Pedro, Pablo y el “despotismo histriónico”

Publicado por el may 23, 2016

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Las intervenciones del candidato por el PSOE a la presidencia del Gobierno, Pedro Sánchez, en un desayuno que tuvo lugar hoy en el Forum Europa, hacen pensar que sigue sin ubicarse en su carrera hacia la presidencia del gobierno. No solo eso, tiene tan poca capacidad de autocrítica que sin pestañear ha atribuido a Pablo Iglesias algún defecto del que, en mi opinión, él está sobrado.

“Estoy convencido –declaró Sánchez- de que si dependo de los votos de Pablo Iglesias no seré presidente del gobierno”. No sabemos lo que nos depararán las próximas elecciones del 26 de junio, pero me temo que tampoco esta vez el señor Sánchez va a ser presidente del gobierno. Y es que creer que va a conseguirlo solo con los votos de su partido y, en su caso, con los de Ciudadanos, sin depender, por tanto, de Podemos y, en menor medida, de los partidos nacionalistas, supone estar extraordinariamente alejado de la realidad.

Otra cosa es lo que vaya a hacer Pablo Iglesias: parece poco probable que éste llegue a apoyar a Pedro Sánchez, cosa que habría que descartar por completo si Podemos y sus formaciones afines obtuvieran mejores resultados que el POSE. Pero, salvo en este último supuesto, no puede descartarse del todo porque en política “no crece la flor de la amistad, sino la del interés”.

Por eso, por muchos recados que le mande a Pablo Iglesias, si dependiera de él para ser presidente, Pedro Sánchez solo llegaría a serlo si le interesa a Pablo y a Podemos. Lo del “gobierno progresista o por el cambio” de que hablan ambos líderes con profusión no deja de ser un eslogan más en la promoción propagandista ante el público de esa cerrada lucha por desalojar al PP del poder como sea.

Estrechamente relacionado con lo que se acaba de decir está otra declaración llamativa de Pedro Sánchez durante la mañana de hoy: “Iglesias se ama mucho a sí mismo”. Como si él no fuera también un narcisista redomado. Estamos ante dos egocéntricos desubicados que pretenden hacer girar a la ciudadanía en torno al alto concepto que ambos tienen de sí mismo.

Hasta tal punto es esto cierto que desde la irrupción de ambos en la vida pública estamos asistiendo a un exceso de teatralización de la  política (en las últimas elecciones quisieron tenernos pendientes de sus encuentros como en el paseíllo que dan los dos hacia la prensa, o el regalo de libros, etc.) que supone en última instancia considerar a los ciudadanos como simples espectadores.

Estamos por eso ante un nuevo “despotismo”, que ahora no sería ilustrado, sino “histriónico”, de “todo para los espectadores sin los espectadores”, en el que lo que único importa son los actores (los líderes políticos) y no los sufridos ciudadanos. No ha de extrañarnos, por eso, que nos están intentado convencer de que lo que importa en un líder no es que sea capaz y que gobierne con rigor, sino que “comunique bien” (¿ser buen actor?).

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