiene consecuencias. Es el famoso karma (“kan”en birmano). Esto implica la necesidad de que nos comportemos de una manera moral. En un nivel básico, ese comportamiento moral podemos concretarlo en controlar nuestras acciones y disciplinar nuestras palabras. El karma puede ser un poderoso elemento de control social: no se puede cuestionar al superior; está ahí porque el mérito (“hpoun” en birmano) que acumuló en vidas pasadas es mayor que el tuyo. Pero el karma también trae un elemento de libertad y responsabilidad. Acaso yo esté aquí ahora como consecuencia de mi karma pasado, pero trabajando en el presente, configuro mi karma futuro. En el trabajo sobre el karma influyen dos elementos: la sabiduría (“nyan”) y el esfuerzo (“wiriya”). La sabiduría, que implica también el conocimiento de las verdades del budismo, lleva a la recta acción y al recto punto de vista. “Wiriya” es la motivación que nos lleva a querer aumentar nuestra sabiduría y a obrar correctamente.

El budismo birmano, como todas las demás ramas del budismo, distingue dos perspectivas de la realidad, la mundana (“lawki”) y la supramundana (“lawkouttara”). No son realidades distintas, sino distintas maneras de percibir la realidad: la visión mundana percibe el mundo de las apariencias como si fuera real, mientras que la visión supramundana lo ve tal cual es, marcado por dukkha, anicca y anatta. Cada esfera tiene sus propias normas. Las normas a seguir en la esfera mundana, ayudarán a conseguir riqueza y poder, pero no sirven para el progreso espiritual, y viceversa.

Parecería que el mundo moral y político de los birmanos fuera tan diferente del nuestro, que no hubiera ni punto de comparación. Pues no, tenemos más en común de lo que parece. También los birmanos tienen su versión de Hobbes y de la necesidad de un contrato social. La fuente es el “Aggañña Sutta”. El “Aggañña Sutta” cuenta que los hombres en un principio vivían en un estado de bienaventuranza. La codicia lleva a que uno de ellos pruebe la esencia terrenal que existía en las aguas que lo cubrían todo. Otros le imitan y el consumo de esa esencia hace que vayan volviéndose más materiales y menos espirituales y que comiencen a distinguir lo bello de lo feo. Sólo falta que aparezca una mujer comiéndose una manzana y ya podríamos ir preparando una denuncia por plagio.

Por efecto de la codicia, los hombres se van materializando, el mundo se va volviendo más hostil y el desorden va creciendo. Aparece la idea de propiedad y con ella el robo (¿seguro que Engels nunca leyó este sutta?), al que siguen las denuncias, las mentiras y los castigos. Los hombres se dan cuenta del estado desordenado en el que viven y de que necesitan un líder. Escogen al más carismático para que imparta justicia y administre los castigos a cambio de porciones de arroz de los miembros de la comunidad. El “Mahasammata” (“elegido por el pueblo”) tiene además la misión de servir de ejemplo moral a la comunidad.

Esto no deja de ser una manera imperfecta para resolver el caos social. La verdadera solución la encontrarán quienes rechacen los afanes mundanos, se retiren a vivir una vida de ascetismo y aspiren a la esfera supramundana. Es decir, la solución verdadera, definitiva y superior al problema del caos social es la vida del monje. De alguna manera quedará la idea de que el monje moralmente está por encima del rey. No obstante, en la práctica la superioridad simbólica del monje se traducirá, por ejemplo, en actos de ofrendas hechos por el rey, pero no habrá una intervención activa de los monjes en política, por ejemplo, amonestando al rey por sus acciones.

Lo importante no es lo que digan los textos, sino cómo se interpreten. El “Aggañña Sutta” habría dado para una interpretación liberal y democrática, pero no fue esa la vía que escogieron los autores birmanos. En general lo que más les interesó fue la figura en sí del Mahasammata y las expectativas morales que la sociedad podía tener sobre él. En 1878, con el soplo del colonialismo británico en la nuca, U Hpo Hlaing, un ministro, hizo una lectura del “Aggañña Sutta” que a un occidental ya le habría parecido más familiar. U Hpo Hlaing hace la lectura clásica de que el Mahasammata debe ser un modelo de conducta moral; si lo es, sus virtudes quedarán reflejadas en la manera de funcionar la sociedad. Lo novedoso de la lectura de U Hpo Hlaing es la relevancia que da al consenso inicial por el que la sociedad elige al Mahasammata. Aquí estamos a un paso del contrato social y ese paso lo darían posteriormente el padre de la independencia, Aung San, y su hija, Aung San Suu Kyi.

Otro texto clave para el pensamiento político birmano es el “Cakkavatti Sutta”. La lección del sutta es que la conducta moral del rey influye en la prosperidad del reino. Un buen rey creará condiciones propicias a que la población siga el Dhamma (la ley búdica) y uno malo, generará las condiciones para que prolifere el bandidaje. Tras la traumática caída de la monarquía en 1885, los autores birmanos reforzaron el mensaje: no sólo la moralidad del rey cuenta; también influye la de sus súbditos.

Los autores birmanos extrajeron las siguientes lecciones de este sutta: 1) El rey debe administrar el reino conforme al Dhamma; 2) La conducta moral del rey sirve de ejemplo a los súbditos e influye sobre la prosperidad del reino; 3) Las acciones de los súbditos también influyen sobre el devenir de la sociedad. Un ejemplo de cómo esta concepción influía en el ejercicio del poder, la tenemos en el penúltimo rey birmano, Mindon. A Mindon le tocó reinar sobre un reino debilitado y con la espada de Damocles del imperialismo británico al otro lado de la frontera. Mindon dedicó una buena parte de sus energías a la meditación y a la lectura de textos religiosos budistas. Posiblemente esperase de esta manera convertirse en un rey auténticamente moral y en que su ejemplo contribuyese a la prosperidad del reino. Al mismo tiempo, fue un modernizador que creó una flotilla de vapores para comerciar con los británicos, fundó un cuerpo de policía e introdujo los salarios para la burocracia, entre otras muchas cosas. Ser un rey moral budista y un rey modernizador a la occidental simultáneamente, nunca fue un problema para él.

La caída de la monarquía en 1885 fue un shock para los birmanos. La interpretación más extendida fue que se había debido a las carencias morales tanto del gobernante como de los gobernados. Así, en un primer momento, una vez pasado el shock inicial, la resistencia colonial se centró en la revitalización del budismo birmano para fomentar la conducta moral del pueblo. Más tarde ya se desarrollaría el nacionalismo de cuño occidental.

Y siento que aquí debo dejar la entrada, porque si la alargo más perderé al lector que me queda. Al otro que entró asumo que lo perdí en la primera página. Bueno, incluso si he perdido a ambos, siempre me quedará mi madre.

 

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