
La Gran Armada ha quedado como una mancha indeleble en el prestigio español. Parecería que a partir de ahí fuimos cuesta abajo y sin ruedas. No todo fue cuesta abajo. El reinado de Felipe III fue plácido y aún mantuvimos parte de nuestro prestigio. Los inicios del reinado de Felipe IV fueron prometedores. Parecía que volvíamos a ser los de siempre. Lo dicho, aún hubo triunfos tras la derrota de la Gran Armada, pero 1588 nos quitó las ensoñaciones de que no había empresa que se nos resistiera. A los ingleses les ha venido muy bien la Gran Armada para desviar la atención de fracasos suyos como la Contraarmada de 1589 o la derrota de su intento de conquistar Cartagena de Indias en 1741.
Pero bueno, mirémoslo como lo miremos, lo de la Gran Armada fue una cagada gigantesca. ¿Cómo se gestó?
Desde que Inglaterra se convirtió en la gran enemiga de España y comenzó a apoyar a los rebeldes holandeses, la posición de España en Flandes se había vuelto imposible. Inglaterra podía abastecer a los rebeldes por vía marítima con facilidad y, por otra parte, podía impedir o al menos dificultar la comunicación marítima de España con Flandes. Carlos V ya había dicho que Flandes podría mantenerse en tanto que Inglaterra tuviese relaciones amistosas con España, algo que fue así hasta los primeros años del reinado de Isabel I de Inglaterra. La recomendación de Carlos V fue que la Monarquía hispánica desgajase Flandes en caso de enemistad con Inglaterra.
Era un consejo sensato, pero imposible de seguir por alguien acomplejado por la sombra demasiado alargada de su padre, como fue Felipe II. Felipe II sabía en su fuero interno que nunca podría alcanzar la grandeza de su padre, buen militar, fino diplomático y un animal social. Por ello, le resultaba inimaginable la idea de ceder territorios de los que Carlos V le había dejado en legado.
A partir de 1568, las relaciones entre España e Inglaterra empezaron a enturbiarse. Isabel comenzó a apoyar de manera cada vez más descarada a los rebeldes holandeses, mientras que Felipe se la devolvía, ayudando a los nobles católicos ingleses y holandeses. La prisionera María Estuardo fue otro motivo de distanciamiento. Hubo varias conjuras en torno a ella y en todas aparecía involucrado el Embajador de España en Londres, Gerau de Spés. También por esos años comenzaron las incursiones de Hawkings y Drake en las Indias españolas.
Hubo una cierta mejoría de las relaciones a comienzos de la década de los ochenta, pero la mejoría no duró. Las diferencias geoestratégicas e ideológicas eran demasiado fuertes. En 1584 Felipe II y la Liga Católica, que luchaba contra los hugonotes franceses firmaron el tratado de Joinville, por el que España se comprometía a financiarlos. La perspectiva de una potencia católica aliada con España al otro lado del Estrecho de la Mancha asustó a Isabel. En 1585 pagó a Felipe II con la misma moneda: firmó el Tratado de Nonsuch con los rebeldes, comprometiéndose a enviarles soldados y financiación. La ruptura entre España e Inglaterra ya era irrevocable.
Es a partir de entonces que Felipe II comienza a pensar en invadir Inglaterra y encarga el proyecto a Álvaro de Bazán, Marqués de Santa Cruz, el mejor marino con el que contaba España. Bazán, tras su victoria en las Islas Terceras de 1582, propuso a Felipe II completar la victoria invadiendo Inglaterra. Felipe II, que tendía a ser apocado y poco dado a precipitarse, vio con buenos ojos que el Marqués retrasase la operación a 1584. Aun así, la idea comenzó a rondarle la cabeza.
La toma de Amberes en 1585 dio nuevos bríos a Felipe II, que encargó a Álvaro de Bazán un estudio pormenorizado de la invasión de Inglaterra. Bazán terminó de elaborarlo el 27 de marzo de 1586 con la vista puesta a una invasión en 1587, invasión que él dirigiría. El proyecto que elaboró Bazán era ingente, el mayor que jamás hubiera emprendido la Monarquía Hispánica. Preveía la constitución de una gran Armada de 796 naos, de las que 200 serían barcos de desembarco. La Armada transportaría 55.000 infantes, 1.200 caballeros y 4.290 piezas de artillería. El costo de la empresa Bazán lo estimaba en 3.801.287 ducados. Entre 800 y 950 millones de euros actuales.
Como era habitual en Felipe II, no tomó una decisión inmediata. Pero cuando la tomó, aceleró los tiempos e introdujo un cambio importante. La Armada simplemente despejaría el camino para que los Tercios de Flandes a las órdenes de Alejandro Farnesio pudieran cruzar a Inglaterra e iniciar la invasión. Privado de sus sueños de gloria, el entusiasmo de Bazán se enfrió. Hay que decir que el cambio introducido por Felipe II tenía razones de peso: la combinación de buques de guerra y navíos de transporte es difícil de manejar, los navíos de transporte enlentecen a la flota y la hacen más vulnerable.
Alejandro Farnesio propuso también su propio plan. Se trataba de aprovechar el viento y la marea para lanzar un ataque sorpresa nocturno contra Inglaterra, haciendo que las tropas atravesasen el estrecho en embarcaciones de escaso calado. Felipe II, al conocer este plan, escribió al margen “¡Casi imposible!” y tenía toda la razón. Las dificultades del plan eran demasiadas: 1) ¿Cómo garantizar la sorpresa? No se concentran varios miles de soldados y se preparan las embarcaciones sin que el enemigo se dé cuenta; 2) ¿Cómo hacer cruzar las tropas ante el dominio inglés sobre el Canal?; 3) El plan implicaba dejar casi desguarnecido Flandes.
El 29 de abril de 1587 Drake atacó Cádiz prácticamente sin oposición. La facilidad con la que había vencido Drake hubiera debido poner de sobre aviso a Bazán y a Felipe II. La acción había puesto de manifiesto la superioridad de las naves inglesas en velocidad y potencia de fuego. A ello habría que añadir el arrojo de sus tripulaciones.
Los sucesos de Cádiz hicieron que Felipe II presionara cada vez más a Bazán para que realizase la empresa. Éste, en cambio, tenía cada vez más dudas. El Consejo de Guerra se puso totalmente de parte del rey. Había que castigar a afrenta de Cádiz. Sin embargo, no se extrajeron lecciones de la misma y no se cambiaron los planes que se habían elaborado.
Pese a todos los apremios del rey, Bazán no se movió y dejó que pasase el verano de 1587 sin moverse. Tras muchos intercambios de cartas, Bazán el 12 de diciembre aseveró que en veinte días tendría aparejada la Armada. Un poco más tarde daría la fecha del 1 de febrero de 1588. Las razones de la demora de Bazán probablemente fueran las siguientes: 1) La conciencia de que se trataba de una empresa muy arriesgada y acaso la duda de que realmente la Armada prevista pudiera acometerla; 2) Estimaba que no tenía todas las naos necesarias para asegurar el éxito de la empresa; 3) Falta de entusiasmo al ver que su gran proyecto había ido por otros derroteros y él no tendría el protagonismo esperado; 4) Probablemente a estas alturas sufriera de agotamiento por la presión la que estaba sometido. De hecho, moriría el 9 de febrero, bien por fiebres tifoideas, bien por infección.
A la altura de febrero de 1588 la situación de la Armada era comprometida. Empezaba a escasear el dinero. Las enfermedades se cebaban en la dotación de la Armada. Las vituallas almacenadas comenzaban a pudrirse. Y lo peor de todo, se había perdido el factor sorpresa.
La empresa había comenzado a convertirse en un despropósito y Felipe II procuró que lo fuera aún más cuando designó al Duque de Medina-Sidonia para que reemplazase a Santa Cruz. Medina-Sidonia carecía de experiencia marinera. Su principal mérito era la lealtad, algo que resulta insuficiente en cuestiones de guerra. El propio Medina-Sidonia, consciente de sus carencias, intentó rechazar el encargo, aduciendo falta de salud y de experiencia y que se mareaba en los barcos. El rey se mantuvo en sus trece. Para más inri, el rey ya disponía de un excelente marino, incorporado a la escuadra y que anhelaba ese puesto. Juan Martínez de Recalde.
Las instrucciones del rey fueron firmes: “Iréis derecho al Canal de Inglaterra, saliendo por él arriba hasta el Cabo de Margat, para daros allí la mano con el Duque de Parma, mi sobrino, y allanar y asegurar el paso para su tránsito. Porque el bien de este negocio consiste en ir a la raíz, aunque Draque hubiese salido para estos mares… con el fin de divertir y embarazar (como por avisos de Inglaterra se ha dicho), no habéis de torcer el viaje sino proseguirle, sin buscar al enemigo, aunque quedase por acá. (…) Esto de combatir se entiende si de otra manera no se puede asegurar al duque de Parma el tránsito para Inglaterra, que pudiéndose sin pelear asegurar este paso, por desviarse el enemigo, o de otra manera, será bien que hagáis el mismo efecto, conservando las fuerzas enteras.”
La Armada finalmente zarpó de Lisboa el 20 de mayo. Ya conocemos los resultados y no me extenderé en ellos. Más bien me extenderé sobre las causas del desastre de la Gran Armada. Son tantas que cuesta saber por cuál empezar.
1) Se entregó el mando de la operación a un hombre que no sabía de las cosas de la guerra, ni tenía experiencia marinera.
2) Las naves inglesas eran superiores tecnológicamente a las españolas. Las tácticas españolas en el mar se basaban en el acercamiento a las naves enemigas para abordarlas a continuación. Las inglesas en su superior potencia de fuego y en su mayor maniobrabilidad.
3) El planteamiento de la operación superaba los medios logísticos y de comunicaciones de la época. El plan original era que la Armada navegase por el Canal de la Mancha, que llegase a las costas de Flandes, que protegiese el embarque de las tropas de Farnesio y que las escoltase en su camino hacia Inglaterra. Todo este planteamiento requería arrebatar el control del Canal a los ingleses, algo de lo que se estuvo muy lejos de conseguir.
4) España no disponía en la zona del puerto de aguas profundas que habría necesitado.
5) Se había diseñado una operación muy rígida para un entorno muy dinámico. Faltaba flexibilidad en el planteamiento español. Las instrucciones dadas por el rey eran demasiado detalladas y estrictas y y dejaban poco margen de maniobra a quienes las iban a aplicar. Esto se vio agravado porque al frente de la empresa estaba un hombre sin experiencia, indeciso y timorato.
Lecciones:
La Gran Armada muestra los problemas de la toma de decisiones en sistemas autoritarios y absolutistas. No hay debate que permita sopesar las distintas opciones. Al final es la decisión soberana del líder la que se ejecuta.
En este caso concreto, además, Felipe II no era la persona más indicada para tomar decisiones sobre la empresa por muchos motivos: 1) Era un rey dubitativo y timorato, dado a demorar las decisiones; 2) Confundía el saber que da la experiencia con la información que dan los papeles. Porque se había leído todos los expedientes relativos a la Armada, creía que ya conocía todo lo que había que conocer sobre la empresa; 3) Felipe II tenía una escasísima experiencia bélica y nula en lo referido al combate naval; 4) Era dado a la microgestión; 5) Creía ciegamente en la Providencia y esto se puso especialmente de manifiesto en la empresa de la Gran Armada. Cuando se le hacían ver las carencias existentes, señalaba que, puesto que se trataba de una empresa que Dios quería, Él proveería.
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