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Blogs Tras un biombo chino por Pablo M. Díez

El Monte Fuji en rojo

Pablo M. Díez el

En uno de sus poéticos “Sueños”, “El Monte Fuji en rojo”, el genial cineasta japonés Akira Kurosawa retrata una hecatombe causada por la explosión en cadena de seis reactores nucleares. Curiosamente, los mismos que tiene la central de Fukushima, que ahora vuelve a amenazar a Tokio con una nube radiactiva de consecuencias impredecibles.

Fotograma del capítulo “El monte Fuji en rojo” en la película “Sueños”, de Akira Kurosawa

Como el resto de su generación, Kurosawa estaba traumatizado por las bombas atómicas de Hiroshima y Nagasaki, omnipresentes en las pesadillas del imaginario colectivo. Pero ni el guionista de una película de catástrofes, tan de moda ahora que se avecina el temido 2012, podría haberse imaginado una trama con tal cadena de calamidades.

Primero, el mayor terremoto en la historia moderna del archipiélago nipón, de magnitud 9 en la escala Richter, desató el viernes de la semana pasada un tsunami de diez metros que se tragó miles de vidas y borró literalmente del mapa pueblos enteros a lo largo de cientos de kilómetros al norte de la costa este.

Tras detectar el tsunami con pocos minutos de antelación, los servicios de emergencia lanzaron una desesperada alarma para desalojar las zonas próximas al litoral, pero el aviso llegó tarde para cientos de miles de personas. Desde los helicópteros, los guardacostas nipones sólo pudieron fotografiar y grabar las espectaculares imágenes de destrucción que han dado la vuelta al mundo. Al igual que ocurrió con el 11-S en Nueva York, el particular 11-M de Japón ha sido retransmitido en directo a todo el globo.

Luego, la fuerza desatada de la Naturaleza golpeó cinco centrales nucleares que sufrieron daños importantes. En una de ellas, Fukushima 1, los reactores no se pararon automáticamente al producirse el seísmo y fallaron los sistemas eléctricos de refrigeración. El consiguiente aumento de la temperatura dio lugar a cuatro explosiones que destrozaron las torres de los reactores y provocaron una fuga radiactiva. Al desalojo de 215.000 personas en un radio de 30 kilómetros alrededor de la planta siguió el riesgo de una fusión nuclear, que tiene al mundo en vilo por el temor a que una nube como la de Chernóbil llegue a Tokio.

A sólo 250 kilómetros de distancia, el pánico se desató en esta futurista megalópolis de 30 millones de habitantes plagada de rascacielos de cristal y luminosos de neón a lo “Blade Runner”. Miles de personas han huido al sur o al extranjero y la ciudad, a medio gas por el racionamiento de combustible, está casi paralizada por el corte de trenes y metros y los apagones para ahorrar electricidad.

Con toda su crudeza, la catástrofe ha revelado los puntos débiles del “milagro económico” nipón y la insostenibilidad de un modelo basado en el consumismo a espuertas, el derroche de electricidad y la fiebre tecnológica. No hay que ser demasiado listo para darse cuenta de que esto es aplicable al resto de países desarrollados en Occidente. Y si algo así ocurre en Japón, hasta ahora ejemplo de eficiencia y modernidad, ¿qué no podría pasar, por ejemplo, en España?

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