
“El asesinato de Platón” de Marcos Chicot se extiende del 372 a.C. al 347 a.C., el período en el que las ciudades griegas cometieron el suicidio final. Aunque Marcos lo cuenta muy bien y se ha documentado mucho, me apetece abordar aquí con algún detalle la geopolítica del período.
Platea (479 a.C.) supuso la derrota definitiva de Persia ante Grecia. Persia ya no intentaría conquistar Grecia en lo sucesivo y utilizaría su tesoro para manipular a los griegos. Tras la derrota de los persas, surgieron dos bloques antagónicos en Grecia: la Liga de Delos, una alianza marítima liderada por Atenas que, con el paso del tiempo, pasó de ser un primus inter pares con sus aliados a convertirse en un amo tiránico y la Liga del Peloponeso, liderada por Esparta, que era una alianza compacta que abarcaba prácticamente todo el Peloponeso. Eran dos alianzas muy distintas en cuanto a sus fortalezas, pero con un peso más o menos semejante.
El estallido de la guerra del Peloponeso se asemeja mucho al estallido de la I Guerra Mundial. Hay dos bloques enfrentados y la tensión va creciendo al hilo de distintos acontecimientos. En este caso, las principales acciones que llevaron a la guerra fueron: 1) El apoyo ateniense a Corcira en su enfrentamiento con Corinto, aliada de Esparta; 2) La sublevación de Potidea, aliada de Atenas, pero colonia de Corinto. Potidea contó con el apoyo corintio; 3) El bloqueo económico ateniense a Megara, aliada de Esparta.
Raymond Aron en su libro “Paz y guerra entre las naciones” analizó este conflicto como un caso paradigmático de conflicto entre una potencia marítima y una terrestre. En este tipo de conflictos la potencia marítima suele tener la ventaja. Puede golpear a su enemiga en el terreno que escoja, mientras que su flota la protege. Otro ejemplo de este tipo de conflicto lo tenemos en el enfrentamiento entre la Francia napoleónica e Inglaterra.
Al inicio de la guerra del Peloponeso, Pericles decretó una estrategia que se basaba en la superioridad de Atenas en el mar. Pericles era consciente de que ni Atenas podía derrotar a Esparta en tierra, ni Esparta podía derrotar a Atenas en el mar. Su estrategia consistió en ir erosionando el poder de Esparta mediante ataques regulares a las costas del Peloponeso y la disrupción de sus rutas comerciales, al tiempo que evitaba las batallas terrestres. El precio a pagar fue que Esparta anualmente devastara los campos de los atenienses, mientras que sus campesinos se refugiaban en la ciudad.
La estrategia era la adecuada y a la larga habría agotado a Esparta, pero los atenienses no la mantuvieron por varios motivos: 1) La muerte de Pericles en la peste de 430. No le sucedió ningún líder con la suficiente capacidad de influencia como para continuar con la estrategia; 2) La estrategia requería paciencia, que es algo que les suele faltar a las masas. Las masas lo único que veían es que año tras año los espartanos devastaban sus campos; 3) La inesperada victoria sobre Esparta en Esfacteria, que convenció a muchos ciudadanos, alentados por los demagogos, de que había otra manera más rápida y contundente para derrotar a Esparta. Los griegos tenían una palabra para definir ese sentimiento de que eres invencible porque has conseguido un triunfo inesperado: hybris. No suele terminar bien.
A lo largo de la novela, en varios momentos, Chicot cuenta lo desastrosos que fueron los demagogos para las democracias griegas. Los demagosos eran expertos en manipular a las masas, algo así como los políticos españoles actuales. Uno de esos momentos en que un demagogo le dio la vuelta a la situación fue el 415 a. C. Alcibíades, el héroe de las masas en aquellos momentos, propuso una expedición contra Siracusa.
La expedición buscaba romper el control siracusano sobre las rutas comerciales y de grano que abastecían a Esparta. Ese objetivo inicial mutó en el mucho más difícil de conquistar Siracusa. Los fallos de planteamiento en la expedición fueron muchos. El primero fue que a su proponente, Alcibíades, se le acusó de impiedad y se le obligó a exiliarse. Tal vez Alcibiades, un brillante general, habría sabido dirigir la expedición. El segundo fue que se minusvaloraron las dificultades logísticas de operar tan lejos de Atenas, así como las capacidades defensivas de los siracusanos. En tercer lugar se perdió de vista el objetivo estratégico último en parte por un exceso de hybris, que llevó a que se quisieran abarcar demasiadas cosas. El resultado último fue una derrota aplastante de la que Atenas ya no se recuperó. La guerra del Peloponeso terminaría en el 404.
Esparta ganó la guerra, pero perdió la paz. Sencillamente estaba agotada, humana y económicamente, un poco como las potencias europeas al final de la I Guerra Mundial. También sus aliados estaban hartos de guerra y empezaron a resentirse del dominio espartano.
A Esparta como hegemón le faltaba eso que ahora llamamos “poder blando”. Se le respetaba por sus proezas militares, pero carecía del atractivo cultural de Atenas. Otra diferencia con Atenas es que no era una potencia comercial. Tradicionalmente habían concentrado sus esfuerzos en tener un ejército de élite compuesto por ciudadanos-soldados y su base económica era débil. Nunca pudo disponer de los vastos recursos financieros de Atenas y la hegemonía no se mantiene sin dinero. Finalmente un problema agudo era que muchos de sus ciudadanos-soldados habían muerto. Podía recurrir a las tropas de sus aliados, pero ni su calidad, ni su fiabilidad estaban a la altura de las de los espartanos que habían muerto. En resumen, la hegemonía espartanas se sustentaba sobre bases muy frágiles y podía derrumbarse en cualquier momento. Y eso fue lo que ocurrió en 371. a.C.
Tebas había participado en la guerra del Peloponeso en el lado espartano. La principal ventaja que obtuvo fue el control de Beocia, donde Atenas ya no podía meterse. Pero a medida que pasaba el tiempo, la hegemonía espartana se le iba haciendo más pesada. Entonces le pasó algo similar a lo que le ocurrió a la Francia revolucionaria: apareció un genio militar, Epaminondas, que ideó una táctica ganadora y que, además, contó con un cuerpo de élite que le permitió ponerla en práctica.
El planteamiento espartano en la batalla de Leuctra de 371 a.C. fue el tradicional: una línea uniforme y recta con la misma profundidad en todo el frente. Los hoplitas espartanos, la fuerza de élite, estaban en el ala derecha. En Leuctra la relación entre espartanos+aliados y tebanos+aliados era de 1,5. Epaminondas colocó a sus mejores tropas en su izquierda, es decir, que serían ellos quienes se enfrentarían a los espartanos. Aquí colocó al Batallón Sagrado, un cuerpo de élite, compuesto por 150 parejas de amantes. Mientras que los espartanos dieron a su ala la profundidad habitual de 8-10 hoplitas, Epaminondas dio a su ala derecha una profundidad de 50, con lo que aumentó en gran medida la presión sobre el ala rival. Colocó su centro y su izquierda retirados. Su objetivo era decidir la batalla en el ala derecha, derrotando a la élite espartana.
Leuctra marcó un cambio de época. Los espartanos habían sido aplastados. Epaminondas dedicó los próximos años a desgastar el poderío espartano, de manera que nunca pudiera resurgir su hegemonía. Hizo varias incursiones en el territorio espartano, destruyendo sus recursos. Liberó Mesenia, cuyo sometimiento era una de las bases económicas de Esparta. Construyó una nueva federación de ciudades anti-espartana.
En 362 a. C. tendría lugar la batalla crucial de Mantinea. Espartanos y atenienses coaligados harían un esfuerzo supremo frente a los tebanos. Una victoria tebana supondría la confirmación de su hegemonía sobre Grecia. Y bien, ganaron, pero en la batalla murió su líder. Epaminondas no sólo era un general brillante. También era un hombre con visión estratégica. Sin él, desmoralizados, los tebanos no supieron reconducir la situación geopolítica. Los griegos, divididos y exhaustos, sucumbirían a la invasión de Macedonia años después.
Esta historia tiene muchas lecciones. El riesgo de que los demagogos manipulen a las masas y las conduzcan al desastre. El peligro de fiarlo todo a un líder máximo, por muy carismático e inteligente que sea. ¿Y qué ocurre cuando el líder ya no está ahí? Y, sobre todo, el peligro, cuando eres una potencia pequeña y media, de combatir contra tus vecinos y no entender que el peligro más acuciante es el hegemón que tienes al otro lado de tus fronteras. Creo que los políticos europeos harían bien leyendo un poco más de historia de Grecia.
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