Tras la dimisión a mediados del pasado mes de febrero de Tom Pritzker, presidente de la corporación Hyatt creadora y patrocinadora del premio de arquitectura que lleva este nombre, por su vinculación con la trama Epstein, algunos medios habían apuntado a la posibilidad de que el nombre del galardonado de este año no fuese anunciado durante el mes de marzo, como ya venía siendo habitual en los últimos años. Sin embargo, el 12 de marzo, la Fundación Pritzker anunció el nuevo receptor del galardón: Smiljan Radić. Radić es el segundo laureado de nacionalidad chilena (el primero fue Alejandro Aravena, casualmente actual presidente del jurado que otorga este premio) y el quinto iberoamericano reconocido con él.
Seguramente, el hecho de que el premio haya recaído en Radić no guarde relación con ese presunto vínculo entre Pritzker y Epstein, puesto que el ganador de cada año es elegido con bastante antelación. No obstante, al ser Smiljan Radić una especie de quintaesencia de todo lo que hoy es considerado ‘lo bueno’ entre amplios sectores, esta coincidencia viene de alguna manera en ayuda de la Fundación Hyatt para blanquear la percudida imagen de este galardón.

“Por recordarnos que la arquitectura es un arte, porque toca el núcleo de la condición humana; por permitir a esta disciplina abrazar la imperfección y la fragilidad a través de refugios serenos dentro de un mundo marcado por la incertidumbre, sin sentir la necesidad de ser más estruendoso o espectacular a tal efecto; por crear edificios cuya naturaleza híbrida refleja la contemporánea difuminación de las fronteras entre disciplinas, y que no hablan por las personas, sino que permiten a estas hallar su propia voz a través de ellos”. Estos son los motivos que han llevado al jurado del Premio Pritzker a galardonar a Radić y los términos en que lo expresa.
La retórica de las declaraciones del Pritzker se distingue por no escatimar jamás en epítetos, por hablar de sus laureados y su arquitectura en términos excelsos. No obstante, otra mirada sobre Radić podría traducir esa misma loa a otros términos, planteándolo como un tipo con pose de intelectual sensible, de modales afables, que circula por la existencia lanzando ideas y pensamientos que en algunos momentos recuerdan a Chauncey Gardiner, el protagonista de Been There de Jerzy Kosinki, haciéndonos dudar sobre si se trata de un genio o un santón del que emanan consignas supuestamente profundas y un conocimiento supuestamente epatante. Si se le presta atención objetivamente, no a través del cristal distorsionador del elogio, su discurso se delata inconsistente y difuso. (1) También su arquitectura.

El jurado observa cómo puede establecerse una analogía entre la arquitectura y el relato vital de este arquitecto nacido en el seno de una familia inmigrante (de origen croata por el lado paterno y británico por el materno) en Santiago en 1965. Esa otra mirada sobre Radić señalaría que ese origen inmigrante poco tiene de excepcional y de reseñable en un país como Chile. Asimismo, en esa declaración, el jurado agrega que este arquitecto creció con una intensificada conciencia del pertenecer, algo que alentó en él una comprensión de la vida como algo que se ensambla, no simplemente se hereda. “Como su arquitectura, las capas de su vida forman una historia discontinua modelada por el movimiento, la apertura y la paulatina construcción de significado”, expresa altisonantemente, omitiendo el detalle de que Radić creció en una familia de clase alta y económicamente poderosa. Ese detalle sobre el estatus económico de su familia no es, ciertamente, en absoluto importante, del mismo modo que, para explicar el valor de la obra de un arquitecto tampoco es preciso recurrir a detalles sentimentales o pseudo-poéticos sobre su identidad. Estamos ya acostumbrados a ellas, pero convendría no perder de vista que cuando es necesario recurrir a este tipo de narraciones, o apelar a la vida familiar o a una delicadeza de carácter que lo distinguiría de sus pares, es porque están faltando otro tipo de argumentos estrictamente centrados en la solidez del individuo como profesional.
La declaración del jurado del Pritzker subraya y ensalza en su arquitectura una “inteligencia emocional” de la que Radić parece gustar de hacer gala cuando comparte este tipo de detalles:
“Me hace mucha gracia escuchar a todos estos arquitectos decir que nunca podrían tener hijos porque la arquitectura ocupa toda su vida. Personalmente, puedo decir que mi vida ha mejorado muchísimo desde que nacieron nuestros hijos. Es increíble lo mucho que te aportan. Los hijos también te obligan a regular el tiempo que dedicas a la arquitectura, incluso si estás totalmente comprometido con ella, de la mejor manera. Te permite encontrar el equilibrio y la distancia adecuados. Te ayudan a ganar en eficiencia. Así que, para responder a tu pregunta, creo que he aprendido tanto de mis hijos en mi relación con el espacio como en mi relación con el tiempo.”

“La mayoría de mis amigos arquitectos viven y se comportan como arquitectos al cien por cien: nunca desvían su mirada profesional. ¡Pero yo sí! No siempre puedo prestar atención a mi entorno, no puedo concentrarme todo el tiempo.” (2)
Prosiguiendo con ese listado de intangibles, el jurado habla de una cualidad poética que es “intrínsecamente difícil” de verbalizar, ya que sus edificios no son concebidos únicamente como “artificios visuales”, sino que exigen la presencia física de un habitante o usuario. Su experimentación, desde el rigor, con las estrategias espaciales busca esa conexión con este, sin aspirar a definir un entorno “comprensible”. Radić, dice, se inclina por la ambigüedad y lo imprevisto. “Sus espacios se resisten a ser entendidos desde un único punto de vista”, y para este jurado es precisamente esa resistencia donde radica su capacidad para volver a infundir a la arquitectura de “profundidad y complejidad”.

Una arquitectura planteada como fenomenológica, pero a la vez decisivamente caracterizada por una materialidad que toma su inspiración del poderoso paisaje chileno, fuertemente marcado por las transformaciones sísmicas, y que prefiere ser huésped a amo en el lugar. Sus edificios se posan sobre el suelo, raramente estableciendo contacto directo con él, evitando con extremo cuidado ejercer cualquier alteración, “como si pudieran ser desmantelados en cualquier momento y restituir el lugar a su estado original”. Una impresión de impermanencia que se sustenta también en los materiales escogidos para la construcción de cada proyecto, procurando que estén fuertemente vinculados al contexto de este, desde un criterio heterogéneo (industriales o naturales, refinados o ‘vulgares’) que subvierte las jerarquías de valor y prestigio establecidas para estos, un aspecto que hablaría del “ethos democrático de su trabajo”, manifiesto también en la “apertura social” de sus espacios, donde no se sitúa a ningún usuario por encima de otro, proclama la declaración del jurado del Pritzker.
Pero, al realizar el esfuerzo de observar con la mayor objetividad posible la arquitectura de Radić, uno constata una producción ciertamente heterogénea pero no reconoce sustancia vertebradora alguna. Él mismo dice “la mayoría de mis edificios han sido ensayos; pensarlos como un total, como una tesis, no me gusta”.
Su propuesta para la Serpentine Gallery (2024), cuya forma, se jacta Radić, surgió de atar con cinta adhesiva dos ratones de ordenador, se materializó como una solución poco elaborada que parecía estar copiando con superficialidad a Frederick Kiessler. Una especie de concepto troglodita construido en fibra de vidrio y apoyado sobre grandes piedras.

Otro tanto puede decirse sobre el hinchable que diseñó para la XXII Bienal de Chile de 2023, que bien poco aporta a los experimentos realizados por Ant Farm, Archigram o José Miguel de Prada Poole en los años sesenta y setenta, o sobre la nube creada para un desfile de Alexander McQueen en Londres en 2021. Su propia casa es un ejercicio escultórico y morfológico que no está a la altura del ampuloso nombre con el que fue bautizada: Casa para el Poema del Ángulo Recto (2013).
En el Teatro Regional del Bíobío (2018), la operación se centró en separar la estructura de la piel, pareciendo emular los edificios envueltos de Christo y Jeanne-Claude, basando su argumento arquitectónico en la negación: queriendo decir que la arquitectura puede alcanzar presencia sin ser monumental ni excesiva pese a lo que la realidad tangible de su presencia construida pone de manifiesto.
El problema de todos estos “ensayos” no es que sean fallidos, sino su regusto de déjà-vu. No hay riesgo ni novedad en estos trabajos, solamente un envoltorio retórico, pero, al parecer, sumamente efectivo.

Más allá de los halagos del jurado, puede decirse que la arquitectura de Radić y su un tanto engolada recurrencia a la dimensión sensible de la arquitectura constituye un clásico caso de esa forma de hacer que los arquitectos suelen tener por intachable e irrefutable. Pero es una forma de concebir la arquitectura que esencialmente más tiene que ver con el gusto y el aprecio de puertas para adentro de la profesión que hacia la sociedad.
La historia de la arquitectura siempre ha tenido una vertiente ligada a lo poético, las metáforas. El problema surge cuando todas esas metáforas terminan siendo una máscara banal para esconder la falta de ideas. Una falta de ideas que se disfraza con retórica cursi. Hoy, en tiempos de reescrituras, deconstrucciones y cancelaciones, la proclamación de personajes virtuosos se ha convertido en una coartada de uso común para disimular la debilidad de las ideas y la falta de un pensamiento sólido.

Radić se construye sobre la vulnerabilidad, el buenismo y la exhibición – a veces, objetable- de su intimidad personal para ofrecer un relato atractivo en consonancia con el presente. Vestirse de rara avis, de personaje excéntrico, le ha dado frutos y ha puesto a Radić en las vitrinas donde lucen los arquitectos para paladares exquisitos. Las formas de hacer de este arquitecto tienen muchos feligreses dentro del actual panorama español post-crisis. No obstante, cabría preguntarse si esta forma de hacer sigue siendo ejemplar actualmente o es sólo rémora de una arquitectura que languidece, bien por estar desfasada o por haberse convertido nada más que en una pose.
NOTAS
(1). Tal es la impresión que pueden causar sus escritos, recopilados en el volumen Cada tanto aparece un perro que habla y otros ensayos (Puente Editores, Barcelona, 2018).
(2). Smiljan Radić entrevistado por Ila Bêka y Louise Lemoine en El poder emocional del espacio (Puente Editores, Barcelona, 2025).
Retrato de Smiljan Radić: Tom Welsh
Crítica