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Blogs Bukubuku por Emilio de Miguel Calabia

Ulises no volvió a Ítaca (1)

Emilio de Miguel Calabia el

Al amanecer estábamos todos en el muelle menos Ulises. El día se había levantado ventoso y oscuro como un mal presagio. Como era el mayor, me enviaron a que buscara al capitán. Todos sabíamos que estaría entre los brazos de Circe, holgando como si no hubiera mañana, como si en casa no llevaran siete años esperándonos.

La mansión de Circe estaba en un altozano que dominaba el puerto. Se llegaba por unos escalones de piedra desbastada. 237 exactamente. Lo sé porque los fui contando mientras subía a todo correr. Lo de contar es una manía que me quedó de la Guerra de Troya, que me encargaron que al final de cada día contase a los muertos, para saber cuántas raciones nos ahorraríamos al día siguiente. De Troya volví con manías, con un meñique menos y detestando los caballos de madera, que un día y una noche pasados con otros doscientos hombres en silencio, sin comer ni beber y meándose encima no se olvidan fácil. Ah, sí, y también volví con una tendencia a las digresiones, a convertirme en un torrente de palabras, porque sé que no soy ni Agamenón, ni Menelao, ni Aquiles, ni Ulises y a mí no habrá ningún aeda que me cante cuando muera. Todo me lo tengo que decir yo.

Llegué ante la casa y antes de que hubiera golpeado la aldaba, una dama me abrió la puerta y sin que yo le dijera nada, me llevó por los pasillos de la casa. Suelos de mármol y paredes pintadas con motivos de peces y tritones. Ya para completar, hubieran podido pintar a los compañeros que perdimos desde que salimos de Troya, que en cada singladura nos hemos dejado a dos o tres, como si los dioses quisiesen que les dejáramos un tributo de carne por cada trayecto surcado.

La dama me dejó ante una puerta de madera de roble. Golpeé, suave primero, con más fuerza después. Al cabo, me respondió la voz aguardentosa de Ulises. “Ya va, ya va”. Entreabrió la puerta, llevaba una sábana mal anudada a la cintura, al fondo, sobre la cama entreví el bulto de Circe.

– Capitán. El barco va a zarpar. Todo está listo. Sólo falta usted.

– No contéis conmigo. No vuelvo. Me quedo aquí.- Hizo un gesto con la cabeza como para decir que me hiciese cargo, que prefería el lecho caliente de Circe y su mansión de suelos de mármol a seguir buscando una Ítaca de la que cada vez se acordaba menos.

– Pero…

– Me quedo.

Sé reconocer cuando los hombres se plantan y dejan de oír los consejos, las admoniciones y hasta las amenazas. No insistí. Empecé a girarme y entonces oí la voz de Ulises.

– No le cuentes a Penélope lo de Circe…

Ya había dado la espalda a la puerta e iba a retrazar mi camino, cuando me volvió a llegar la voz de Ulises.

-… o mejor, cuéntaselo, tiene derecho a saber porqué no regreso…

Ya iba andando por el pasillo, cuando aún me alcanzó la voz de Ulises por tercera vez.

– No mejor no le digas nada, que no sufra… o sí, díselo después de todo… Mira, haz lo que quieras.

Esta vez ya no me llegaron más llamados de Ulises. Salí de la casa y bajé corriendo los 237 escalones.

Los compañeros no se sorprendieron cuando se lo conté. Lo habían visto venir, que el capitán estaba tan encoñado con esa hechicera que había perdido interés por seguir cómo calafateaban el barco y lo aprestaban para el viaje. Las últimas semanas no había salido del refugio que se había hecho entre los brazos de Circe, que debía de ser cómodo como un útero materno. Muchos de los compañeros lo maldijeron, pero yo lo entendí. Desde que empezó lo de Troya, las únicas mujeres con las que había estado era con prostitutas que a cambio de unas monedas, me dejaban reposar unos minutos sobre sus pechos ajados, que olían a sudor y a aguardiente y a miles de griegos, que iban y volvían de la guerra de Troya, que ellas habían conocido más regimientos que muchos capitanes. Yo también hubiera querido que una mujer me abrazase y me construyese con sus brazos un refugio cálido en el que olvidar al cadáver de Patroclo y al cuerpo desfigurado y frío de Héctor, y a las mujeres que violamos y degollamos la noche del caballo de madera y a los lotófagos y a los cíclopes… Ulises también era humano y quería olvidar y estaba harto de pechos mercenarios.

No hablaré de las singladuras que siguieron, que hay por ahí un tal Homero que parece que ya las puso por escrito y aunque todo no fue como lo contó, se parece bastante y no denunciaré que la parte de que Ulises regresó a Ítaca es toda inventada, porque a la gente le gustan la monogamia, sobre todo cuando les atañe a otros, y los finales felices.

Sí que diré que todos mis compañeros perecieron en unos u otros lances. Resulta irónico. Todos tenían esposas e hijos que les esperaban y estaban como locos por volverlos a ver. Yo, que no tenía ni esposa ni hijos y que tanto me daba seguir en el mar que tocar tierra, sí que alcancé las costas de Ítaca. Me pregunto si no sería que los dioses me protegieron porque querían que llevase el mensaje de que Ulises puede que se hubiese quedado con Circe, o puede que no, que Ulises no me aclaró el mensaje que tenía que transmitir y yo tampoco tenía ganas de transmitirlo, que me incomoda tanto dar malas noticias como contar mentiras.

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