El otro dÃa fui en metro a la oficina, ya que no tenÃa que visitar a ningún cliente ni cargar con el portátil, que se habÃa quedado sobre la mesa la tarde anterior. En verano los vagones van mucho más vacÃos y pude sentarme cómodamente al lado de una señora que, a diferencia del resto de pasajeros absortos en sus dispositivos móviles, hojeaba una revista del corazón. Lamenté no haberme traÃdo un libro y al cabo de un par de estaciones, terminé echando un vistazo fugaz a la revista de mi vecina. Estaba enganchada en las fotos de la boda sorpresa de Guti, cuando noté que ésta giraba la revista para impedirme su lectura, asà que miré a otro lado durante un rato. Pero, incapaz de vencer al aburrimiento del trayecto, cada vez que de reojo yo volvÃa a la revista, la señora se retiraba y la giraba, ya sin disimulo.
Reconozco que por mi parte quizá no era muy correcto mirar su revista, pero al fin y al cabo no era material privado y estábamos sentadas muy próximas. La cicaterÃa de esta mujer me trajo a la mente otras pequeñas miserias que vivimos cada dÃa en nuestro entorno.
Un amigo me contaba que cuando viaja en avión, si el pasajero de delante reclina su asiento haciéndole sufrir aún más las estrecheces del lugar, él sube y baja la bandeja con frenesÃ, golpea el respaldo sin disimulo y enchufa el aire acondicionado directo a la coronilla del “enemigoâ€. Hasta que éste renuncia a la siesta y devuelve la butaca a la posición normal.
En una de las zonas de vending de la oficina apareció un dÃa una cafetera Nespresso. Sólo la máquina, supongo que sus propietarios guardaban en sus mesas bajo llave las cápsulas del café que cada uno comprarÃa. Sobre el aparato habÃan pegado con abundante cinta adhesiva un papel que decÃa “Uso exclusivo de Raúl, Antonio y Juan Carlos. Abstenerse de utilizarâ€. Hasta que al poco tiempo la cafetera apareció descuajeringada, como si alguien la hubiera lanzado al suelo con fuerza, con un post-it “No la vamos a usar porque está rotaâ€.
Otras pequeñas miserias son más sutiles, como cuando pides a algún colega la presentación que hizo el otro dÃa y te la pasa en pdf, lo que significa que la puedes mirar, pero no podrás reutilizar el material.
O un jefe que tuvo hace años mi cuñado, que cada principio de curso tenÃa a su secretaria durante un dÃa entero fotocopiando a color y encuadernando los libros de texto de sus hijos, para no tener que comprarlos.
Pequeñas miserias cotidianas que nos dicen mucho de la condición humana.
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