
Me llaman la atención las similitudes entre Jesucristo y Confucio, dos personas que han marcado con su pensamiento sus respectivas sociedades.
Ambos fueron maestros itinerantes. Con respecto a Jesucristo, el propio Papa Francisco dijo: “Cristo no tenÃa una cátedra o un púlpito fijo, sino que era un maestro itinerante.” Algo parecido podrÃa decirse de Confucio, que no pudo fijar raÃces en ningún Estado, más por las coyunturas que por deseo propio. Ambos se desplazaban acompañados de un grupo de discÃpulos. El Nuevo Testamento nos habla de doce que eran los más asiduos y de varios nos ofrece un retrato detallado; es decir, que los discÃpulos no son un grupo indiferenciado, sino que cada uno tiene su propia personalidad. Pedro era el zoquete que no acaba de captar las sutilezas de las enseñanzas del maestro. Juan debÃa de ser una persona dulce y entrañable. Mateo que habÃa sido publicano, que es tanto como decir inspector de Hacienda, era el tÃpico obsesivo que se empeña en cumplir con las benchmarks que le ha marcado el jefe. A Santiago le habÃan puesto de mote hijo del trueno, porque era de esos que se calientan y por menos de nada te da una somanta de hostias. SÃ, él fue el primero en repartir hostias antes de que Jesucristo lo hiciera en la última cena.
Los discÃpulos de Confucio también tenÃan personalidades muy marcadas, según la tradición. Zilu era el Santiago de Confucio, un hombre impetuoso y valiente, al que Confucio tenÃa que refrenar en ocasiones. Zengzi era como Pedro, no demasiado avispado. También, como Pedro, fue el lÃder de una escuela confuciana a la muerte del maestro. Dos mil años después, la polÃtica española retomarÃa esta idea de encumbrar a los más incompetentes. Los maestros no pueden dejar de tener sus favoritos. El de Jesucristo era Juan. El de Confucio, fue Yan Hui, un hombre austero e inteligente con muchas ganas de aprender.
Ni Jesucristo, ni Confucio escribieron nada. Tanto el Nuevo Testamento, como las Analectas, que han sido claves en nuestras respectivas civilizaciones fueron obra de sus discÃpulos. Ambos suele seguir un esquema semejante: una introducción al episodio establece el contexto en el que el maestro dio unas enseñanzas. Las Analectas suelen ser más escuetas que el Nuevo Testamento. No siempre introducen el episodio y su relato no es tan florido como el del Nuevo Testamento; aquà no es cuestión de curas milagrosas, ni de tentaciones demonÃacas.
Aunque ni Jesucristo, ni Confucio hubieran escrito las obras mencionadas, creo que podemos estar razonablemente seguros de que recogen sus enseñanzas con bastante fidelidad. En el caso de Jesucristo, la hipótesis Q, defiende que habrÃa existido un texto anterior (Q) a los Evangelios que habrÃa sido un compendio de las palabras de Jesús y que los evangelistas habrÃan utilizado. Incluso si Q no hubiera existido, pienso que las palabras de Jesús ya circulaban entre las pequeñas comunidades cristianas antes de que se redactaran los Evangelios.
En el caso de Confucio, poco después de su muerte sus discÃpulos comenzaron a poner por escrito lo que recordaban de él. El proceso de elaboración de las Analectas fue más largo y variado que el de los Evangelios y en él intervinieron muchas más manos. Distintos discÃpulos de primera y segunda generación escribieron sus propios libros con recuerdos de las enseñanzas de Confucio. No fue hasta tres siglos después de la muerte de Confucio que los 20 libros que habÃa escritos se agruparon en el texto de las Analectas. A pesar de esa distancia en el tiempo, los libros tienen una coherencia entre sà que hace pensar que “si non e vero, e ben trovato”.
Para los dos el hombre está en el centro de sus enseñanzas, pero ahà se terminan las similitudes. A Jesucristo le interesa el hombre en su relación con Dios. Propugna un hombre simple, que confÃa en la Providencia y pone a Dios por encima de todas las cosas. Confucio presenta una imagen más detallada de cómo tiene que ser el hombre superior. Lo que le interesa es el comportamiento de ese hombre en sociedad.
Ambos terminaron sus dÃas con una sensación de fracaso. El grito de Jesucristo en el Evangelio de Mateo es desgarrador: “Dios mÃo, Dios mÃo, ¿por qué me has abandonado?” Dicho en arameo, que es como lo recoge Mateo suena aún más duro: “ElÃ, ElÃ, lama shabactnÃ?”. Tan fuerte debió de parecerles a los otros evangelistas, que Lucas lo suavizó en: “Padre, en tus manos encomiendo mi espÃritu” y Juan, siempre filosófico y rozando el gnosticismo, le atribuyó un sosegado “Consummatum est. “Todo se ha cumplido”. Confucio, por su parte, nunca consiguió ejercer la influencia polÃtica a la que aspiraba. Su sueño era que le dieran un cargo que le permitiera poner en práctica sus ideas. Nunca lo tuvo.
También cabrÃa preguntarse hasta qué punto el cristianismo y el confucianismo tal y como nos han llegado responden a las ideas originales de sus fundadores. El teólogo Hans Küng en su libro “JudaÃsmo” presenta a Jesus como un rabino cuyo objetivo era la renovación de la religión hebrea y, posiblemente, abrirla más a los gentiles que se convirtieran. En modo alguno su propósito era crear una religión universal cuya base serÃan los gentiles. Ésa serÃa la aportación de San Pablo.
El confucianismo, o más bien una lectura muy conservadora del mismo, se convirtió en la ideologÃa de la China imperial. Pero a menudo los emperadores lo utilizaron como una mera hoja de parra filosófica para encubrir que lo que realmente aplicaban en la práctica era el legalismo, una escuela que defendÃa que los hombres son muy malos y que la letra (y la obediencia) con la sangre entra.
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