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Ojos que sí ven

Ojos que sí ven
Santiago Isla el

 

Corazón que no siente. Estamos tan sobreexpuestos a la información que nos sale una segunda piel, impermeable al llanto que dura más de un día. La capacidad para emocionarse es limitada, y la solidaridad no se puede ejercer siempre, a todas horas, contra todo o a favor de todo. Si de verdad cargáramos con el peso del mundo se nos romperían los hombros.

 

Empatizo más con las desgracias cercanas, porque empatizar es humano. Se quema Nôtre Dame y me afecta más que un monumento en Kamchatka, aunque no sean más que muros y piedra. Por otro lado, para eso están los edificios. El paso del tiempo los transforma y los reduce a polvo. Las rocas y los árboles se convierten en arte por la mano del artista, pero no hay que olvidar: lo que le arrancamos al suelo para hacer catedrales vuelve a ser suelo tarde o temprano.

 

El morbo de la información consigue efectos contrarios. El mundo parece un videojuego, una sucesión de hechos extremos que se ven desde el salón y que apenas provocan ya un gesto contraído, una lagrimilla, a lo sumo un malestar pasajero. Incluso de nuestra tristeza hay que hacer un circo. Se llega a exigir a determinadas figuras públicas que condenen todo, que sufran por todo, desde el abandono de un perrito hasta un barco que se hunde. No es natural, porque a nadie le cabe tanto sentimentalismo en el pecho.

 

A los que tenemos la suerte de nacer en el primer mundo se nos presenta un doble cargo de conciencia: si sufro, por lo insignificante que es mi sufrimiento; si disfruto, por lo enorme que es el sufrimiento de otros, no tan lejos de casa. Está bien tenerlo. También está bien vivir.

 

Yo voy de peatón con todo esto. No comulgo con el exhibicionismo de los guccifutbolistas. Tampoco me creo los plañideros públicos. Muchas veces hay quien llora con megáfono pero tiene rehenes en el portal de su casa. Si siguen el camino, acabarán vacunados contra la desgracia. Insensibles. Horripilados por todo en los stories de Instagram. Tan a gusto en el sofá. Pasado el trance social, nos quedará nuestra alegre ligereza. Y nada más. Ya lo dijo Kubrick.

 

Eyes Wide Shut.

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