ABC
| Registro
ABCABC de SevillaLa Voz de CádizABC
Blogs Bukubuku por Emilio de Miguel Calabia

Cartas desde Cantón (8) La visita al hospital

Emilio de Miguel Calabia el

Fui al hospital United Farm (nombre ficticio) para ver a la otorrina y al gastroenterólogo.

En las salas de espera de los hospitales, suelen colocar fotos del cuadro médico con los nombres en chino y en inglés. La Dra. F., con la que tenía la cita, tenía en su foto aspecto de marimandona y sabelotodo. Un vídeo en el que se la veía ¿amonestando? ¿apostrofando? ¿llamando gilipollas? en plan Jorge Javier Vázquez a alguien que parecía un paciente, me hizo pensar que tenía cinco minutos para salir pitando de allí y negar por siempre que yo hubiera tenido alguna vez una cita con la Dra. F. Desaproveché esos cinco minutos. Vino una enfermera a llevarme a otra sala para tomarme la tensión, medirme y pesarme. O bien hizo su tarea de medición descuidadamente, o bien he perdido dos centímetros desde la última vez que me midieron. Eso me desazona, porque tampoco ando sobrado de centímetros. Esa reducción de estatura está más que compensada por la expansión de mi cintura hasta el infinito y más allá. Conclusión: en términos de masa sigo siendo el mismo.

Me hicieron pasar al despacho de la doctora. Durante varios minutos me ignoró amablemente, mientras escribía algo. Dado que todos los doctores chinos con los que me he topado siempre dedican un buen rato a la escritura, sospecho que aprovechan mi ignorancia del chino para escribir en mi presencia cartas de amor a un celador o a una enfermera de la planta de abajo. No seré yo quien les critique. Parafraseando a Gabinete Caligari “No hay como el amor al calor de una tomografía axial computarizada.”

Finalmente la Dra. F. se dignó atenderme. Lo primero fue escanear mi WeChat. Estamos en China y si alguien no tiene tu WeChat eres como una no-persona para él. Me fijé en que su perfil de WeChat tenía la foto de una niña. Decidí congraciarme con ella. Quiero caerles bien a personas que sé que durante la siguiente hora me pueden hacer mucho daño. “¿Su hija?” Le pregunté. Me respondió con entusiasmo que sí y que tocaba el piano. Los siguientes minutos los pasamos contemplando vídeos de la niña talentosa. Así me enteré que la niña ahora tenía 16 años y que había dejado de tocar, y que era una pena con lo bien que lo hacía. Y yo a todo le decía amén.

Llegó el momento de ponernos en serio por lo que había venido y allí el rictus le cambió en un cruce entre el Dr. Menguele y el Mr. Hide. Durante la siguiente hora me vi zarandeado por enfermeras que me tomaron la sangre, me llevaron a hacerme un escáner y me volvieron a tomar la tensión, a medir y a pesar. Ahí recuperé los dos centímetros que había perdido, pero mi cintura se negó a cambiar de dimensiones.

Terminadas todas esas pruebas, regresé con la Dra. F que tenía en sus manos un endoscopio nasal, que es una suerte de tubito largo y flexible, con una luz al final, que se mete por las fosas nasales. Tiene pinta de hacer daño cuando te lo meten y, efectivamente, te lo hace.

Acabada la sesión fue el turno de la visita al gastroenterólogo.

El gastroenterólogo comenzó a hacerme preguntas en un inglés titubeante. “¿Le duele el abdomen?” “¿cuántas veces a la semana va al cuarto de baño?” y así. Pensé que en algún momento íbamos a vernos como en “Lost in Translation” y que por un error de comprensión me iba a recomendar una operación de cambio de sexo o similar y yo le iba a responder que sí por no haberme enterado. La sesión con él fue como una visita al psicoanalista: muchas preguntas, pero en ningún momento me palpó el vientre o me recomendó otro escáner.

Al término de la reunión escribió algo tan incomprensible, que aún no sé si era chino o inglés. Ahí me sentí como en casa. Había escrito igual de mal que cualquier médico español.

Otros temas

Tags

Emilio de Miguel Calabia el

Entradas más recientes