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Cartas desde Cantón (9) David Shambaugh

Emilio de Miguel Calabia el

David Shambaugh es uno de los principales sinólogos norteamericanos. Su relación con China comenzó gradualmente. En 1960 visitó Hong Kong con sus padres y pasó el verano en Taiwán. Quince años más tarde dio casi la vuelta al mundo. De Nueva York fue a Nepal. Entonces los viajes aéreos eran bastante más incómodos que los de ahora. Eran como hacer todos los trayectos en Iberojet. Al final de aquel viaje recaló en Hong Kong y se encontró con una mujer de negocios británica que acababa de regresar de “la China roja”. Sí, había estado en China, pero en la feria de Cantón, que tampoco es tan exótica. El caso es que a Shambaugh le picó la curiosidad y de ahí arrancó su profundización en la sinología.

Acabo de leer su libro “Breaking the Engagement”, que es de enero de 2025. “Engagement” es un término muy utilizado en geopolítica, que me incomoda porque no termino de encontrarle una traducción adecuada al castellano. Cuando busco la traducción en el diccionario la primera palabra que me sale es “compromiso”. Sí, es un término válido, pero a mí me evoca más a una heroína de Jane Austen considerando si debe casarse con Lord Lilingthow, que tiene 30.000 libras de renta, que a un diplomático experto en Extremo Oriente analizando las relaciones chino-norteamericanas. Y con todo, “compromiso” es un término mejor que los siguientes que me ofrece el diccionario: “contrato”, “contratación”, “combate”… Me quedaré con el término “implicación”, que es el que me ofrece chatgpt.

Shambaugh rompe en su libro el mito de que desde que Nixon y Kissinger hicieron su viaje a China en 1972 el gran objetivo de EEUU había sido convertir a China en una democracia. La realidad tiene muchos más matices. Nixon y Kissinger eran realistas, no idealistas. Los practicantes de la escuela realista son unos cabrones con pintas, pero suelen acertar mucho más que los idealistas. Nixon y Kissinger querían establecer una colaboración geoestratégica con China para oponerse a la URSS.

Lo anterior no impedía que Nixon albergase ambiciones más amplias con respecto a China. En octubre de 1967 publicó en la revista Foreign Affairs un artículo muy famoso en el que dijo: “A la larga, sencillamente no podemos permitirnos dejar a China para siempre fuera de la familia de las naciones, para que alimente sus fantasías y sus odios y amenace a sus vecinos. No hay lugar en este pequeño planeta para que mil millones de su gente potencialmente más capaz viva en un aislamiento enfadado… El mundo no puede estar seguro en tanto que China no cambie. Así, nuestro objetivo- hasta el extremo en el que podamos influir sobre los acontecimientos-, debería ser inducir cambios.” Básicamente proponía que se introdujese a China en la comunidad internacional y con ello se indujeran cambios en el interior. En el momento en que Nixon escribió su artículo China, efectivamente, estaba muy aislada como consecuencia de la Revolución Cultural. Sólo unos pocos países mantenían una Embajada en Pekín.

En 1979, bajo la Administración Carter, China y EEUU establecieron relaciones diplomáticas. Carter era un idealista y hubiera cabido esperar de él que promoviese el cambio en China. No fue así. Sus principales objetivos fueron la normalización de las relaciones, la intensificación de las relaciones comerciales y culturales e integrar a China en la comunidad internacional.

El gran factótum de la política exterior norteamericana en la época de Carter fue Zbigniew Brzezinski. He tenido que escribir tantas veces su nombre y me he equivocado tantas veces al hacerlo, que lamento que no se llamase Joseph Smith. Todos los norteamericanos tendrían que llamarse Joseph Smith para ahorrarnos trabajo, menos uno que se llamaría Alfred E. Neuman en aras de la variedad y como homenaje a la desaparecida revista “Mad”.

En 1979 Brzezinski pensaba que era en interés de EEUU una China fuerte con la que mantendría relaciones amistosas. En 1997 Brzezinski escribió “El gran tablero mundial”, una obra cuyo objetivo último era considerar cómo debería EEUU conservar su hegemonía mundial. La lección número uno es que tenía que impedir la emergencia de una potencia hegemónica en Eurasia. Brzezinski era consciente del potencial de China a la que veía como una potencia en ascenso, cuyas capacidades estaban muy a la zaga de las norteamericanas. Brzezinski advertía del riesgo de que se formase una alianza estratégica contra EEUU entre Rusia, China y eventualmente Irán. Brzezinski era un poco cargante e iba de listillo. Me imagino a su espectro recorriendo la Casa Blanca en 2026 y diciendo con voz de abuela regañona: “Si ya os lo había advertido, que no dejaseis que se coaligasen los rusos y los chinos.”

La idea de la implicación realmente apareció con Reagan. Durante su primer mandato su Administración concluyó lo que la Administración Carter había comenzado: la institucionalización completa de las relaciones bilaterales. En abril de 1984 Reagan visitó China. Era un momento en el que las primeras reformas ya habían comenzado. Se trataba de su primera visita a un país comunista y quedó impactado. A su regreso habló a los periodistas de las reformas en China y de las “libertades” que había percibido que estaban brotando. Me pregunto cómo pudo apreciar esas libertades, cuando los viajes oficiales de los presidentes de EEUU están planificados al milímetro y apenas ofrecen oportunidades de tener una conversación espontánea con nadie que no pertenezca a los círculos oficiales. En todo caso, Reagan operaba bajo la concepción neoliberal de que los mercados libres traen inexorablemente la democracia.

Hago un inciso. Los años de Reagan fueron los años de la euforia por China. Hay un elemento histórico detrás de esa euforia. EEUU nunca ha podido desembarazarse de su espíritu misionero. Cuando en la segunda mitad del siglo XIX, EEUU comenzó a tener relaciones más estrechas con China, el instinto misionero se activó. Ahí había una gran civilización que se había quedado anquilosada. EEUU estaba llamada a ayudar a la modernización de su economía y su sociedad, a ponerla en contacto con las nuevas tecnologías y a contribuir al desarrollo de una sociedad y un sistema políticos liberales. Y también estaba llamada a cambiar su mentalidad, algo a lo que se dedicaron con entusiasmo los misioneros presbiterianos y metodistas. Durante los difíciles años de la guerra chino-japonesa, los norteamericanos establecieron unos lazos estrechos y emocionales con la China de Chiang Kai-shek. En esa vinculación estrecha jugó un papel muy importante la esposa de Chiang Kai-shek, Soong May-ling, una mujer extremadamente hábil que consiguió crear un lobby pro-Chiang Kai-shek en las alturas del poder norteamericano. Cuando en 1949 los comunistas vencieron en la guerra civil china, la gran pregunta que dominó el debate norteamericano fue: ¿quién perdió a China? ¿quién fue responsable con sus análisis y políticas equivocadas de que nuestro aliado Chiang perdiera la guerra civil? Nótese el tonillo de superioridad de la pregunta, que niega la agencia a los propios chinos.

Vuelvo a lo que estaba, que soy demasiado bueno enrollándome.

A Reagan le sucedió su vicepresidente, George H. W. Bush, quien había abierto la oficina de enlace de EEUU en Pekín en 1974. Bush se las daba de experto en China y desarrolló una vinculación emocional muy fuerte con el país. Si otro presidente hubiera estado en la Casa Blanca cuando ocurrió Tiananmen, las relaciones chino-norteamericanas habrían descarrilado probablemente. Bush se esforzó para que eso no ocurriera. No obstante, los partidarios de la implicación se volvieron más circunspectos.

Tiananmen despertó nuevamente el complejo misionero de EEUU. Había que llevar a China un modelo de economía, de sociedad y de política liberales. Más de un analista se dijo que esta vez las protestas pro-democráticas habían fracasado, pero que más adelante habría otro episodio similar en el que triunfarían. No ocurrió.

Con Reagan y Bush padre la implicación y el deseo de transformar China habían estado implícitos. Con sus sucesores las declaraciones sobre la transformación de China en un modelo liberal, se hicieron explícitas. Clinton heredó unos EEUU que habían ganado la Guerra Fría y que sentían que podían modelar el mundo a su antojo. Clinton se fijó como objetivo “ampliar la comunidad de las democracias” y eso incluía a China. Basándose en lo que había ocurrido con la URSS y con los Estados de Europa del Este, estimaba que “un día [la República Popular China] seguirá el camino de los regímenes comunistas en Europa Oriental y en la antigua Unión Soviética, de forma que tenemos que hacer lo que podamos para animar el proceso”. Clinton no tuvo en cuenta la gran diferencia entre la URSS y China. En la primera gobernaba una burocracia anquilosada, que intentó emprender reformas cuando ya era demasiado tarde. En la segunda había una clase política flexible, con ganas de aprender y dispuesta a innovar.

En su segundo mandato, Clinton se propuso volver a la implicación con China, que había quedado tocada tras los sucesos de Tiananmen. Designó a dos sinólogos para que le asistiesen: Susan Shirk y Kenneth Lieberthal. A ellos se unió la Consejera de Seguridad Nacional Sandy Berger que estaba más abierta a una amplia implicación con China. Las ideas con respecto a China que guiaron a este grupo pueden resumirse en una alocución radiada de Clinton del 14 de junio de 1997: “Estoy convencido de que la mejor manera de promover nuestros intereses y nuestros valores no es encerrar a China, sino atraerla, ayudarle a que se convierta en un socio fuerte y estable en el moldeado de la seguridad y la prosperidad futuras… Si mantenemos nuestra implicación con China (…) podemos ayudarla a elegir el camino de la integración, la cooperación…”

Clinton repite en esa alocución un error que durante décadas cometieron los norteamericanos: asumir que China se moría de ganas por integrarse en el orden internacional como un segundón listillo del líder hegemónico. Un tema que me apasiona y sobre el que he escrito mucho en este blog es cómo EEUU desaprovechó esa década en la que, victoriosa en la Guerra Fría, era el único hegemón y hubiera podido moldear el mundo conforme a sus intereses. Las dos palabras que se me vienen a la cabeza son hybris y miopía intelectual.

Con Clinton vinieron los esfuerzos por integrar a China en la Organización Mundial del Comercio. Clinton no ocultó su visión. En una declaración presidencial del 3 de junio de 1999 dijo: “El comercio sigue siendo una fuerza para el cambio social en China- difundiendo las herramientas, los contactos y las ideas que promueven la libertad… Una política de desimplicación [disengagement] y confrontación sólo reforzaría a aquéllos en China que se oponen a una mayor apertura y libertad.” George W. Bush aún insistiría en la cuestión tan manida de cómo el ingreso en la OMC y el libre comercio liberalizarían China y tal vez sus palabras hayan sido las que más se hayan destacado por su ingenuidad y por lo erradas: “La libertad económica crea el hábito de la libertad. Y el hábito de la libertad crea expectativas de democracia (…) A medida que China reforma su economía, sus líderes se encuentran con que una vez que la puerta para la libertad se abre, incluso un resquicio, ya no puede ser cerrada. A medida de que la gente de China aumente su prosperidad, sus demandas de libertad política aumentarán también”. Amén.

 

 

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