Las cometas en que flamean los recuerdos

Publicado por el sep 29, 2014

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Pasamos muchos momentos de la vida en lugares que acaban formando parte de nuestros recuerdos. Si traemos a la memoria las  más lejanas remembranzas, comprobaremos que en la mayoría de los casos hay una estancia, unas paredes, un inmueble, un paisaje en el que sucedió el acontecimiento que rescatamos del pasado. Pero el enlace entre el lugar y el recuerdo no tiene para todos la misma intensidad. En esto, los seres humanos reaccionamos de muy distinta manera.

Hay quienes toman el entorno físico como un simple punto de referencia material que completa el marco de la evocación. Para éstos es tan intenso en sí mismo el suceso rememorado que los ingredientes de lugar y espacio son tan solo datos accesorios irrelevantes, perfectamente sustituibles por otros. A tales personas, las cosas no les traen recuerdos, sino que son solamente partes accidentales de los mismos. Su relación con todo aquello que no sea el lado sentimental de la vivencia es de distanciamiento, por lo cual pueden regresar sin ningún problema a las paredes en las que se desarrolló el acontecimiento memorizado. Y que conste que esta manera de afrontar los recuerdos no revela, en modo alguno, frialdad. Más bien lo contrario: al centrarse en lo sustancial de lo vivido y dejar de lado lo puramente material, elevan la espiritualidad de sus sentimientos a la máxima intensidad.

Pero hay otras personas para las que las escenas impregnan tanto sus recuerdos que no pueden separar unas de otros. En estos sujetos, la evocación mezcla indisolublemente acontecimiento y lugar, de tal suerte que cada hecho se rememora enmarcado en su concreta localización. Se recuerda, por ejemplo, el primer beso a la persona amada, pero tanto la sensación espiritual producida como el día, hora y lugar en que sucedió. Por eso, las propias cosas son evocadoras de recuerdos y forman parte de ellos como el escenario en la obra teatral.

En este grupo de personas, la reacción ante las cosas portadoras de recuerdos no siempre es la misma. Las hay que, lejos de rehuir, buscan afanosamente el encuentro con los objetos que formaban parte de los sucesos que recuperan de la memoria. De tal suerte que la cosa misma, la estancia, un mueble, una foto, un cuadro, son los hilos para acceder al ovillo en el que descansan enredadas sus vivencias. El sujeto que se entrega al sosegado placer de recordar ve en cada cosa un punto de anclaje, un cordel del que tirar, que le permite bajar la cometa en la que flamea cada uno de  sus recuerdos.

Los hay también que convierten los recuerdos, incluso los buenos, en añoranza. Rememoran porque hacer presente en la memoria lo acaecido es una parte del vivir. Pero rehúsan acercarse a los objetos evocadores de vivencias porque su simple visión desata la intensa melancolía de echar en falta. No es que no se entreguen a recordar, es que lo hacen cuando quieren y no cuando se ven forzados por un objeto-gancho que les obliga a ello y desata en su interior un incontrolable ataque de tristeza.

En fin, bailar cometas agitándolas en el vapor de los recuerdos es pasar momentos de soledad acompañados de uno mismo. Y eso es seguir viviendo, que no es poco.

 

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