El azar ha hecho coincidir la presentación de la exposición dedicada a Denise Scott Brown -que hasta el 31 de mayo puede visitarse en el Museo de Bellas Artes de Bilbao- con la aparición de un libro que recoge una selección de las fotografías del viaje de bodas de esta y su primer esposo, Robert Scott Brown, recorriendo los Balcanes en 1955. Titulado Denise Scott Brown. Illyrian Honeymoon, el volumen ha sido publicado por Ediciones Posibles (www.edicionesposibles.com) dentro de su colección «L’àlbum de l’arquitecte».
Es un valioso e imprescindible referente bibliográfico para todo aquel interesado en la figura de Scott Brown y en la relevancia de la fotografía como herramienta para el arquitecto, y es en sí mismo también una afirmación del persistente valor del libro como medio creador y constructor intelectual y artístico que el trabajo de Àlex Llovet y Josep Maria Llobet, almas y motores de esta editorial, defienden.
¿Cuál es el origen de Ediciones Posibles?
Alex Llovet.- Hemos sido amigos desde la infancia y además estudiamos fotografía precisamente en la escuela donde ahora Josep Maria ejerce como director y yo como profesor. Decidimos crear una editorial para, por un lado, dar visibilidad a nuestros proyectos y, por otro, hacerlo con los de otros autores que nos parecían interesantes, además de para trabajar como editores, que es algo que nos fascina.
De algún modo, ser editor de fotolibros hoy constituye una forma de rebeldía y resistencia. Vivimos en un presente donde se confunde el consumo de libros con leer e infinitud de imágenes pasan por nuestros ojos todos los días a toda velocidad y sin ser tampoco realmente miradas. Vosotros reclamáis atención y lentitud para leer y mirar, y confirmáis a la vez el inagotable potencial que el libro analógico ofrece como espacio de construcción de contenido textual y visual.
Josep Maria Llobet.- Absolutamente. El libro es para nosotros un acto de rebeldía ante un ecosistema en el que, efectivamente, prima la velocidad y la intangibilidad de la imagen sobre un soporte digital. Por supuesto, no renegamos de las posibilidades y ventajas que lo digital nos ofrece como editorial en los procesos de producción, pero sí es cierto que el libro es un objeto que pide atención y calma. Permite un volver, cosa que el algoritmo no hace. Hoy podemos consumir rápido una gran cantidad de imágenes, pero que muy raramente podremos volver a ver. En ese sentido, el libro nos sigue permitiendo decidir cuánto, cómo y dónde volver a una imagen o a una narración.
A.LL.- No se trata solamente de esa perduración que el libro tiene como objeto, sino ese diálogo con el lector que también perdura a través de él. Cada vez que alguien abre un libro, lo lleva a la vida y establece una nueva relación con él porque el propio lector se encuentra cada vez en un momento diferente. Ese diálogo es además obligado en un fotolibro, ya que la imagen es una disciplina muy abierta en cuanto a significados. Por eso, va a reaccionar de modo distinto con cada lector.
Confiriendo a cada libro una específica individualidad.
A.LL.- Aquí en el estudio tenemos una pared donde están desplegados todos los libros que hemos editado, ya casi una cuarentena, y cuando los miramos dan la impresión de ser una especie de familia. Tienen un aire común dentro de sus diferencias, matices, identidades y personalidades. Colegas editores y lectores lo reconocen también: hay una línea muy clara, una mirada global, que de hecho no es algo que hayamos buscado muy conscientemente, sino que surge desde la sinceridad de escoger proyectos que realmente tenemos el deseo de sacar a la luz.
J-M.LL.- Una de las características principales del fotolibro, y fundamental para nosotros, es su capacidad de poner al servicio de cada proyecto todas las posibilidades que te permite el libro como objeto: desde el tamaño a la puesta en página, pasando por los materiales, el encuadernado… Entonces es ahí donde esa individualidad emerge, en función de las características y personalidad de cada proyecto. El caso concreto del libro de Denise Scott Brown, que forma parte de una colección llamada «L’àlbum de l’arquitecte», se encaja dentro del marco ya establecido para esta, pero incluso en este caso, hay detalles que permiten dotar al libro de una personalidad propia, que lo hace diferente del libro que inauguró la colección, dedicado a Sigurd Lewerentz.

¿Por qué elegisteis el nombre «Ediciones Posibles»?
J-M.LL.- Alude a ese momento, seguramente el más bonito, en el que llega un proyecto bajo la forma de la colección de fotografías de un autor o autora y, ante ella, tienes la impresión de que podrían salir infinidad de libros. Y puesto que, tal como Àlex recalca a menudo, editar es el arte de renunciar, vas renunciando a posibilidades hasta que finalmente te quedas con una, que es la opción que acaba convirtiéndose en el libro ante el que después te sitúas como lector. Es un momento extraordinario, y de ahí surgió el nombre. De ese momento de emoción en que sientes que todo es posible y te preguntas: «¿Adónde vamos?».
A.LL.- Además hay otro significado en paralelo que a mí también me interesa y es la posibilidad de publicar un libro sin que este dependa de agentes externos. Es decir, esa libertad que te otorga el hecho de estar en un sector que ya de entrada es deficitario y absolutamente underground porque, finalmente, la viabilidad económica de un libro se mide por la cantidad de ejemplares que pueden imprimirse y el beneficio de margen que va a generar. En el caso de los fotolibros, las tiradas son muy pequeñas y el margen de beneficio también, por lo que a nivel empresarial resulta desastroso. Por eso, me gusta pensar que publicamos los libros que realmente queremos, y que a menudo publicamos algunos a sabiendas de que no van a ser en absoluto rentables; no obstante, eso no nos detiene, porque forma parte de nuestra filosofía. Sabemos que hay libros que se venderán mejor que otros y compensarán a esos otros a los que les cuesta un poco más encontrar su público. A veces, hay lectores que nos dan las gracias por editar libros como estos, especiales y difíciles de encontrar. Diría que las pocas editoriales que en España nos dedicamos al fotolibro tenemos en común este mismo espíritu absolutamente romántico, contra-sistema, que asume este trabajo como un acto de rebeldía.
Ese proceso de renuncias y decisiones, de lentitud, hace pensar, dado el tipo de material con el que trabajáis, en que el libro es una especie de ser vivo buscando su forma y que vuestro trabajo consiste en acompañarlo en esa especie de metafórico trance de ir haciéndose por sí mismo.
A.LL.- Sí. Absolutamente. Es así. Tienes que dejar que el proyecto te hable y te pida lo que necesita para llegar a su mejor forma, a la mejor manera de expresarse. En esto, evidentemente, las prisas son siempre malas consejeras y nosotros hacemos nuestros libros despacio, con calma. Hay proyectos que han tardado cuatro años en ver la luz, pero no porque hubiésemos estado constantemente trabajando sobre ellos ni dándoles vueltas, sino porque, tras un primer acercamiento y elaborar una primera versión, un proyecto necesita reposo. Este reposo permite volver a tener luego una mirada sobre él más objetiva, más alejada de la emoción, para que el autor comience, por un lado, a desprenderse del ego y, por otro, del apego a ciertas imágenes que le recuerdan su sentimiento en el momento de tomar la fotografía pero que no aportan nada a la narrativa o al discurso general del objeto.
Son trabajos de largo recorrido y que hay que tomarse con esa voluntad de disfrutar del camino hasta que, efectivamente, el proyecto acaba desvelando y revelándote su naturaleza.
J-M.LL.- Al tratarse de proyectos que hacemos eminentemente por amor al arte creo que es importante disfrutar de ese camino, no tener prisa, porque nuestro objetivo no es producir. La producción del libro es la consecuencia de todo ese proceso anterior y lo bonito es todo ese camino: empezando por ese momento al inicio en que todo es posible, seguido por ese otro en que comienzas a establecer esas renuncias, las conversaciones con el autor…Todo ese tipo de construcciones, de relatos, de diálogos…es lo más hermoso, y, si se prolonga, es una ventaja porque permite disfrutarlo por más tiempo.

¿Vuestra labor de editores y profesores incide sobre el desarrollo de la práctica creativa que desarrolláis en paralelo?
A.LL.- Sin duda. Inevitablemente, estar dedicado al fotolibro influye sobre el propio trabajo fotográfico, y está bien que así sea porque conocer tan a fondo las posibilidades expresivas de este objeto suma y ayuda a la hora de pensar en los proyectos personales. Trabajar mucho sobre un mismo formato acaba afectando tu mirada, tu manera de ver y de encuadrar. Yo tengo clarísimo que miro el mundo de otra manera ahora y que cuando empiezo a meditar proyectos, o vislumbro alguno uno a partir de fotografías que he hecho, inevitablemente ya estoy pensando cómo va a terminar convertido en un libro. Y es que para mí, el libro es el resultado final de la mayor parte de mis proyectos, y creo asimismo que es el formato natural para la fotografía. El lugar idóneo donde imprimirla tras secuenciarla. La pintura es un medio muy distinto en este sentido, por ejemplo. Un cuadro de dos metros por dos metros reproducido como imagen en un libro de pequeño formato queda, debido al cambio de proporción, convertido en algo que ya no tiene nada que ver con lo que este realmente es.
Igualmente, la labor docente, ayudar en el seguimiento de proyectos ajenos, es algo muy bonito y que permite aprender muchísimo, tanto a nivel humano como creativo.
J-M.LL.- Actualmente se dispara mucho. Se produce una gran cantidad de fotografías, pero después es preciso ordenarlas. Con el tiempo, uno va ganando experiencia, pero cuesta aprender a establecer un orden sobre el corpus de todas aquellas imágenes que uno ha disparado. Es habitual disparar por intuición hacia cosas que te interesan, pero es importante contar con una mirada externa que te ayude a ordenar y a que, de repente, puedas tomar conciencia de aquello sobre lo que estabas realmente buscando hablar. Esos momentos son maravillosos, y esa es la tarea que desempeñan el profesor y el editor.
Josep Maria es quien tiene un interés específico en la imagen de arquitectura y urbanismo, mientras que el interés de Àlex en la imagen tiene más que ver con lo conceptual y poético. ¿Qué os motiva a crear esta colección específicamente dedicada al arquitecto como fotógrafo, «L’àlbum de l’arquitecte»?
J-M.LL.- En el mundo de la arquitectura siempre ha habido una gran relación con la fotografía, tanto desde un enfoque profesional como por hobby. Ahí se encuentra en cierto modo el origen de esta serie y de ahí su nombre. Sus protagonistas son esos arquitectos que utilizaban la fotografía como medio de expresión. No para documentar sus proyectos, sino para hacer retratos, fotografiar sus viajes, como apuntes… Y ese es de hecho el motivo por el que Maria Pia Fontana acudió a nosotros con su proyecto sobre Denise Scott Brown. Nos dijo que no quería hacer un libro de arquitectura, sino un libro de fotografía.

En este volumen dedicado a Denise Scott Brown se reconoce como convergen esos dos enfoques y sensibilidades vuestros. Es un libro que, de algún modo, ofrece indirectamente una reflexión acerca del libro sobre arquitectura y para la arquitectura. Hace algunas décadas, el mercado editorial de la arquitectura estaba sobresaturado, plagado de libros impactantes a nivel visual y también objetual, pero muy efímeros e incluso finalmente banales a nivel de contenido. Desde su concepción como fotolibro, el volumen de Scott Brown permite, además de recalcar la importancia de las diversas formas de lo visual para el arquitecto, una infinitud de posibles usos y lecturas reflexivas y críticas. Otro aspecto muy atractivo que hay en él es la inclusión del texto de Maria Pia Fontana –comisaria junto a Miguel Mayorga de la exposición «Denise Scott Brown. Ciudad. Casa. Calle» y Josep Maria Torra cuyo tema es finalmente también, de algún modo, la importancia del proceso.
J-M.LL.- Nosotros no procedemos del mundo de la arquitectura. Nuestro ámbito es la fotografía y la edición fotográfica. Nuestros libros se acercan más a lo poético desde una disciplina más paisajística o documental y ahí radica la clave de ese cambio de paradigma respecto al libro planteado desde la perspectiva del arquitecto.
Este libro no quiere hablar de proyectos o de edificios. Va de otra cosa. Quiere contar una historia. Es como ver una película o leer una novela. En él, estamos explicando un viaje mostrado en primera persona. Esta persona es una de las protagonistas de la arquitectura del siglo XX que, varias décadas después, vuelve a mirar ese viaje haciendo una especie de flashback mediante las fotografías que tomó entonces. El libro aborda un capítulo en la biografía de Scott Brown sobre el que prácticamente apenas había mención alguna. Lo que nosotros hacemos es proporcionarle un cuerpo a esa narración retrospectiva de un viaje de bodas en la que se adivinan sus primeras miradas sobre el hecho arquitectónico, ayudarle a vehicularlo. Aportamos así una mirada poética sobre un relato que, presentado de otro modo, podría ser exclusivamente arquitectónico. Nosotros nos centramos más en la vivencia, en lo humano, que finalmente es lo más universal, y ese es el motivo que quizá hace que el libro no se agote en la primera lectura.
A.LL.- Siempre decimos que nos gusta que, como objeto, el libro sea una metáfora de su contenido. Es decir, que continente y contenido estén entrelazados. Las portadas de los volúmenes que integran la colección «L’àlbum de l’arquitecte» están hechas del forro de tela que antaño se utilizaba para forrar los libros de arquitectura, pero sin estar adheridos a ninguna tapa dura… Es algo que quiere ser una expresión de que el libro habla del proceso, no del resultado final.
¿Cuántas fotografías de este viaje conservaba Scott Brown? ¿Trabajasteis junto a ella en el proceso de realización del libro?
J-M.LL.- El número total de fotografías era aproximadamente el doble de las que contiene el libro. Fue un viaje de cinco semanas y tengamos presente que en aquella época, mediados de los años cincuenta, no se disparaban tantas fotografías como hacemos hoy en día, en que es fácil regresar de unas vacaciones de una semana con dos mil imágenes.
Denise Scott Brown había efectuado ya una primera selección sobre la cual después nosotros estuvimos trabajando pensando ya en el libro y, sobre todo, en una secuencia visual, una narrativa. A partir de ahí planteamos una propuesta y un diálogo en el cual ella se implicó personalmente, ayudándonos a ir puliendo la selección final y la secuencia fotográfica atendiendo a su propio recuerdo de aquella vivencia.
«Denise Scott Brown. Ciudad. Casa. Calle», la exposición que está presentando el Museo de Bellas Artes de Bilbao dedicada a su figura, pudiera leerse entre líneas como una especie de auto-afirmación, de auto-reivindicación de su trascendencia en ese capítulo de la historia de la arquitectura que marcaron ella y Robert Venturi.
J-M.LL.- Ella dedica el libro y el texto a Robert Scott Brown, su primer marido. Ese texto es de hecho un elemento muy importante del libro. Cuando ella propuso escribir un texto en primera persona, hablando de todo aquel viaje, nosotros nos preguntamos cómo íbamos a integrarlo en el libro. No tenía sentido ubicarlo al final, como si fuese un texto curatorial, porque es parte de la historia que las fotografías muestran. Surgió entonces la idea de dividirlo en varios bloques, de manera que las secuencias fotográficas se alternasen con esas secuencias textuales ‘habladas’ por ella.
A.LL.- Para nosotros ha sido un auténtico placer y un honor trabajar con Denise, y nos enorgullece tener en nuestro catálogo dos fotolibros cuyas protagonistas son mujeres de más de 90 años, personas a las que ya no se escucha, que se relegan al olvido y que se cree que ya no tienen nada que afrontar en la vida, cuando a menudo son todo lo contrario: pozos de experiencia y sabiduría.

Estas fotografías no habían sido publicadas anteriormente. Una selección había sido expuesta en la demarcación de Gerona del Colegio de Arquitectos de Cataluña.
J-M.LL.- Maria Pia y Josep Maria han sido figuras clave aquí. Maria Pia había investigado sobre la figura de Denise, mantenía contacto con ella y su entorno y sabía de la existencia de estas fotografías. Fue ella quien nos hizo llegar esta propuesta, como antes decía. Y ha sido puro azar que su publicación haya coincidido con la exposición en el Museo de Bellas Artes de Bilbao.
La relevancia de estas fotografías trasciende de largo la anécdota biográfica. Supone poner de manifiesto que todo ese trabajo por documentar a través de la imagen, de recorrer los lugares, observar…ya formaba parte de la inquietud intelectual de la joven Scott Brown.
J-M.LL.- Efectivamente reafirman su figura frente a esas circunstancias de discriminación bien conocidas por todos a las que ha sido sometida. Estas fotografías ayudan también a afirmar que Denise Scott Brown no crece intelectualmente por el hecho de estar al lado de Robert Venturi. Evidentemente había una retroalimentación entre ellos, pero ella ya traía una mochila personal, única y exclusiva, que ya puede comprobarse en la actitud de esa mujer joven, recién casada, que a la propuesta de pasar su luna de miel en París responde con la alternativa de viajar cinco semanas explorando los Balcanes. Su personalidad estaba ya bien definida mucho antes de la aparición de Robert Venturi en su vida. Este libro es una forma de aportar un granito de arena a ese reconocimiento que tanto merece.
A.LL.- Y aparte, como decimos, es ofrecer un libro abierto, que no esté mediado por demasiadas lecturas críticas. Maria Pia y Josep Maria hablan del proceso, de su trato con Denise Scott Brown, de la relación de ella con estas fotografías y lo que quiere narrar a través de ellas… El libro ofrece un material abierto que todo aquel que desee puede tomar libremente e interpretarlo como quiera.
Es una mirada atrás donde también queda documentado un mundo que ya se ha ido.
J-M.LL.- De hecho, ella habla de un lugar que hace tiempo que ya no existe como país. Eso permite, a quien recorra el libro, reconocer la importancia de todos esos cambios que han acontecido y ver cómo era el mundo que ella descubrió allí.

Comenzábamos hablando de cómo vuestro trabajo editorial es de fondo una especie de firme acto de resistencia.
A.LL.- Intentamos poner un poco de belleza en el mundo. En este mundo tan complejo donde nos ha tocado vivir…
Pero que, como este libro, también aportan semilla. Miradas y enfoques inéditos desde los que pueden surgir más ideas, otros contenidos… que generen pensamiento en este momento en que también este es muy necesario. Libros que hagan ver que, antes que más libros (y más libros en el mercado), lo que necesitamos es libros más esenciales, a través de los que individualizarnos como lectores.
A.LL.- Hay que ser responsable. La cantidad de papel que se necesita para realizar una tirada de 500 ejemplares implica talar un número muy importante de árboles. Somos muy conscientes de ese gran coste que implica hacer un libro y por eso intentamos hacerlo solo cuando estamos realmente convencidos de que vale la pena ofrecerle esa historia al mundo.
J-M.LL.- Somos pocos actualmente dentro del mundo del fotolibro en España. Hubo un gran momento de eclosión a principios de siglo, pero después muchas editoriales dejaron de funcionar. Ahora mismo están surgiendo nuevas generaciones que plantean el fotolibro desde una mirada no tan clásica, incorporando ideas similares al fanzine, por ejemplo, pero seguimos siendo muy pocos en este ámbito.
A.LL.- Somos y seguiremos siendo pocos porque, como antes decía, estos son libros caros de producir y muy difíciles de vender. Si hablamos de creadores alternativos o rebeldes y nos fijamos en la industria de la música, veremos que hay infinitamente más músicos independientes que editores. Un músico se basta con su voz y un instrumento; sin embargo, hacer fotolibros requiere de una inversión y una estructura mucho más cara y compleja. No es raro que seamos muy pocos. De todas formas, que seamos pocos es algo que a mí me gusta. No quiero que el fotolibro se vuelva algo mainstream. Me gusta que se venda entre un público que realmente lo valora. Quizá se pueda plantear una cierta equivalencia con la poesía.
J-M.LL.- Es una comparación que hemos hecho en más de una ocasión. Están empezando a proliferar pequeñas editoriales de poesía que se caracterizan por cuidar mucho el producto, que tienen un público minoritario…
A.LL.- Con la diferencia de que el coste de producir un libro de poesía es muchísimo menor. Nosotros nos enfrentamos a materiales y procesos costosos, pero al final, estamos haciendo lo que más nos gusta, así que no vale quejarse. Al revés, nos sentimos muy afortunados.
(Imágenes interiores de Denise Scott Brown. Illyrian Honeymoon por cortesía de Ediciones Posibles.)
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