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Blogs Puentes de Palabras por José Manuel Otero Lastres

El único culpable del fracaso de la investidura es Sánchez

José Manuel Otero Lastres el

¡Ya está bien de tanta manipulación! El único culpable de la investidura fallida es Sánchez y todo lo demás es tinta de calamar que trata de oscurecer lo que realmente sucedió.

Por fortuna, la investidura es un acto que está regulado en la Constitución, por lo cual basta leer su desarrollo para comprender de inmediato quién fue el responsable del fracaso.

Lo primero que dispone el artículo 99 de la Constitución es que el Rey tiene que proponer un candidato a la Presidencia del Gobierno. Esta propuesta tiene como base la previa consulta con los representantes de los partidos políticos con representación parlamentaria. Y por lo sucedido es de suponer que, tras oírlos, el Rey estimó que el candidato que tenía más posibilidades de convertirse en Presidente era el secretario general de la formación con más escaños.

Pues bien, Sánchez, que era libre de aceptar o no el encargo, lo aceptó. Lo cual implica que en aquel momento él estaba convencido de obtener la confianza de la Cámara; es decir, contar, al menos, con el voto favorable de la mayoría en segunda vuelta. De lo contrario, habría hecho lo que Mariano Rajoy en 2015, el cual, aún siendo el cabeza de lista del partido con más escaños, rechazó la propuesta de convertirse en candidato porque no le salían las cuentas: las echó y no tenía votos suficientes. Tras lo sucedido resulta evidente que Sánchez aceptó ser candidato sin hacer recuento de los votos  y comprobar que tenía “amarrada” la confianza del Congreso.

Pero aún hay más: no solo aceptó sin contar con la mayoría relativa de los escaños, es que acudió a la sesión de investidura con la esperanza de que la confianza le “cayera del cielo”. Y en un claro desprecio a la ciudadanía, después de estar viajando de un lado a otro como si fuera un presidente investido, dejó la negociación con Podemos para el último momento. Fue así como los españoles vimos en plena sesión de investidura el regateo de sillones ministeriales en el que al pedigüeño Pablo Iglesias respondía siempre el cicatero Sánchez con la palabra “no”, que debe ser su preferida de todas las del diccionario de la RAE.

Teniendo amarrado solo un voto, el de la formación del pintoresco Revilla, se llegó a las votaciones. Y claro sucedió lo que tenía que suceder: al no haber milagro, el candidato Sánchez, que aceptó la designación real sin tener los votos comprometidos, obtuvo una “confianza” insuficiente: la de los escaños de su partido y la indicada del político del taxi y las anchoas.

Visto todo lo cual, culpar a los demás de que no se produjera el milagro de la obtención de la confianza es como no comprar lotería y culpar a Loterías del Estado de que no te toque.

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